Luego de la retirada rusa de Bucha, una ciudad dormitorio, de 37 mil habitantes, ubicada a 30 kilómetros al noroeste de Kiev comenzaron a circular imágenes de las atrocidades cometidas contra civiles ucranianos durante un mes por los ocupantes.
Había cuerpos de personas maniatadas con el tiro de gracia, cadáveres a medio enterrar o parcialmente incinerados, cuerpos de mujeres que fueron violadas y de ciclistas que iban circulando cuando les dispararon…
Vot Tak, el servicio en ruso de la cadena de televisión polaca Belsat, entrevistó a uno de los sobrevivientes de esos días de horror. Llegué a ese texto por recomendación de mi compañero de páginas Ricardo Ortiz Esquivel. Lo que leí me dejó atónito, por el grado de deshumanización al que han llegado los soldados rusos, cuyos crímenes siguen siendo negados por Moscú.
“Vladislav Kozlovski fue testigo ocular de las ejecuciones de los residentes de Bucha y vivió en esa ciudad durante un mes”, relata Alik Spiridonov, reportero de Vot Tak.
Kozlovski trabajaba como sumiller en la capital ucraniana. Cuando Rusia invadió el país, regresó a Bucha, donde viven su madre y su abuela. Relata que, el 2 de marzo, cuando iban a entrar los rusos en la ciudad, las autoridades ucranianas ordenaron a quienes no tenían arma que se escondieran en un refugio antiaéreo, que estaba protegido por dos puertas. “Los invasores tiraron la primera y nosotros mismos abrimos la segunda porque comprendimos que de todos modos entrarían y luego simplemente podrían matar a todos”.
Explica que los trataron bien en los primeros días y les dieron de comer, pero como había “intensas batallas en la ciudad”, no los dejaron salir del búnker. “Nos sentábamos en la oscuridad absoluta. No había luz, agua ni calefacción, por supuesto”.
El 7 de marzo, los primeros ocupantes fueron reemplazados por otros. “Nos pasaron báscula. Yo traía un reloj y dinero. Se los quedaron. Después comenzaron a revisar los documentos de identidad y si alguien había participado en las ATO (“operaciones antiterroristas” contra los rebeldes prorrusos del Dombás), les disparaban de inmediato. También revisaron los tatuajes, en busca de símbolos nazis. De hecho, a los que tenían tatuado el Tryzub (el escudo de armas de Ucrania), los mandaban fusilar”.
Kozlovski narra que entre los soldados que llegaron al relevo había rusos, pero también buriatos, el grupo étnico más grande de Siberia. Dice que mataron a ocho personas en su presencia. “Vi sus cuerpos, abandonados detrás de un edificio de piedra, entre un montón de cosas”. A uno de sus amigos le dispararon en un costado. “Para que no tengas prisa de volver a casa”, le dijeron. “A mí me preguntaron dónde vivían los veteranos de la ATO o los nacionalistas, pero, como no sabía nada, me golpearon en la cabeza con la culata de un rifle”.
Días después llegaron a Bucha las milicias enviadas por Razmán Kadyrov, presidente de Chechenia. “Durante la última semana, se la pasaban caminando por las zonas residenciales, disparando a cualquiera que vieran. “Mataron a mi vecino, un jubilado que salió de su casa a sentarse en un banco. Se comportaron de forma cruel y bárbara. A veces se metían a dormir en las casas. Golpeaban a los dueños y los echaban a la calle”.
“Mi amigo Serguéi Semenov decidió ir a pie a Irpin (la ciudad vecina) junto con otra persona. Encontraron sus cuerpos unos días después. A Serguéi le dieron un disparo en la nuca. A su amigo le cortaron la mejilla y le dispararon en el corazón.
“El 2 de marzo, durante los combates para tomar la ciudad, cinco pasajeros de un autobús murieron. Por varios días, no nos permitieron mover sus cuerpos. Cuando por fin pudimos hacerlo, los sacamos en la parte de atrás de un tractor y los enterramos en la calle. En una casa, un anciano se quedó muerto, sentado en su silla.
“Durante ese mes, compartimos la poca comida y agua que había. Cuando por fin nos liberaron, llevábamos mucho tiempo hambrientos. No olvidaré cómo lloraba la gente al ver el pan”.
Los testimonios de las atrocidades cometidas por los soldados rusos en Ucrania se acumulan. Las víctimas tienen nombre y apellido. Ojalá que, como ocurrió con los crímenes de guerra en Bosnia y Ruanda, vengan los encausamientos penales contra los responsables.