Horacio Archundia narra cómo vivió el sismo

Leía cómodamente recostado en la cama del hotel sede del XL Congreso de la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas, en Cancún, cuando de pronto sentí literalmente “tabletear” la cabecera de la cama. Deliberadamente vi el reloj en el teléfono: Eran las 11 de la noche con 49 minutos. Temblaba.

Acostumbrado a los constantes vaivenes de mi tierra, Colima, confieso haberme alarmado de sentir un sismo en un jirón de la Patria donde nunca un terremoto ha cobrado vidas ni ha causado destrucción.

Sabía, pues, que algo grave estaba sucediendo y me incorporé sin embargo con calma hasta alcanzar la puerta.

Los rostros aterrados de decenas de huéspedes confirmaron mi apreciación: el edificio, de 18 pisos, con muchos metros de elevación, se “mecía”, sacudido por un sismo oscilatorio al que mi ya añeja  experiencia midió como superior a los seis grados en la Escala de Richter.

Comenzamos a bajar la escalera ya muchos de los hospedados, y a mitad de la misma sentimos el segundo movimiento, y el tercero casi al llegar al piso final donde nos topamos con que el único acceso de salida al estacionamiento estaba irresponsablemente cerrado con llave. Un empleado del hotel, cuyo nombre impreso en la camisa no leí con claridad, abrió una puerta auxiliar y llegamos al fin al frontispicio, a la explanada frontal, donde decenas de personas asustadas intercambiaban sus vivencias.

Pisos arriba tuve que bloquear la escalera para evitar que un puñado de muchachos jugadores del equipo Atlante, aterrorizados, nos derribaran a las mujeres que pusimos adelante y a nosotros en su tropel estruendoso, víctimas de la histeria. Con las lámparas de los teléfonos encendidas, los futbolistas brincaban y lanzaban gritos de pavor.

“Afuera también está temblando”, les grité y les impedí la carrera.

Abajo encontré a mi entrañable amigo Roberto George Gallardo, Cronista de Coquimatlán, a su esposa Mary y al licenciado Miguel Chávez Michel, Cronista Vitalicio de Armería, con quienes Arnoldo Zepeda, mi acompañante y yo conversamos sobre el sismo.

A unos metros me percaté que desde nuestra llegada nos miraba desesperadamente un oriental, con el miedo y la angustia en el rostro, que en su desesperación se acercó a nosotros y nos escuchaba atento.

Con gran interés veía nuestras caras y asentía a nuestros comentarios.

En eso se vino una ligera réplica y luego el intercambio de teléfonos para mostrarnos los  videos y las noticias del fenómeno.

El oriental muy alarmado se acercaba cada más y trataba de decirnos algo. Roberto me preguntó si hablaba el inglés y entonces por fin busqué hablar con el pobre hombre cuya angustia crecía.

En el pastoso inglés -lengua que abomino-, que medio hablo, le infundí ánimo y traté de serenarlo durante algunos minutos consiguiendo calmarlo. Ya serenos, de pronto el oriental abrió una tablet y soltó en carcajadas mostrándonos textos en chino que nadie entendía.

Sorprendido le espeté la pregunta de rigor: “¿Do you speak english”? moviendo con firmeza la cabeza y negando conocer la lengua sajona.

La estruendosa risotada atrajo la atención de la multitud preocupada. Habíamos estado hablando y “tranquilizando” a alguien que nunca entendió lo que le decíamos.

Sin embargo todos, incluido el chino, nos habíamos comunicado y entendimos perfectamente lo chusco de la situación.

¡Subimos a dormir y me encomendé a San Felipe de Jesús, protector en casos  de temblores, y aquí estoy ahora contándole esta anécdota!

Comentarios

comentarios

Se el primero en comentar en "Horacio Archundia narra cómo vivió el sismo"

Deja un comentario

Tu correo electronico no sera publicado.


*