Hay personas a las que les apasiona la cacería. Ya desde la Edad Media, era una afición predilecta de la realeza europea. Algunos lo consideran un deporte, mientras que para otras personas es algo que se hace para comer, alimentándose con la pieza cobrada, que no les interesa en lo más mínimo exhibirla como un trofeo. Actualmente la cacería es muy mal vista, ya que se ha despertado una gran conciencia del respeto a los animales y sus derechos, aunque siguen habiendo reservas donde se permite la cacería legalmente, a través de permisos oficiales y pago de grandes cantidades de dinero, con lo que se supone que se hace trabajo a favor de la reproducción de animales en peligro de extinción. Al hablar de la cacería de antaño, estamos hablando de otra situación, otra época y, por eso, no aplican muchas formas de pensar actuales.
CACERÍA, UNA ACTIVIDAD BIEN VISTA Y ACEPTADA
Mi padre fue un gran aficionado de la cacería. José Martínez Campo nació en San Antonio, Texas, y se crió en varios estados del norte del país, principalmente Durango y Chihuahua. A muy temprana edad empezó a trabajar en un aserradero, y junto a otros leñadores subían a los bosques, por aquellos años de la primera mitad del pasado siglo todavía abundantes, para cortar los gigantescos pinos. Por aquellos años todavía había osos negros, y tuvo algunos encuentros con ellos, y también domesticó algunas ardillas y topos, teniendo uno de estos últimos ejemplares que siempre cargaba en el fondo del bolsillo de su pantalón. Fue en esa época que le cobró un gran amor a la vida silvestre y a los animales. Los estudiaba tanto, que era capaz de dibujarlos a la perfección, y casi parecía que se iban a salir del papel, de lo bien representados que quedaban. Después entró al Ejército algún tiempo, familiarizándose con el uso de las armas de fuego, y luego pasó a la Armada de México donde se desempeñó como artillero, siendo por esta razón por la que vino a Manzanillo, donde formó a nuestra familia al lado de mi madre, Celia Cisneros Amaya.
LOS CERROS TAN VERDES DE MANZANILLO
Siempre dijo que lo que más le gustaba de Manzanillo era sus cerros, porque eran muy verdes, mientras que las tierras del norte donde se había criado eran “muy pelonas”, es decir, con escasa vegetación. Como militar tenía permiso de portar arma, así es que tenía algunas en casa. Yo sólo le conocí una pistola, que ya era muy vieja para entonces, y luego se perdió, nadie supo cómo. Ya estando en Manzanillo desde 1958, se hizo muy apegado a un compadre, que lo empezó a invitar a ir de cacería. A veces iban para el rumbo del aeropuerto, otras al cerro de El Toro y sus alrededores. En una ocasión aquel compadre le pidió prestada un arma, y nunca se la regresó, por lo que se pelearon y nunca más se volvieron a dirigir la palabra.
UNA GRAN BANDADA DE PATOS SILVESTRES
Cierta vez, previo al robo mencionado, él y su compadre llevaron a sus familias a hacer un día de campo cerca de la laguna de Juluapan. Mi padre llevaba su arma, aunque esa ocasión no iban a cazar precisamente; pero por si las dudas. De pronto, se dieron cuenta de que en un estancamiento de agua cercano, que se había formado por las lluvias, había una bandada de patos. Por aquel tiempo, mi padre tenía una enfermedad en una pierna, a la altura del tobillo, la que a la postre le obligó a retirarse de manera prematura de su carrera de marino, con el grado de Teniente de Corbeta, en el año de 1969. Pues bien, mi padre tomó rápidamente su rifle y le dio un balazo certero al pato que se encontraba en el centro del laguito. Esperaban que todos sus compañeros de bandada salieran volando despavoridos ante la detonación; pero no ocurrió así, sino que el patito herido por alguna extraña razón empezó a nadar en círculos, y todos los demás patos se acercaron a él, como diciéndole: ¿Qué te pasa? De esa manera, se convirtieron en un blanco fácil. Mi padre entonces cobró una gran cantidad de piezas; pero mi madre le decía que ya no siguiera disparando, pues ya había matado más de lo que se pudiera comer. Los patos quedaron flotando en medio de aquel gran encharcamiento, y resulta ser que mi padre, por la enfermedad que tenía en la parte baja de su pie, no pudo meterse a recoger los patos cazados, de manera que su muerte fue en vano, y esto le valió un serio disgusto con mi mamá.
