La cercanía de Ucrania


Aunque desde que en 2014 Rusia anexó unilateralmente Crimea y desarrolló una guerra por interpósitos actores en la región oriental de Ucrania, la posibilidad de una guerra abierta, de una invasión masiva de conquista no parecía una posibilidad real, ciertamente no en el siglo XXI. La realidad ha sido otra y a un año del conflicto aún no se percibe el desenlace.

Tenemos varios actores políticos involucrados, quienes se enfrentan directamente, quienes tratan o se interesan por alguna conclusión y quienes observamos todo desde la orilla del enfrentamiento. Me parece que los esfuerzos de pacificación han fracasado en gran medida por la sugerencia a Ucrania de apaciguar a Rusia y para ello ceder territorio. Precisamente la defensa del territorio ha sido la razón de ser de la defensa de ese país, por lo que se antoja improbable que una solución pase por concesiones territoriales.

Al mismo tiempo en Europa, especialmente en los países bálticos y Polonia, la mera idea de apaciguar a Putin mediante concesiones equivale no sólo a premiar la invasión si no que retraen dolorosas memorias de lo que supuso esa fallida política en los años treinta del siglo pasado. La memoria de la Segunda Guerra y todas sus acciones es algo que está presente diversas formas todos los días en la mayor parte de Europa, es una cicatriz que no se cierra con el paulatino fallecimiento de quienes la vivieron; está en su historia, en sus textos educativos, en sus planes estratégicos y hasta en la génesis de la propia Unión Europea.

A lo largo del año hemos presenciado diversos capítulos de esta guerra; hemos pasado de la discusión y advertencia política de la víspera de la invasión, al desarrollo de una guerra moderna en su armamento, sanciones, peso de las redes sociales, impacto en las sociedades, hasta llegar a un enfrentamiento épico de personalidades que transformó una victoria anunciada a un estancamiento que muestra la verdadera dimensión de Rusia y su liderazgo. Una capacidad militar mucho más limitada de lo que Rusia misma esperaba, un paulatino agotamiento del discurso de la Guerra Patriótica que ha dominado a Rusia por décadas y la revelación de una personalidad peligrosa al frente de ese gobierno.

Por otra parte, esta guerra parece haber dado el impulso a la identidad nacional y el sentimiento de pertenencia a una sociedad ucraniana que aún se debatía en sus intereses. Como en el libro de teoría de relaciones internacionales, la agresión externa generó la cohesión interna que la política no había logrado. Lo que lejos está de significar que la Ucrania que surja de esta guerra tendrá solucionado el futuro en su totalidad.

Y luego viene un vecindario que ha pagado con alta inflación y costos de energía el efecto de la guerra, junto con una profunda preocupación del porvenir. Un impacto a la viabilidad de la Unión Europea, especialmente ante la presión de gobiernos populistas de deriva autoritaria que procuran la salvaguarda de su clase política antes que un proyecto regional que mantenga esa razón de ser de la unidad europea: evitar las guerras que caracterizan la historia de ese continente.

Se ha dicho que la guerra es un lujo que sólo países en vías de desarrollo se pueden permitir. Ante lo caro que es esta guerra, aun en un escenario de maltrecha globalización, la realidad es que una guerra más extensa o aún más violenta e involucrando a otros países es un lujo para el mundo entero. Ya sea en el comercio de granos, en los costos de la energía, en la reorientación de presupuestos hacia el gasto bélico o la extensión de sanciones que lastiman a las sociedades más que a los decisores, esta guerra está cada día más cercana al mundo entero y la incapacidad del sistema multilateral o de las naciones importantes para sentar a las partes a negociar y poner fin a la violencia, es una tentación para mayor caos, para la aparición de más naciones retadoras del status quo, deseosas de hacerse un espacio en el escenario.

Ucrania está más cercana de lo que pensamos, incluso en América Latina y la globalización muestra que tiene más rostros que el mero bienestar económico.