77 años de la Navidad sangrienta de Nicolás Rivera en el Hotel Colonial


24 y 25 de diciembre de 1944; un solo hombre se enfrentó al Ejército, la Marina y la Policía

Han pasado 77 años y son ya muy pocas las personas que sobreviven habiendo sido testigos de aquellos años, pero la historia no se olvida en nuestra ciudad-puerto, y cada año se recuerda con asombro y tristeza aquel hecho que enlutó a Manzanillo en una Navidad como esta del 2021. Sucedió el 24 y 25 de diciembre de 1944. Desde las primeras horas del día 24, el Hotel Colonial, el principal de la ciudad se engalanaba para una gran fiesta que ahí se celebraría, ya que el inmueble estaba repleto de huéspedes, muchos de ellos norteamericanos.

UN MAGNO HOTEL PARA CELEBRAR

Todos los arreglos y preparativos corrían a cargo del administrador o mayordomo del hotel, Nicolás Rivera Sánchez, hombre de confianza del propietario, Don Francisco Moreno Hurtado, oriundo de Autlán de la Grana, visionario hombre de negocios y agricultor jalisciense avecindado en Manzanillo, quien construyó sus primeros edificios sólidos y altos, pues en los tiempos anteriores, casi la totalidad de las construcciones de Manzanillo eran de madera. También hay que señalar que Don Pancho tenía para entonces 54 años.

Había contratado a Nicolás porque lo conocía desde muchos años como una persona capaz y eficiente, ya que en el tiempo en que él había sido presidente municipal de Villa de Purificación, mantuvo un rancho al que llamó Villa Vieja, donde uno de los capataces fue Rivera, quien era nacido en El Grullo. Para este tiempo, el Hotel Colonial se encontraba en su máximo esplendor, teniendo solamente dos años de funcionar, ya que se inauguró el 4 de mayo de 1942, con un baile amenizado por el Mejor Dueto de América, Las Hermanas Águila.

UN TIPO PINTORESCO EN EL CENTRO DE LA VORÁGINE

Para 1944, El Colonial era considerado el mejor lugar de alojamiento en el estado de Colima, y su dueño vivía ahí mismo, al igual que Nicolás, que ahí residía con su esposa Elvira, aunque también se recuerda que era muy “enamorado” y tenía alguna amante por ahí. Cuando se reencontraron Don Pancho y Nicolás, el segundo fue rápidamente contratado, pues a sus cualidades aunaba la de hablar inglés perfectamente.

Por cierto que Nicolás Rivera era muy amigo de Don Antonio Wong, propietario del restaurante Juárez, al que frecuentemente visitaba; aunque también se menciona que una parte de su interés por visitar este lugar, era que por ahí se encontraba con una joven de su interés. Se relataba que alguna vez estuvo recluido por una corta temporada en el presidio de San Quintín, debido a que tenía un carácter fuerte y nunca se dejaba de nadie, y fue precisamente durante su estancia en nuestro vecino país del norte, que aprendió a hablar el idioma de Shakespeare.

EMPIEZA EL DRAMA

En la ocasión a la que nos referimos, el baile de Navidad sería amenizado por la conocida orquesta versátil de Los Prietos, muy famosa por aquellos tiempos, los cuales ya se encontraban ensayando su repertorio. Estos hechos ocurren en el marco de la Segunda Guerra Mundial, hay que especificarlo. Entre los preparativos de la mencionada cena, Nicolás envió una orden al cocinero, de nombre Ignacio Gutiérrez, quien no solo se negó, sino que, por intermedio de un mesero que llevó el recado, contestó groseramente.

Nicolás fue a llamarle la atención a la cocina, pero Gutiérrez lo atacó con un cuchillo. Contrario al parte oficial, amañado, Rivera no estaba bajo los efectos del alcohol. Actuó en defensa propia y el cocinero resultó herido. Esto fue un excelente pretexto para que el comandante de la guarnición de la plaza, Tomás Ramírez Lara, en conjunto con las demás fuerzas armadas del puerto decidieran dar caza a Nicolás, ya que en el tiempo de la Guerra Cristera, Rivera les causó muchas bajas a los militares en el vecino estado de Jalisco, y tenía cuentas pendientes que saldar con ellos, que no las olvidan de ningún modo.

SE ARMÓ LA GRESCA; TODOS CONTRA NICO

Nicolás Rivera, administrador del Hotel Colonial, era un gran tirador y hombre muy valiente.

Ahí empezó una balacera que duró treinta horas -pues todo inició el día 24 a las 7 de la noche y finalizó el 25 a las 11:20 de la mañana-, en la que resultaron muertos un policía, un marinero, un oficial de la dependencia de materiales de guerra, tres soldados y la norteamericana Mabel V. Young, además de resultar algunos heridos. Al intentar detenerlo, el policía Epifanio Piña se convirtió en el primer herido. Inmediatamente después, el oficial Silvino Padilla fue muerto, al querer arrestar a Rivera, quien, por cierto, portaba una pistola calibre 35 especial, y era un tirador excelente. Hay que decir que los días 24 y 25 estuvieron descompuestas tanto la línea telefónica como la telegráfica de Manzanillo.

Inmediatamente se mandó emplazar ametralladoras en el llamado muelle de la grúa, para disparar sobre Rivera, ya que no podían acercársele, porque sabían de su afinada puntería. Las puertas del hotel fueron bloqueadas, de modo que nadie podía entrar ni salir. Nicolás tuvo a raya toda esa noche a más de ochenta elementos de la policía, la marina y el ejército. Le disparaban con ametralladoras Mendoza y antiaéreas desde el guardacostas G-20, a cargo del Comandante Rosas Valle, pero éste no se rendía, y cuando disparaba, casi siempre daba en el blanco.