CAZAR PARA COMER
En otra ocasión, varios cazadores veteranos de la parte alta del municipio lo invitaron a ir de cacería, a lo que él gustoso aceptó. Él preparó todo para la partida de caza a la usanza norteña, llevando una mochila con provisiones durante la jornada, tanto para él como para compartir con sus compañeros; de modo que cuando tuvieron un momento de descanso, sentándose sobre unas piedras, mi papá sacó sus provisiones, y los otros cazadores se enojaron mucho con él, pues le decían que un buen cazador no lleva nada de comer, porque se supone que la caza que obtengan, esa será la comida.
LAS TEMIDAS ONZAS Y LOS ANIMALES DE UÑA
Todos los cazadores le tenían mucho miedo a los animales “de uña”, los felinos locales, de los que el principal es la onza. Siempre cuentan historias de su bravura, de su fiereza, de sus ataques. Que por allá por el cerro de El Toro había muchos, que más arriba de Santiago. Lo cierto es que en realidad nunca conoció mi padre a nadie que hubiera visto a una onza, ni el mismo la vio. Parece ser que ya desde aquellos años de finales de los cincuenta y principios de los sesenta había pocos de estos animales.
EL DESCONOCIDO WINDURI
Las personas que no saben de animales del campo, se hacen ideas muy equivocadas de ellos. Recuerdo que en alguna ocasión unas personas querían burlarse de una muchacha que consideraban que era muy fea, por tener marcados rasgos indígenas, y le apodaron “La Winduri”. Así se mofaban de ella, diciendo que el winduri era un animal muy feo, que apestaba casi como un zorrillo y que tenía una piel desagradable. La pobre muchacha se sentía desconsolada por aquellas burlas, mientras que mi papá se quedaba callado, hasta que los demás en aquella mesa, sabiendo que mi padre sabía mucho de animales del campo le preguntaron: ¿Verdad que el winduri es un animal muy feo? A lo que mi papá les contestó que era un felino de lo más hermoso, con un pelaje codiciado, y claro, eso de que era apestoso, quien sabe de dónde lo habían sacado. Después de aquella explicación, con que les diera cachetada con guante blanco, se quedaron callado aquellos burlescos. Por su parte, la tímida muchacha se sintió mejor, y levantó la cabeza.
LOS ANIMALES DISECADOS DE LA CALLE MÉXICO
Cuando tenía entre cinco y siete años de edad, me encantaba mucho acompañar a mi padre a sus largas caminatas por el centro histórico, donde nunca faltaba la compra de su periódico favorito: El Excélsior, que esperaba hasta la hora que llegara. Una de las paradas obligadas era a una armería donde vendían animales disecados, y nos poníamos a ver los mapaches, tejones, armadillos y otros. Nunca compramos uno, pero siempre se ponía a mostrarme aspectos de los animales, como la posición de las patas o las fauces.
EL CODICIADO LIBRO TURISMO CINEGÉTICO, CON DON TACHO MUÑOZ
Recuerdo como estuvo buscando en la tienda de Don Tacho Muñoz durante buen tiempo un libro de cacería: Turismo Cinegético, muy raro, donde venían descritas con lujo de detalles las principales especies de cacería de nuestro país, acompañadas de ilustraciones muy vívidas. Así, en aquellas páginas, fue que conocí al cacomiztle y al teporingio o conejo de los volcanes. Todo buen cazador que se respetara, quería tener ese libro. Parece ser que el amor por los animales era de familia, porque cuando venía mi Tía Nena (Carmen) de Tampico, traía unas bellísimas enciclopedia con fotografías de aves, principalmente águilas.

El jabalí junto al venado son las presas más codiciadas por los cazadores locales.
ESCAPANDO DE UN JABALÍ FURIOSO
En una ocasión que mi padre fue de cacería, contaba que se habían quedado sin parque, habiendo herido a un jabalí muy grande, que se puso muy furioso y se lanzó contra ellos, por lo que tuvieron que treparse a toda velocidad a un árbol cercano. Cuando ya más grande, a finales de los setenta, le acompañé a la Ciudad de México, me mostró a un jabalí africano conocido como verrugoso, enorme y con unos colmillos largos y afilados como grandes dagas, en el zoológico. Afortunadamente, los que hay por aquí no son tan grandes. El jabalí no ha escaseado todavía en Manzanillo hasta nuestros días, y aunque seguramente ya quedan menos que antes, lo cierto es que mucha gente de El Colomo sube al cerro a cazar, y lo que más suelen traer es jabalí. Durante el tiempo que viví en la Marina Nacional, hace 13 años, me tocó ver eso. Algunas veces llegué a comer carne de jabalí preparada en birria. Muy sabrosa.
