Segunda parte y última
LA ELECCIÓN DE LOS DIPUTADOS Y LA AUSENCIA DE UN NUEVO VIRREY
No sabemos, y tal vez no podremos saber nunca cuál pudo ser la reacción de los criollos contemporáneos de Hidalgo cuando leyeron el contenido de esta convocatoria en la gaceta del 9 de mayo, pero no dudo que hayan llegado a la conclusión de que los miembros de la Regencia española los estaban elevando “a la dignidad de hombres libres” por puro y descarado interés. Provocando en algunos de ellos un sentimiento de repulsa, aunque, previéndolo, y tal vez deseando mitigar las causas de esa reacción, en la misma gaceta se publicó también en México un decreto emitido el día 7, en el que, aparte de relevar al arzobispo de su responsabilidad como virrey, se anunció la integración de la mencionada Regencia, y se publicó la copia de la dicha convocatoria, junto una interesante adenda de la que me permitiré citar unos párrafos muy sugerentes incluso para nuestro tiempo. He aquí el primero:
“El rey nuestro Señor D. Fernando VII, y en su real nombre el Consejo de Regencia de España e Indias: considerando la grave y urgente necesidad de que a las Cortes extraordinarias […] concurran Diputados de los dominios españoles de América y Asia […] ha decretado lo que sigue:
“Vendrán a tener parte en la representación de las Cortes Extraordinarias diputados [de los Virreinatos, Capitanías Generales y Provincias Internas, etc.…] uno por cada […] cabeza de partido de estas diferentes Provincias.
“Su elección se hará por el Ayuntamiento de cada capital, nombrándose primero tres individuos naturales de la Provincia, dotados de probidad, talento e instrucción, y exentos de toda nota [mala]; y sorteándose después, uno de los tres, el que salga a primera suerte será Diputado en Cortes.
“[… Y] luego que reciba sus poderes e instrucciones se pondrá inmediatamente en camino para Europa por la vía más breve, y se dirigirá a la Isla de Mayorca, en donde deberán reunirse todos los demás representantes de América a esperar el momento de la convocatoria [definitiva]”.

La gran novedad de ese año fue que La Regencia emitió una convocatoria para que en todas las colonias españolas se nombraran diputados que participarían en una especie de Congreso Nacional en Cádiz.
Para quienes supieron leer y entender bien las cosas, la contradicción que contenían aquellos documentos era evidente, ya que si por un lado les estaban diciendo que sus destinos ya no dependerían “de los Ministros, ni de los Virreyes, ni de los Gobernadores”, sino de sus propias manos; por otro les estaban diciendo que el rey continuaría siendo la cabeza de todo el imperio. Un rey por cierto que, estando recluido por Napoleón en un palacete francés, era de creer que ni siquiera estaba enterado de los asuntos que a su nombre se estaban tratando.
El segundo elemento que resalté con negritas sólo lo menciono como una curiosidad histórica que sigue representando un ideal: que los individuos a los que se proponga para ser diputados y para ejercer como gobernantes estén “dotados de probidad, talento e instrucción, y exentos de toda nota [mala]”. Cosa que lamentablemente no sucede en gran número de casos, como ocurrió precisamente en aquel momento, cuando la Regencia que se instaló en México fue descrita por la gente de la época como “una corporación de togados, orgullosos y apasionados, celosos unos de otros” Y divididos por tanto entre sí.
UN ÚNICO DIPUTADO PARA REPRESENTAR A TODOS LOS HABITANTES DE NUEVA GALICIA
Es muy posible que alguno de los lectores que hayan puesto sus ojos en estos renglones se esté preguntando ¿qué tiene (o qué tuvo) que ver todo esto con la Guerra de Independencia de México en lo general y con lo que sucedió en la Nueva Galicia (y en Colima) de manera particular. Pero sin abundar en detalles le responderé que todo esto fue muy importante para el desarrollo político de México porque como resultado de esta serie de acciones, en marzo de 1812 se promulgó la llamada Constitución de Cádiz, que fue la primera “Carta Magna” que rigió en México hasta 1824, cuando fue promulgada la que lo ubicó ante los ojos del mundo como una nación independiente y autónoma.
Saltándonos, por otra parte, las diversas reacciones que provocó la convocatoria que hemos venido mencionando, debo mencionar que en el “acervo de la Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Unam”, hay un artículo firmado por José Gamas Torruco, en el que se informa que “la diputación mexicana [para asistir a las Cortes de Cádiz] fue integrada por [sólo] diecisiete miembros electos por los” ayuntamientos de las cabeceras o capitales de las diversas provincias, “tal y como lo ordenaba la convocatoria”, y que, como los miembros de la Regencia lo habían previsto, “representaban a la clase criolla ilustrada”.
En el caso concreto de Nueva Galicia, el primer nombramiento fue para el más conocido y reconocido clérigo de aquel momento: el Obispo don Juan Ruiz de Cabañas, pero previendo éste que no sería muy bonito viajar a España en un momento en que las tropas de Napoleón mantenían invadida la mayor parte de su territorio; y dado que la convocatoria indicaba que los diputados tendrían que ser “naturales de cada provincia”, el Obispo no aceptó la designación, y propuso que en su nombre fuera un sacerdote nativo de Guadalajara, que se llamaba José Simeón de Uría Berrueco, ameritado maestro de Filosofía y Teología, y Canónigo de la Catedral, quien a la postre no sólo se destacó en Cádiz por hacer interesantes propuestas a favor de la igualdad de todas las castas nacidas en los territorios españoles, sino que llegó a ser vicepresidente de las Cortes que allí sesionaron.

El diputado que se nombró en Guadalajara fue, coincidentemente, el primer tapatío que se enteró del levantamiento iniciado en el curato de Dolores, y el primero en informar de ello al obispo Cabañas.
El nombramiento del padre Simeón fue aprobado por el Ayuntamiento de Guadalajara el 2 de julio de 1810, pero habiendo sido ese verano sumamente lluvioso, los caminos reales se llenaron de charcos y lodo, se dañaron algunos vados y puentes por las crecidas de ríos y arroyos, y el canónigo no pudo viajar hacia Veracruz sino hasta ya bien entrado septiembre. Tardanza que, así como le imposibilitó llegar a Mayorca en las fechas previstas, le dio pie para que cuando los días 19 y 20 pasó por Guanajuato y Querétaro, se enterara (de manera imprecisa) que en la madrugada del 16 había dado inició en el curato de Dolores una rebelión armada, que dirigían, entre otros, un tal “Domingo Allendi” (sic) y el padre Miguel Hidalgo y Costilla, y los capitanes Aldama y Lanzagorta”.
El diputado pernoctó en Querétaro la noche del 19 al 20, y durante su estancia pudo percatarse de que las autoridades locales ya estaban haciendo preparativos para defenderse ante la posible llegada de los rebeldes, pero volvió a subir a la diligencia y, habiendo llegado esa otra tarde a pernoctar en la Hacienda de Arroyo Zarco, recogió algunos otros informes y se puso a redactar una carta para el Obispo Cabañas, en la que le daba santo y seña de lo que acababa de saber. Carta que durante la madrugada del día 21 envió con un propio a Guadalajara, y que llegaría a ésa el 25 de aquel convulso mes, poniendo en plan de alerta a todas las autoridades religiosas, civiles y militares, como lo podremos ver en el próximo capítulo.