Mi barrio, el Seguro Social, está muy emparentado con el de San José, a pesar de que, según ellos, abajo, en el Seguro, viven los fresas y arriba, en San José, viven los pobres, pero chidos, para usar su lenguaje; porque hay que decir que San José, al igual que su hermano La Pedregosa, son barrios bravos, hogar de pandillas, aunque también de gente de bien, muy trabajadora.
UN BARRIO CHICO, PERO DE LOS BRAVOS
Propiamente, el barrio de San José se puede decir que abarca tres o cuatro cuadras, aunque nadie sabe precisamente donde está la frontera entre este y La Pedre. Sigue por la Joel Montes Camarena, empezando desde el triangulito al fin de la Carrillo Puerto. Pero también va corriendo a lo largo de la paralela Emiliano Zapata, por las mismas tres o cuatro cuadras. Se podría decir que acaba atrás de donde empiezan las canchas del Seguro, y su corazón es la parroquia San José, de donde toma su nombre.
Su condición de barrio problemático le viene muy probablemente de que, por esa vialidad serpenteante, la Montes Camarena, se asentaba la zona de tolerancia; y aunque los burdeles se ubicaban al final de esta, ya en terrenos de La Pedregosa, a todo su largo se asentaban personas relacionadas con el comercio carnal que ahí se hacía. Era un lugar común de peleas, mucho consumo de alcohol y de drogas.
LAS PANDILLAS DE LOS SETENTA
Allá por los años setenta y principios de los ochentas, surgió una mala moda en Manzanillo: las pandillas de barrio. Estas se enfrentaban entre sí a la menor provocación, y había zonas a las que era mejor no acercarse nomás caía la noche, e incluso hasta de día. La más célebre pandilla era la de El Túnel, pero estaban también la de La Pedregosa, la de la 16 de Septiembre y la de la Calle Nueva.
Alguna vez hubo una gran campal junto a la escuela Benito Juárez entre dos pandillas. Por esa razón, en este barrio estuvo por muchos años uno de los más conocidos centros de rehabilitación de la ciudad, el CRREAD, donde se pudieron librar del vicio de las drogas muchos vecinos de San José, adolescentes, jóvenes y no tan jóvenes, hombres y mujeres.
Por ahí está la calle 27 de octubre, en una de las subidas al cerro, que recuerda al ciclón que en esa fecha en 1959, acabó con La Pedregosa y parte de San José, por el derrumbe de los cerros aledaños. Por ahí quedó una joven de la familia Fajardo enterrada bajo escombros toda una noche, y al otro día la sacaron viva de milagro.
LA GUACAMAYA DE DON CARLOS NÚÑEZ
Como niño tenía que ir a muchos mandados a este barrio, del que conocí su cara amigable, y antes de entrar, siempre me desviaba un poquito hacia la casa de Don Carlos Núñez; más bien dicho mansión, porque era una vivienda enorme, propiedad del magnate de la tortilla en el municipio en aquel tiempo, y el primer gran candidato panista a la presidencia municipal de la historia, quien se enfrentó a Elías Zamora y según muchos porteños, fue víctima de un fraude electoral.
Pues bien, antes de ir a las tiendas de la zona, era parada forzosa ver a la guacamaya de la casa de Núñez, un enorme pájaro multicolor, que no le tenía miedo a la gente, y que vivió por muchos, muchos años, trepado sobre una barda del jardín de esta residencia que daba hacia la calle Prolongación México, lanzando graznidos, e incluso comiendo de lo que uno le diera con la mano.
Un día se la robaron, me imagino que por su belleza, y también me imagino que murió rápidamente por la tristeza que le causó dejar su barrio. Ahí vendían siempre mangos finos, que se cosechaban en los ranchos del señor Núñez.

PELEAS DE GALLOS
Al llegar a la esquina con la Emiliano Zapata, hacia el lado de las canchas del Seguro, estaba un lote baldío de gran tamaño, donde hoy está un edificio con consultorios muy elegantes. En aquel solar sólo había un árbol grande, que creo que era un guamúchil, a cuya sombra se realizaban peleas de gallos, lo más seguro que de manera clandestina. Siempre se veía participando por ahí a un vecino muy conocido, a quien apodaban “El Pachangas”.
En una ocasión este señor me causó un gran susto, pues iba caminando por la calle 2 donde yo vivía, y le empecé a notar su caminado muy raro, así es que lo seguí con la vista, y de repente, cayó al suelo y empezó a convulsionarse y yo, como niño impresionable que era, empecé a gritar muy asustado, porque no sabía que le pasaba, y creía que a lo mejor se iba a morir; pero luego supe que lo que le pasaba era que sufría de ataques epilépticos.
UNA PANADERÍA DE LAS DE ANTES
Un poco adelante, por la acera de enfrente, estaba una gran panadería, de esas de las de antes, con un enorme horno, de donde sacaban muchas bandejas de metal llenas de panes de todos tipos, colores y sabores, que acomodaban en unos estantes muy grandes. Todos los días acompañaba a mi papá a comprar sus piezas para el café.
Nunca he probado panes más sabrosos. No eran pasteles cargados de dulce, chocolate, merengue y mermelada, como los de ahora, sino sencillos, artesanales, pero con una textura única, que quizá era compartida por todas las panaderías antiguas, y que ya se ha perdido, por la americanización de este sector comercial. Bísquets, conchas, novias, hojaldres y un sinfín de variedades. Saldría de estos recuerdos una larga lista. A las 6 o 7 de la tarde salía del horno la primera tanda, y la gente de las colonias cercanas se peleaban por ganar los panes mejor horneados, calientitos.