COMIDA DE CAZA, SANA Y SABROSA
Pero hay gente que no quiere comer nada fuera de los tradicionales pollo, puerco y vaca, y por lo tanto, son incapaces de comer carne de cacería, porque, quien sabe porque razón, les da asco. En alguna ocasión, varios amigos cazadores de Jalipa y Camotlán habían invitado a otros cazadores de aquí de Manzanillo y éste les dijo que jamás comería carne de animal de monte. Cuando regresaron a Camotlán, cansados, le ofrecieron comer unas carnitas, preparadas ahí mismo, acompañadas con tortillas hechas a mano y una salsita recién preparada con ingredientes cosechados ahí mismo. Claro que aceptó encantado. Cuando probó aquellas carnitas quedó fascinado, porque tenían un doradito especial y no estaban grasosas. ¡Qué ricas! Dijo. Pues qué bueno que le gustaron las carnitas de armadillo, le contestaron. Así, aunque había jurado no comer carne de cacería, ya lo había hecho sin saberlo, y le había encantado.
LAS SEQUÍAS QUE AFECTARON A LOS ANIMALES SALVAJES
La gente de Manzanillo por aquel tiempo estaba acostumbrada a comer carne de iguana, de pato, de torcacita, de palomas, de armadillo, de jabalí, de venado y otras especies. Algunas de ellas hoy ya están prohibidas, y otras son especies amenazadas, en peligro de extinción, por lo menos localmente. Hay que decir que muchas se han muerto durante algunos períodos de sequía que se han presentado en las últimas décadas, pues al irse acabando las zonas arboladas al crecer la mancha urbana, también han disminuido las lluvias.

Este animalito que se alimenta casi puramente de insectos a pesar de su raro aspecto y dieta, también fue muy cazado.
LAGUNAS SIN NUTRIAS
Aunque ahorita casi ya no quedan en nuestro municipio, antes eran comunes las nutrias, y en esa lagunita que está junto a Maeva hace muchos años, finales de los cincuenta y principios de los sesenta, las había, conocidas por los locales como “perritos de agua”; pero como iban mucho a cazarlas y eran pocas, se las acabaron, y ahora parece que ya no hay ninguna en alguna laguna; quizá en la de Juluapan haya alguna perdida. Lo que si hay son cocodrilos, y ya decía en sus escritos Torres Quintero que los mataban porque eran muy bravos y muchos, y que llegaron a atacar a niños y comérselos. ¿Sería una exageración?
LA BRAVA ARDILLA
Mi papá siempre llevó a nuestra casa mascotas de campo, que las llevaba chiquitas para que se domesticaran. Tuvimos varias ardillas, algunas muy mansas, mientras que otras daban tremendas mordidas, y esa costumbre nunca se les quitó. En especial recuerdo que tuvimos una ardilla que era muy brava, que tiraba furiosas tarascadas, por lo que la amarramos a la pata de una silla de madera, y fuimos a traerle de comer, dejándola sola unos poquitos instantes, lo que bastó para que cuando regresáramos encontráramos la silla caída de lado, pues resulta que la ardilla, como buna roedora, le había comido una pata, de donde estaba amarrada, para escaparse. El animalito huyó y nunca le volvimos a ver.
EL TEJÓN AHORCADO
Tuvimos un tejón, el cual era muy mansito y juguetón. Pero como un familiar mío, que llegó de visita, le tenía miedo y no quería que durmiera el animal dentro de la casa, lo sacamos a una bardita y lo amarramos a un castillo saliente y nos fuimos a dormir. Pero el tejón estaba muy chiqueado, no quiso dormir solo y a media noche intentó meterse a la casa, y como la cuerda estaba muy cortita, no alcanzó a llegar hasta el suelo en su brinco. Tampoco pudo volver a subirse a la barda, porque estaba muy lisa, y se ahorcó. Aquí hay que aclarar, que en realidad no era un tejón, pues al animal que aquí en Manzanillo se le llama tejón, en realidad no lo es, sino que es el coatí, otra especie. El verdadero tejón es mucho más bravo y menos juguetón.
EL HÁBITAT DEL CHONCHO, AMENAZADO
Hoy las áreas naturales donde vivían muchos animales, están ocupadas por nuevos fraccionamientos, y estos se han tenido que desplazar más lejos, mientras que muchas especies ya han desaparecido, o menguado hasta casi desaparecer, como los chonchos, que son una especie de pavos salvajes, de los que quedan muy poquitos. Hay algunos proyectos para hacer reservas cinegéticas, para que las personas que gustan de la cacería deportiva, puedan acudir y hacerlo legalmente; pero mucha gente de escasos recursos en algunas comunidades sigue saliendo a hacerlo para traer comida a su casa, como puede ser un jabalí o un venado, y luego se prepara el animal y se comparte con los vecinos.

La onza es uno de los más felinos y elusivos de la fauna regional.