*Setenta años de ejercer con excelencia una profesión que se ha ido perdiendo
*Clientes prefieren las fórmulas que prepara a las medicinas de patente
Pocos son los farmacéuticos o boticarios propiamente dichos que aún siguen en activo en el estado y la región. Aquellos que, como alquimistas medievales, saben elaborar pócimas salutíferas, preparados y fórmulas, utilizando ingredientes que, para la gran mayoría de los mortales, son sustancias secretas y misteriosas.
Esos farmacéuticos que, en su gran mayoría no tuvieron una gran preparación, fueron guiados a la obtención de sus conocimientos por antiguos maestros en el oficio, que les sirvieron de mentores en su antiguo oficio, que podríamos decir que es un arte.
UN BOTICARIO DE LOS DE ANTES
En Manzanillo tenemos casos destacados de boticarios como Don Panchito y Agustín Guijarro, y todavía tenemos con nosotros en activo a Don Ramón González, a quien muchos cariñosamente reconocen como “Ramoncito el de la farmacia”, avezado en la mezcla de líquidos, polvos y materiales, que remedian los males de las familias de escasos recursos.
Aunque su negocio comercial expende, como es natural, medicamentos de patente hechos en los grandes laboratorios, él no deja de hacer sus medicinas, como antaño, como siempre, muchas de las cuales, dicen quienes las han probado en su cuerpo y salud, llegan a ser mejores las otras más modernas y comerciales. Él trabajo como farmacéutico a la vieja usanza, nunca le hace falta, pues le es algo cotidiano y redituable, debido, sobre todo, a lo avezado que es en ello.
Aquella frase que aplicara a si mismo Paco Morales para referirse a su popularidad: “Quién no me conoce, no es de Manzanillo”, bien puede aplicarse a la perfección también para Don Ramón, pues es un personaje que ya forma parte del entorno urbano en el primer cuadro de la ciudad y puerto de Manzanillo, ya que su negocio está en el corazón de la avenida México (conocida por muchos antiguos manzanillenses como “La Calle Principal”, ya que éste fue su nombre oficial en los primeros años del Manzanillo), y es buscada no sólo por los porteños, sino incluso por los visitantes norteamericanos y canadienses, a quienes se les atiende en inglés.
VALORES FIRMEMENTE INCULCADOS EN EL HOGAR
Don Armando Ramón González Escareño nació en la ciudad de Colima el 8 de enero de 1933, hijo de Don Severiano González Padilla y Doña María Guadalupe Escareño Méndez. Nació en un hogar humilde, donde no hubo oportunidad para cursar estudios avanzados. Quizá, si hubiera podido, hubiera escogido la carrera de la medicina, o quizá no, pues fue hasta su juventud que encontró esta vocación. Sólo pudo estudiar hasta la secundaria, y ninguno de sus hermanos llegó más lejos.
Esta carencia de preparación académica no sería un obstáculo en su futuro, pues estaba dispuesto a aprender un oficio redituable y ejercerlo con calidad y eficiencia. El oficio de su padre era el de la aguja e hilo; era sastre de barrio. De esta manera mantenía a su familia honradamente, mientras les inculcaba el deseo de salir adelante en la vida. El matrimonio González Escareño tuvo cinco hijos: tres hombres y dos mujeres. Una familia humilde, pero con principios y valores bien inculcados.
UNA PROFESIÓN, UN SUEÑO, UNA VIDA
Fue en el año de 1950, siendo un adolescente, que Ramón llegó a nuestro puerto, acompañando a su hermano Alfonso, quien había logrado aprender el oficio de farmacéutico e iba a trabajar una droguería en Manzanillo; él iba a ser su ayudante y discípulo. Venía con todas las ganas de aprender, y eso le sirvió mucho a la postre.
Ese local comercial era de las señoritas Espinoza y se llamaba Farmacia Mexicana, el cual era uno de los más aclientados y reconocidos en aquel tiempos. Alfonso y Ramón González aprendieron en aquella botica a preparar toda clase de medicamentos, lo mismo que a poner inyecciones, todo eso le serviría grandemente a Ramoncito en un futuro, para ganarse la vida y alcanzar prestigio en su profesión.
Cinco años estuvo Don Ramón capacitándose, observando todo con ojos muy abiertos, atentos, buscando aprender al dedillo esta difícil profesión. Tanta aplicación tuvo buenos resultados, pues aprendió a la perfección, incluso superando a otros que tenían años dedicándose al oficio de preparar medicamentos y ganándose un lugar entre los que ya tenían toda una vida en este difícil oficio.
NACE LA LEGENDARIA FARMACIA AMÉRICA
En 1955 ya contaba con los conocimientos necesarios, y viendo que además tenía el capital suficiente para empezar a trabajar por su cuenta, rompió el cochinito de sus ahorros y logró hacer su sueño realidad; su propia farmacia.
En el mes de noviembre de aquel año fue cuando por fin abrió sus puertas la hoy legendaria Farmacia América. Poco a poco fue conquistando una clientela que le ha sido fiel y, ya sintiéndose estable en todos los sentidos, decide que es tiempo de formar una familia, pues había alcanzado una economía estable que le permitía pensar en establecerse en Manzanillo de manera definitiva.
Fue el 23 de noviembre de 1963 cuando llegó al altar del brazo de Doña Rosa María García Murillo, originaria de Los Mochis, Sinaloa, con quien ha tenido tres hijos: Juan Carlos, José Ramón y Rosa María. Ella siempre le ha ayudado en la atención en mostrador en la farmacia, que es el negocio familiar, del cual la familia González García se siente muy orgullosos.
Aunque venden medicina de patente, como cualquier farmacia moderna, Don Ramón jamás ha dejado de elaborar sus fórmulas, y asegura que la farmacopea está tan vigente como antaño, como siempre; y asegura que es una lástima que los nuevos dependientes de farmacias no sepan más que despachar los productos de las marcas de laboratorio.
Una vez que Don Ramón González Escareño encontró la vocación de su vida, jamás se ha dedicado a otra cosa. La profesión que aún practica, hoy está en peligro de extinción.