Décimo octava parte
HACINAMIENTO, INSALUBRIDAD E INSEGURIDAD
Tenemos noticias de que si la entrada de Hidalgo a Guadalajara fue “apoteósica”, llena de “vivas”, altos honores y grandes ceremoniales, no tardó mucho para que la cotidianidad de la entonces pequeña urbe se volviera un caos, en la medida de que, habiéndose sumado a la gente de Torres, Huidobro y Gómez Portugal el enorme conjunto que llegó acompañando al ex cura de Dolores, la población ordinaria prácticamente se cuadruplicó, generando con ello que “la planta urbana se saturara y el sobrecupo paralizara casi todas sus actividades”.
“Esta muchedumbre y alrededor de treinta mil caballos (¡treinta mil caballos!) que se distribuyeron en los atrios de los templos, en las plazas públicas, en las calles y las afueras de la ciudad, impidieron que las familias tapatías salieran a comprar alimentos, visitar los templos o arreglar algún asunto particular. El hacinamiento llegó a tal grado que un soldado insurgente, en una carta interceptada por los realistas, le decía a su esposa: ‘Estamos como los panes de jabón en el guacal prensados”.
“[…] La concentración de tanta gente trastocó el sistema de abasto; el maíz almacenado en la alhóndiga y el depósito se agotó, por lo que fue necesario obligar a los dueños de ranchos y haciendas aledañas a enviar lo que tenían guardado en sus trojes para alimentar a los rebeldes. [Y] como es de suponer, en las semanas siguientes se escaseó el grano alimenticio, la carne y otros productos ya no pudieron ser adquiridos con facilidad y se elevaron los precios de éstas y otras mercancías”.
“A los problemas de alojamiento y alimentación hay que añadir el de la insalubridad por la acumulación de heces humanas y las de los caballos. Según algunos reportes el olor pútrido que cubrió la ciudad se volvió insoportable. Y no menos grave fue la inseguridad, porque en las noches se cometían muchos robos y asaltos a casas y pequeños establecimientos comerciales”. (Olveda Legaspi, Jaime, “Guadalajara arrollada por la insurrección”, artículo publicado en el número 94, de la revista “Relatos e historias en México”, 2007, p. 52-53).

El 3 de diciembre de 1810, los miembros del Cabildo de Colima le enviaron una carta muy comedida a Hidalgo.
EL REENCUENTRO DE TRES AMIGOS. –
Siguiendo con la descripción de pequeños detalles que nada (o muy poco) tuvieron que ver con los desplantes heroicos que tanto les gusta resaltar a los historiadores oficialistas, quiero añadir hoy que cuando los insurgentes que tomaron la Villa de Colima se encaminaron a Guadalajara, llevaban con ellos, en calidad de presos (o de secuestrados para pedir rescates) 20 “europeos” (de los que algunos en realidad eran criollos locales) y una gran cantidad de mulas y caballos que extrajeron de las haciendas cercanas, dejando tras de sí la impresión de que, antes de haber nombrado al comisionado de los bienes europeos, se habían dedicado a saquear todas las tiendas del pueblo, y las casas de los mismos españoles que llevaban en su poder.
Independientemente de eso sabemos que, tras de su propia llegada a dicha ciudad, el padre José Antonio Díaz, capellán del ejército insurgente que capitaneaban Rafael Arteaga y José Antonio Torres, hijo, buscó el modo de entrevistarse con su también viejo amigo y compañero Hidalgo; de quien seguramente después de haber charlado un rato, recibió la comisión de trasladar desde Salagua, el puerto de Colima, hasta Guadalajara “los cañones que habían embarcado en San Blas” (declaraciones personales en el “Juicio de Infidencia” que se le inició en diciembre de 1814); aunque posteriormente se supo que no los embarcaron, sino que se los trató de llevar por tierra la gente del padre Mercado.