EL FRAUDE DE LA ALDEA BRUJA
Por esa calle había una persona muy conocida que tenía un problema para caminar desde hacía muchos años. Casi no podía ni dar paso. Un día se empezó a correr de boca en boca la noticia de que había llegado un hombre espiritual, que sanaba cualquier enfermedad con un don especial que tenía, que salía de sus manos cuando tocaba a los enfermos. Atendía a las multitudes que acudían a consultarlo curiosamente en una palapa junto a la Unidad Deportiva 5 de Mayo, que era conocida como La Aldea Bruja. O sea, un brujo en su aldea.
Pues aquel vecino acudió a ver al brujo, y al otro día se le vio andar por la calle totalmente erguido, derecho y girito, sin siquiera tener que usar un bastón. Decía que había sido sanado, igual que por esos días mucha gente decía lo mismo. Habían tenido que pagar una consulta muy cara, pero había valido la pena, aseguraban.
Pues de repente despareció el famoso sanador, llevándose buenos recuerdos de Manzanillo y mucho dinero en el bolsillo. También a los pocos días, aquel señor de la Emiliano Zapata volvió a caminar igual que siempre y a tener los mismos dolores, y lo mismo les pasó a todos los supuestamente sanados. Todo había sido sugestión.
EL PERIQUITO
La calle desembocaba en los jueguitos de las canchas, donde los niños gozaban de los columpios, subibajas y muchos otros. Hacia el otro lado de la calle, frente al lote baldío donde se hacían las peleas de gallos, estaba una tienda atendida por una señora mayor de edad, muy amable y tierna siempre, que atendía en un local pequeñito, al fondo del cual estaba la casa de su familia. Esta tienda era conocida como La del Periquito, porque ahí había un perico de gran tamaño que hablaba mucho y cantaba muy alegre siempre.
Se decía que era muy viejo, al tener muchas décadas de vida. No faltaba quien decía que era centenario. Parecía que saludaba a la gente cuando pasaba, lanzando grandes gritos desde su jaula. La señora era ayudada por uno de sus hijos, Moisés, Moy, quien siempre se comportaba como un niño, con una voz muy suave y delgada, pero sin embargo, era un gigante de alrededor de 2 metros, o quizá los sobrepasaba. Al final de su estancia en este barrio enfermó y supe que al parecer le cortaron una pierna. La tienda cerró y se fueron al Valle.

TEMPRANITO PARA ALCANZAR BOLILLO Y FRUTA ENMIELADA
Al seguir subiendo, y llegar a la Joel Montes Camarena por la misma calle, se topaba uno con una tienda muy grande, conocida como La de El Petróleo, porque en un principio vendían este líquido. En sus puertas se vendía el bolillo, que había que ir a comprarlo muy temprano para alcanzarlo porque era de muy buena calidad, y un desayuno de huevos estrellados sin ese bolillo, no era desayuno.
Hoy todavía lo extraño, pues todos los bolilleros del puerto parece que se pusieron de acuerdo para hacerlos o muy bofos o muy duros, cuando el ideal es que sean doraditos por fuera y blanditos por dentro. También ahí se vendía el camote y el plátano enmelado. Enfrente estaba la tortillería.
LLEGA LA TELEVISIÓN POR CABLE A MANZANILLO
A media cuadra, se ubicaron las primeras oficinas de la Televisión por Cable en Manzanillo. Casi nadie por entonces tenía contrato con esta señal. Cuando en mi familia la adquirieron, había muy poquitos canales, aparte de los libres de Televisa e Imevisión; pero confiados en la promesa de que pronto entrarían más canales, adquirimos el cable, pues ya estábamos hartos de los Desayunos con Jorge Saldaña y los programas conducidos por Pedro Ferriz. Recuerdo que había un canal de películas que ponían en la propia oficina con videocassettes VHS, con muy mala calidad de imagen, y todos los días ponían tres o cuatro películas, también grandes churros, de los que me acuerdo perfectamente de dos: una era una española de un niño con a alas, que en realidad era un ángel, y la otra era la primera que filmó Arnold Schwarzenneger, que se llamó Hércules, y que es malísima. Ambas lo son. Tuve mucha oportunidad de comprobarlo, porque las vi como quinientas veces.
EL VOLCANCITO
Hubo una ocasión en que alguien trajo un rumor increíble. Al parecer estaba naciendo un volcán en San José, a un lado de la tortillería. Todo surgió porque una mañana de una grieta del piso empezó a salir mucho humo, y ya tenía mucho rato y no cesaban las emanaciones. Alguien le echó una cubetada de agua, y en vez de aplacarse, salió más humo, por la que la gente se estaba asustando mucho y hablaban de pedir a las autoridades que trajeran un vulcanólogo. Luego se supo que durante la noche alguien había echado por ahí el carbón de una carne asada, enterrándolo y luego tapando el pozo, pero el carbón había tardado en apagarse. El susto terminó en burlas.
Decían que era un barrio peligroso, pero a veces iba con mis amigos por ahí, sobre todo en Navidad, en que salíamos a cantar La Rama, y nos metíamos a los cerros y barrios, desde La Pedregosa hasta El Cañón. Alguna vez nos quemaron La Rama, pero al otro día volvimos a salir con una nueva, mejor adornada. Si usted vive o vivió en este barrio, seguramente se acordó de todo esto que le relato y de muchas cosas más.