Una de las tradiciones que teníamos los porteños, al menos en mi época, que son los setentas y ochentas, era la de ir constantemente a la playa. En ese tiempo no había fines de semana largos, como ahora, al menos que cayera de manera natural el día festivo en viernes o en lunes. Así que, si el día feriado caía en martes, miércoles o jueves, se daba el día como tal en las escuelas y trabajos.
PREPARANDO UN GRAN DÍA DESDE TEMPRANO
Cualquier día de la semana que fuera, ese día se dedicaba completamente a la playa; en familia, desde luego. Empezábamos a planearlo desde un día antes, y tempranito, por ahí de las nueve de la mañana -y algunos hasta antes de esa hora-, ya estábamos en el balneario de nuestra preferencia.
Eso sí, las señoras madrugaban a hacer comida; generalmente era el tradicionalísimo ceviche manzanillense, que se diferencia de otros, por ser su base de carne de pescado molida, cocida en mucho limón Colima y sal de grano, acompañada por jitomate, cebolla, zanahoria, algunas especias como cilantro u orégano (variando su uso en cada familia), y eso sí, sin faltar, de rigor, abundante chile verde.
Para acompañar, las familias llevaban enormes bolsas de tostadas, y sus botellas de salsas, picante y dulce de tomate. La primera, por si el chile verde que ya llevaba el preparado no era suficiente para enchilarlos, y la segunda, pues para bajarle lo picoso y darle sabor. Como complemento, no faltaban los refrescos de botella de vidrio, de 355 mililitros; ya que en aquellos entonces no existían los refresco en envases gigantes, como hay ahora.
CARAVANA FAMILIAR HASTA EL BALNEARIO
Cabe señalar que a la playa se iba con ceviche, pues en ese tiempo muy poco se conocía el salpicón o la ensalada de atún, y las comidas de carne de res o puerco, no eran usuales para la playa. Por su parte, la sardina nunca ha sido del gusto general de los porteños, pues su sabor es muy fuerte, aun mezclada con verduras; aunque a los turistas de ciudad, sí les gusta.
Esos paseos eran toda una fiesta, porque a la playa no solamente iban nuestros papás con sus hijos. Se invitaba a toda la familia extendida, y casi siempre todos aceptaban, y hasta a las mascotas se llevaban. Por lo que no podrían faltar los abuelitos, los muchos tíos y los abundantes primos, más alguno que otro colado, ya sea amigo del primo o hasta algún vecinito del barrio al que se invitaba.
Así que las idas a la playa eran verdaderas caravanas, donde era muy notorio que se iba a algún balneario, porque no faltaban en los techos de los carros las hieleras amarradas, alguna silla especial para el abuelito (a) que no se podía sentar en cualquier lado, la lanchita previamente inflada para no perder tiempo, etc. Las camionetas pickup generalmente iban repletas de familia.
TODO MANZANILLO DISFRUTANDO A LA PAR
Recuerdo muy bien que a los Flores, mi familia, nos encantaba ir a La Boquita, pero no del lado de la laguna, sino del mar. Llegandito, lo primero que hacíamos era bajar todo el tilichero de los vehículos, desde una casa de campaña que tenía mi papá, hasta las hieleras, platos y vasos desechables, servilletas, el trastesote del ceviche y su cucharón, las tostadas, que normalmente ya llegaban todas quebradas, las rejas de refrescos; claro que sin dejar los visores, las aletas, los esnorqueles, las pelotas, los discos voladores (freezbee) y hasta al perro se bajaba.
Otra de las curiosidades y hermosos recuerdos que tengo sobre este tema, era el de poder encontrar a casi todo Manzanillo en el balneario. A algunos, nuestros padres y tíos los saludaban, y a otros, a decir verdad, los tijereábamos o criticábamos, diciendo: “¿Ya viste a Doña Zutana? Mira, allá está. Y por allá está el licenciado Fulano. Mira, más allá está tal funcionario, y viene con toda su familia, ¿eh?”.
A pesar que Manzanillo es costa, era muy notorio cuando nuestras playas tenían gente foránea o gente porteña, pues los manzanillenses normalmente acudíamos a esos lugares en short y playera; solo los que gustaban de esnorquelear o bucear en lo profundo, acostumbraban el traje de baño. En cambio, cuándo llegaban personas de otros lugares, se notaba claramente, porque ellos sí utilizaban invariablemente el traje de baño, a veces completo, y generalmente el bikini, sobre todo esto último las personas jóvenes; por lo que rápidamente captaban la atención de muchos.
MUCHAS ACTIVIDADES POR HACER
Muchos se han de preguntar: ¿Qué hacían las personas en la playa durante tantas horas? Porque ese día se dedicaba casi por completo a permanecer ahí. Pues, ya una vez instalados, en el caso de mi familia, toda la primiza nos metíamos al agua.
Recuerdo que nuestra diversión era el ponernos donde reventaban las olas, y que estas nos revolcaran, no estando conscientes de los peligros a que estábamos expuestos; aunque por lo general siempre estábamos cerca de algún familiar que sí sabía nadar perfectamente bien. También jugábamos al garrole, pero dentro del mar. Vaya que el oleaje en la playa de La Boquita es muy alto y muy fuerte.