De ese encuentro resultó también el nombramiento de “proveedor general de ejército” y su actuación posterior como “como consejero del movimiento”. (Lameiras, “Colima, Monografía Estatal”, p. 160) Aunque, por otra parte, explicó que aprovechando la oportunidad abogó ante Hidalgo para pedir que indultara “a uno de los europeos de Colima”.
Y ya que mencionamos este último dato, cabe señalar que las noticias de la llegada del ejército de Hidalgo a Guadalajara no tardaron más de cuatro días en llegar a dicha villa, en donde los integrantes del “nuevo gobierno” estaban siendo constantemente requeridos por las esposas, amigos y familiares de los españoles presos para que fueran a Guadalajara para tratar de rescatarlos con vida.
Gracias a los documentos que de aquellos días logró rescatar don José María Rodríguez Castellanos, sabemos que tanto las autoridades mencionadas como algunos de los vecinos principales pensaron que la única persona que podría abogar por los prisioneros era el padre Francisco Vicente Ramírez de Oliva, antiguo párroco de Almoloyan y Colima, que había forjado una buena amistad con el padre Hidalgo cuando éste también fue párroco de allí. Y fueron a platicar con él.
En aquellos días, el padre Ramírez de Oliva, “nacido en Colima en 1754, y ordenado sacerdote a título de lengua mexicana hacia 1781” (Vázquez Lara Florentino, “Colima Levítico”, 1996, p. 7) ya tenía dos años de haberse retirado del servicio activo en el sacerdocio porque se hallaba enfermo y vivía de sus rentas, teniendo como propiedades una casa en la Villa y una huerta y un potrero. (Rodríguez Castellanos, apuntes correspondientes a 1811, varias páginas).
De cualquier modo escuchó a los peticionarios con atención y, siendo un individuo sensible y caritativo, pese a sus achaques se dispuso a realizar el pesado viaje de cinco días en bestia hasta la ciudad de Guadalajara; llevándose consigo algunas cartas, obsequios y dinero en efectivo que las esposas de los prisioneros le dieron para que se los entregara en caso de poder verlos y/o liberarlos.

Treinta y cinco mil caballos y cerca de ochenta mil personas ocuparon todos los atrios, calles y plazas de la entonces todavía pequeña ciudad de Guadalajara.
A manera de presentación (que no necesitaba), el padre Francisco Vicente llevó también consigo una carta que los miembros del Ayuntamiento de la Villa de Colima decidieron enviar a “Su Excelencia” tras sesionar la mañana del 3 de diciembre. Carta que por ser muy reveladora del tratamiento que le daban al ex cura de Colima, volveré a sacar a la luz:
“Excelentísimo. Señor:
“El Ayuntamiento de esta Villa de Colima, a saber: su actual Subdelegado Presidente, D. José Sebastián Sánchez; el Alcalde de primera elección, D. José Vicente Dávalos; el de segunda D. Tiburcio Brizuela; Los Diputados D. José Mariano Diaz, Teniente de una de las Compañías de esta División de Milicias del Sur, D. Felipe Ánzar y D. Antonio Moreno; y el Síndico Procurador D. Marcos Silva: Sabedores del arribo de Vuestra Excelencia a esa Capital, hemos deliberado que el Sr. Bachiller D. Francisco Ramírez de Oliva, Cura que fue del pueblo de San Francisco Almoloyan y de esta vecindad, que pasa a esa corte, rinda a V. E., a nombre de este Cuerpo, los debidos honores de homenaje, reconocimiento, subordinación y obediencia como a nuestro Generalísimo Padre Superior y Jefe Universal de esta América y de esta villa, que por felicidad nuestra goza el honor, la dicha y privilegio de estar humildemente sujeta bajo las órdenes y disposiciones superiores de V. E., como voluntariamente se sujetó y rindió el día 8 del próximo pasado Noviembre con el deseo consiguiente del práctico conocimiento que los más de estos moradores tenemos de las sublimes circunstancias y cualidades que adornan y caracterizan la persona de V. E. cuando fue Pastor Espiritual de este rebaño”. (Continuará)