Segunda y última parte
De Zapopan: “La peor que villana, soez, escandalosa y temeraria conducta del emperador de los franceses […] no tiene ejemplar [ni antecedente alguno en la historia…] La limosna que logramos juntar en el curato de Zapopan: 75 pesos 5 reales”. Gregorio Alonso y Valle. Cura párroco de Zapopan, enero 11 de 1809”.
El cura de Zacoalco manifiesta haber copiado en “el Libro de Gobierno” de su parroquia “la pastoral de vuestra señoría del nueve de septiembre” de 1809, y haberla transmitido a la parroquia siguiente, sobre el Camino Real de Colima. Y agrega: “Su lectura [me renovó] la funesta imagen de los lúgubres acontecimientos” ocurridos en España desde el año anterior “y aún no se secan las compasivas lágrimas” que corrieron por sus mejillas cuando se enteró “de la catástrofe sin ejemplo” que estaba todavía padeciendo “la antigua España”. Por lo que, temiendo incluso que la amenaza de la invasión llegara “a estos dominios”, él se “hallaba inflamado por el ardiente deseo” de “servir en circunstancias tan críticas a la religión, al rey y a la patria”, procediendo “de inmediato a reanimar a mis feligreses para que a más de las incesantes súplicas al Dios de los ejércitos […] se esforzasen a las contribuciones que nuestra señoría nos insinuaba”. Etc. Aportando en total (por ser tan chiquito el pueblo, la casi increíble cantidad) de “400 pesos más un real y medio”. Y ofreciendo seguir contribuyendo “mensualmente con veinte pesos […] hasta la fecha en que tengamos noticia de la restitución de nuestro augusto soberano”. Y firma “Fray Felipe Sánchez, Zacoalco, 30 de octubre de 1809”.
Hay varias otras cartas más como ésas y otras (poquitas) que nos refieren que ciertos curatos, algunos conventos y monasterios no dieron nada o muy poco, por ser demasiado pobres. Pero como quiera que fuesen, las que he resumido nos sirven para comprobar que la iglesia estaba desde 1808 arengando a sus fieles a ser patriotas y a defender “la santa causa” que en ese particularísimo caso refrendaba el apoyo al rey, a la religión y a la patria. Triada de estímulos que para muchísimos de los habitantes de la Nueva España se convirtió en un motivo suficiente por el que, llegado el caso, estarían dispuestos a arriesgar sus vidas.
Por otra parte, gracias a la farragosa carta que el muy aguerrido prelado tapatío envió el día 6 de septiembre de 1808 a don Martín Garay, presidente de la Suprema Junta de Sevilla, nos enteramos de que los resultados de la primera gran colecta que promovió en su enorme obispado fueron más que satisfactorios, puesto que logró reunir sesenta mil pesos, que en aquel tiempo eran un gran capital, que hoy se traduciría en millones.

Fray Felipe Sánchez, cura del pequeño pueblo de Zacoalco recolectó una gran cantidad de dinero para apoyar a los españoles que combatían a la gente de Napoleón.
LOS REBOTES DE LAS PREDICACIONES
En el vecino obispado de Michoacán, la sede episcopal estaba vacante, puesto que habiendo muerto fray Antonio de San Miguel en 1805, en 1808 aún no había sido nombrado su sustituto, y tal vez por eso no hay cartas como las que dictó o redactó Cabañas. Pero las parroquias michoacanas no estaban carentes de noticia, puesto que a ellas llegaban también los exhortos que desde “la muy noble ciudad de México” empezó a enviar el arzobispo Francisco Javier de Lizana y Beaumont, quien en la primavera de 1809 asumió también la función de virrey. Exhortos que, en esencia, eran muy similares a los que en la Nueva Galicia estuvo predicando y enviando el Obispo Cabañas.
En cuanto corresponde a la participación de las autoridades civiles de Guadalajara y su territorio, cabe mencionar que, vinculadas con las eclesiásticas, también hicieron su parte:
En aquel entonces el Intendente de Guadalajara (equivalente a un gobernador de ahora) era un español que se llamaba Roque Abarca, y que desde 1805 ostentaba también el cargo de Capitán General de Nueva Galicia.
De conformidad con las referencias que aparecen en las páginas 668 y siguientes del Tomo III, de la Colección de Documentos de Hernández Dávalos”, fue él mismo quien, el día 8 de julio de 1808, “recibió […] los reales decretos del 19 de marzo […] expedidos por el Señor Don Carlos IV, en los que consta que, hallándose Su Majestad en Madrid, abdicó la Corona en su legítimo heredero”, etc. Y, quien, al enterarse de que, “el pérfido Napoleón”, había hecho todo lo demás que aquí ya hemos descrito y comentado, el día 23 de julio reunió a los demás miembros del Ayuntamiento tapatío para que, en “la Sala Capitular” pudiesen él y ellos, “conferenciar sobre tan inauditos acontecimientos”.
En dicha junta, Abarca hizo referencia al contenido de la “Gazeta” (sic) que se circuló en México el día 16, cuyo contenido corroboraba las “abdicaciones de Bayona” y la prisión de Fernando VII. Por lo que esa mañana el Ayuntamiento de Guadalajara tomó dos resoluciones: la de jurar “no reconocer otro rey que el perseguido Fernando, y declarar la guerra a todos sus enemigos”, y la de solicitarle al virrey Iturrigaray las instrucciones correspondientes para actuar en consecuencia.
De todo esto se turnó información a las cabeceras de los 26 partidos que integraban el gobierno de la intendencia, complementando así la información que, mediante cartas, el obispo Cabañas había estado enviando a todos los curatos de su diócesis.
Las comunicaciones en ese tiempo eran muy lentas y no hubo pronto intercambio entre la oficina del virrey y la del intendente de Guadalajara, por lo que el 27 de julio inmediato, Abarca y el señor Obispo Cabañas, puestos de acuerdo, convocaron a una nueva “Reunión General” en la que participarían todas “las autoridades eclesiásticas y seculares (o civiles)”, en un lugar muy amplio, en el que le darían “franca entrada al pueblo para que presenciase el acto”.
Los comisionados por ambas instancias hicieron un resumen de lo que hasta esa misma fecha se sabía de lo que ocurría en España, y el resultado de esta otra reunión fue que “el público” empezó a solicitar “que se le armase”. Por lo que fue “necesario contener su fiel ardor”, explicándoles que no estaban “próximamente amenazados por los enemigos” y que el propio intendente “no tenía facultades para levantar tropas sin orden del virrey”.
Pero lo cierto fue que las noticias cundieron, y que, a partir de entonces, una gran parte de los habitantes de todos los pueblos de la Nueva Galicia se pusieron, como quien dice, en pie de guerra en contra de Napoleón, mientras que, por otro lado, algunos criollos que desde mucho antes se resentían de los dictámenes del gobierno monárquico absolutista, empezaron a ver también lo que ellos podrían hacer para liberarse de tan humillante y pesada tutela. Continuará.