Así pasábamos largas horas. Ya cuando salíamos todos molidos o aporreados, como decimos en Manzanillo, era porque había que ir comer. Después de eso, nos echábamos una siestecita, ya que no se debe uno meter al mar inmediatamente después de comer. En ocasiones también aprovechábamos para jugar freezbee o jugábamos con el perro, y con eso ya se nos bajaba la comida, y evitábamos el peligro de un calambre al estar en el agua.
EL REGRESO A CASA
Los adultos, por su parte, muy poco se metían al agua, pues se la pasaban muy a gusto, a plática y plática o asando pescado, pues no faltaba quien llevaba su asador y pescados frescos para asarlos. Qué cosas de la vida: Comer en la playa era comer con arena; pues por mucho cuidado que uno tuviera, las manos siempre estaban llenas de ella. Sin embargo, a nadie nos hacía daño.
Regresar a casa después de toda una jornada playera era todo un calvario, pues, dado al cansancio experimentado para estas alturas, ya nadie quería cargar cosas, muchos ya estaban durmiéndose o dormidos, pero, bueno, se tenía que volver a cargar con todo el tilichero, pero ya sin el mismo entusiasmo que al principio.
Una de las costumbres que tenía mi papá después de ir a la playa, cuando aún era posible, porque todavía no caía la oscuridad, era la de llevarnos al aeropuerto, para que los niños viéramos despegar o aterrizar a algún avión. No necesitábamos entrar al aeropuerto, pues solamente con ponernos en la parte de fuera de la malla ciclónica perimetral, desde ahí observábamos el espectáculo. Muchas veces regresábamos desilusionados, porque en todo el tiempo que estábamos ahí no nos tocaba ver moverse a ningún avión, o llegábamos tarde, justo cuando alguna nave ya había aterrizado o despegado. Pero también fueron muchas las veces que sí disfrutamos del ver volar un ave metálica de estas. Claro, eran otras épocas.
MUCHAS PLAYAS PARA ELEGIR
Ya dije que la playa de nuestra preferencia familiar era La Boquita, sin embargo, Manzanillo cuenta con otras playas, y cada familia elegía la de su preferencia para asistir. Está la de San Pedrito, que era la más popular, porque antes casi todo mundo vivía en el antiguo casco urbano, El Colomo y Campos. También la de Las Brisas, que es conocida por sus olas revolcadoras. Estaba la de Salagua, donde más bien se iba al río, ya que la playa es peligrosa. El arroyo era muy bonito, pero ya hace mucho que casi despareció al bajar su caudal, pues se desvió para otros fines.
Luego seguía la de la Audiencia, que en mucho tiempo fue completamente libre, no solamente de personas que la quisieran privatizar, sino también de vendedores y sindicatos que se la apropian. Destacaba por tener mucha vegetación en sus contornos. La playa de Santiago la conocí como un balneario tranquilo. Muchas veces también fue la de nuestra elección para pasar un día festivo. Por último, la de Miramar.
Siempre se acudía al final a alguna palapa para recuperar fuerzas degustando una sabrosa agua de coco en su envase natural, que después se partía a la mitad, se le sacaba la carnita y se preparaba con su respectivo chile de polvo, sal y limón.
RECUPERAR LA SANA CONVIVENCIA FAMILIAR
Ya los más aventados iban a playas de la Costa Alegre, a Barra de Navidad o a otras del estado de Jalisco. Y aquí en Manzanillo no faltaba quien por aventurero fuera a visitar la playa de El Viejo o la de Playa de Oro, que eran muy solitarias, y los padres no permitían a sus hijos que fueran a estos lugares. En el segundo caso, así como en Ventanas, se trataba de mar abierto, es decir, muy peligrosas para la natación, porque el mar tiende a meter a las personas a mucha distancia de la costa en vez de sacarlas y el oleaje es muy fuerte y elevado.
Aunque también Manzanillo cuenta con abundantes ríos, en mi época se prefería ir a la playa. Para ir a ella era por una sola carretera, que a la fecha existe dentro del recinto portuario, entre la colonia 16 de septiembre y Fondeport; porque antes esta no le pertenecía al puerto. Solo había dos carriles, uno de ida y otro de regreso, además que no se contaba con semáforo alguno ni los conocíamos en Manzanillo, por lo que los accidentes eran muy constantes. Así que, las idas a la playa tenían que hacerse desde temprano para evitar los congestionamientos viales.
Hoy es muy raro que se vaya en familia a la playa, y menos común es que vaya toda la familia extendida, debido a los horarios tan pesados que hay en los trabajos. Además que los fines de semana largos, cuando hay, no a todos se los dan por parejo, pues ese lunes festivo lo dan en las escuelas, pero en ocasiones no lo dan en los trabajos. En estos, cuando dan el día, lo quieren dar el mero día o, ya de plano, ni lo dan, o el trabajador no lo agarra por ambición, ya que les dicen que, si lo trabajan, se los pagarán al doble.
Actualmente en Manzanillo solo se va a un balneario playero cuando curiosamente hay mucha gente, cuando hay más molestias, como es en jueves o viernes santo, el 25 de diciembre y el primero de enero.
En estos paseos las familias convivían mucho entre sí y es lo que a Manzanillo le hace falta recuperar: La sana convivencia familiar.
¡Ah, qué tiempos aquellos!