A MATAR O MORIR

Tanto este último, Rosas Valle, como el ya mencionado Ramírez Lara y el Comandante Vargas de la policía, en su encono, se salieron de la razón y se propusieron acabar con la vida del grullense. Incluso, se sabe que Rosas Valle intentó conseguir un avión y arrojar bombas sobre el hotel. Al momento del tiroteo, Arturo Echeverri, campeón nacional de tiro al blanco, miembro del equipo deportivo militar mexicano, pidió permiso al general para intervenir en el tiroteo, petición que se le concedió, pero Nico le superó en puntería, y Echeverri tuvo que ser retirado del lugar, herido.

Ya a horas muy avanzadas, algunos amigos de Rivera fueron a proponerle al general que le perdonara la vida, a cambio de que éste se entregara, pero aquel se negó rotundamente. El administrador del Colonial solamente tiraba a matar a los militares y marinos, pues a los policías locales, a muchos de los cuales conocía, los persuadía a gritos a que se retirarán o solamente los hería. A los civiles no les tiraba. Antes de morir, Nicolás dejó escritas varias cartas a sus familiares, donde, por la claridad de sus pensamientos, se puede ver con claridad que no estaba bajo el influjo de la mariguana, como sus enemigos quisieron hacer creer y dejar asentado, siendo que esta droga Rivera jamás la conoció.

UN FINAL INESPERADO

Finalmente, el 25 de diciembre a las 11:20 de la mañana todo culminó, porque a Rivera se le acabaron las balas, menos una, con la cual decidió darse un balazo en la cabeza antes que entregarse a las autoridades, que de todas maneras, por la saña demostrada en su asedio, estaba muy claro que lo iban a asesinar en vez de detenerlo. Cuando subieron, encontraron la puerta de su puerta cerrada con llave, la cual tuvieron que quemar, y lo encontraron dentro ya sin vida; entonces el coronel Vargas disparó con su 45 sobre el cadáver, y los elementos que lo acompañaban, enfurecidos y siguiendo su ejemplo, dispararon sus armas, destrozando el cráneo del cadáver. La versión oficial señaló que un marino lo mató de un balazo en la cabeza; pero todo Manzanillo asegura que Nicolás se suicidó dándose un balazo con la última bala que le quedaba, como ya él mismo había asegurado que haría.

Tras arrastrarlo hasta la calle, con la cabeza colgando y golpeando a cada paso con las escalones cuando lo sacaban del hotel, lo dejaron en la comandancia de la policía, y luego tuvieron que llevarlo al hospital, lo que hicieron, con desprecio, en un carro de la basura. Cuando lo iban bajando de tal manera, con el cuerpo inerte, sujeto de manos y pies y con la cabeza colgando, el hecho molestó mucho a la gente, porque decían que se mostraban muy valientes humillando el cadáver de un hombre con el que no pudieron cuando estaba vivo.

Tanto el Hotel Colonial como el edificio Guadalajara que se aprecian en la foto, fueron de las primeras construcciones modernas de Manzanillo, ambos propiedad de Don Francisco Moreno.

QUEDÓ PARA LA HISTORIA

Todavía, hasta la fecha, en varias partes de la azotea del edificio se pueden ver los orificios de bala. Este episodio pasó a la historia del puerto de Manzanillo, como la Navidad Sangrienta.

En 1990 se rodó en el centro de Manzanillo la cinta “¡Maten a Chinto!” (o maten a Chinto, el violento), dirigida por el afamado cineasta colimense Alberto Isaac. En la cinta participaron Pedro Armendáriz Jr., Héctor Ortega, Eduardo López Rojas y Gerardo Quiroz. La película fue de muy mala calidad, y fuera del interés de ver reflejados en la pantalla algunos sitios de Manzanillo, como el mismo hotel y algunas casas (como la de mi tío Wenceslao Cisneros) y calles de la ciudad, a casi nadie le gustó, y más porque distorsionaron la historia y hasta los nombres de sus reales protagonistas. Según trascendió, tuvieron que hacerlo, pues se enfrentaron a problemas con los familiares de las personas involucradas en aquellos hechos, lo cual hacía presagiar un cúmulo de demandas.

El hecho fue tan célebre a nivel local, estatal, regional y nacional, que incluso se hicieron varios corridos relatando los hechos.

DE PADRES A HIJOS, DE ABUELOS A NIETOS, LOS HECHOS NO SE OLVIDAN

Setenta y siete años después, los manzanillenses de cepa se saben bien esta historia, que les ha sido trasmitido por sus familiares, padres o abuelos, y alguno que otro porteño de avanzada edad recuerda haber atestiguado estos hechos violentos que sacudieron a aquel pequeño puertecito que empezaba a desarrollarse.

Las versiones que corren son diferentes en algunos detalles, depende quien los haya contado, y como ya apuntamos antes, el parte oficial quiso hacer prevalecer una historia que casi nadie en Manzanillo validó, lamentando el triste final de un hombre que se comportó tan valiente, enfrentando a tantos enemigos, que utilizaron de pretexto un hecho menor para cobrarle cuentas pendientes de años atrás, tomando a Manzanillo como rehén, y más en una fecha tan señalada, como es la Navidad, que en aquel lejano año quedó marcada para la historia como: la Navidad Sangrienta.