Muchos se preguntarán, ¿a qué espectáculos o diversiones asistíamos las familias porteñas allá por la época de mi adolescencia e infancia, aparte de la playa, pues en Manzanillo no hemos contado nunca con museos, ni galerías, ni planetarios, acuarios, zoológicos, etc.?
LOS CIRCOS CON ANIMALES
Pues, sí. Disfrutábamos mucho de los circos. Estos se instalaban por lo regular en la explanada de la Universidad de Colima, donde ahora está el Polideportivo de San Pedrito. Ahí casi siempre se ponían y ahí asistíamos los porteños. Anteriormente a este lugar, los circos se instalaban junto a los canales de la Unidad Padre Hidalgo, donde posteriormente se instaló temporalmente el Mercado Municipal “5 de mayo”, después del terremoto de 1995.
Como se pueden imaginar los circos se abarrotaban en todas sus funciones, porque no solamente iban los niños, sino todita la familia, hasta la extendida. Y, como siempre, no faltaban los pegostes, como eran los vecinos o amigos. Los circos que llegaban a Manzanillo traían animales, así que el espectáculo empezaba desde la mañana con los desfiles por las principales calles de la ciudad, causando mucha algarabía y expectación la cual acababa en la noche, asistiendo al circo.
Mientras los papás o algún miembro de la familia se formaba en la kilométrica fila para comprar los boletos, los demás miembros mirábamos el pequeño zoológico que los circos tenían por los costados, donde exhibían ejemplares que muchas veces ni salían a escena, sino que eran para exposición, solamente. Dependiendo el animal, hasta nos dejaban acariciarlo, como algún burrito o caballo amaestrado.
LA FOTO DEL RECUERDO
Cuando las funciones comenzaban era emocionante, pues ya sabíamos que los animales iban a ser el centro del espectáculo, junto a los trapecistas, que también la hacían de emoción. Cuando salían los elefantes, los perritos haciendo suertes, y, sobre todo, los tigres o leones, eso sí que era excitación total. El corazón de los espectadores ya para entonces estaba latiendo al cien, y más, cuando los grandes felinos rugían fuertemente.
Todo aquello era una delicia que se disfrutaba en familia. Qué cosa tan maravillosa, donde el hombre demostraba su dominio sobre las fieras, cumpliendo así el propósito de Dios, de que el hombre se enseñorearía sobre los animales de la creación. Muchos después se tomaban la foto con el elefante, que para este fin, era el más socorrido. A los niños, hasta los llegaban a subir al lomo del paquidermo.
Claro que, en eso de los animales, había variación entre circos. Recuerdo que algunos llegaron a traer camellos, llamas, cebras, jirafas, monos, caballos y uno que otro chango payaso. No faltó quien trajera osos amaestrados también.
CELEBRIDADES Y PAYASOS
A mi familia le gustaban mucho esos circos con animales, pero había quien iba a circos más especializados en las cuestiones de artistas famosos, como el Circo de Capulina, de la Chilindrina, Cepillín, Tinieblas y Alushe, el Profesor Jirafales, Quico, etc.
Estaban incluidos en el programa los clásicos payasos. A mí nunca me han gustado mucho, porque en vez de divertirme me hacían enojar, pues sentía que ellos eran los que se divertían humillando a la gente. Eso yo lo veía muy mal. Y sigo pensando igual hasta la fecha. Además que no todas sus bromas son aptas para menores, por vulgares y enseñar a ser irrespetuoso.
Algunos circos, aparte de traer espectáculos con artistas humanos como los trapecistas, malabaristas y equilibristas, traían el globo de la muerte, que ese sí paraban la respiración de muchos, pues eran dos tipos, cada uno en su motocicleta, dando vuelta al interior de un globo metálico, haciendo suertes a gran velocidad y cruzándose entre ellos. Incluso a veces andaban de cabeza por momentos. Levantaban grandes ovaciones, con el público puesto de pie.
No faltaban a la salida los souvenirs o recuerdos del circo, que muchos compraban, como gorras, llaveros, playeras, etc.

Los juegos de las ferias eran una gran atracción para todos.
LAS FERIAS Y SUS JUEGUITOS
Otra diversión a la que nos gustaba ir mucho era a las ferias, refiriéndome a los jueguitos, y es que las ferias de antes no eran como las de hoy, pues en este tiempo, abundan más los juegos para los niños que para los adultos, a excepción de la feria de las Fiestas de Mayo. Antaño, era pareja la cosa.
Eran más grandes y traían muchos, pero muchos más jueguitos mecánicos que las de ahora. Estas también se instalaban en los mismos lugares del circo; en la explanada de San Pedrito y junto a los canales de la Unidad Padre Hidalgo. Aunque no lo crean, los adultos porteños de antes no estaban tan amargados ni tan envueltos en sus trabajos y preocupaciones, pues casi todo Manzanillo asistía a las ferias, y se subía a los jueguitos. Inclusive había tantas amistades ahí rondando, que cuando a alguien le daba miedo subirse al Trabant, no faltaba quien dijera: “Yo me subo contigo”. Que, por cierto, el Trabant era uno de los juegos estrella al que todo mundo debía subirse para presumir que fue a una feria. No faltaban tampoco la clásica rueda de la fortuna, que generalmente eran muy grandes y a veces traían carrito para cuatro personas y otros modelos solo para dos; o sea, para parejitas.
Además los carros chocones, los remolinos, el Saturno 6, las sillas voladoras, la alfombra mágica y muchos más, que al momento de estar escribiendo se me olvidan; sin faltar los clásicos carruseles, donde muchos se subían al lado de sus hijos muy pequeñitos. También el trenecito. Ah, pero la casa del terror, la de la risa, el laberinto y la de los espejos, casi nunca faltaban; por lo menos una de estas tres, y a veces todas. En algunas también venía un aparatote que simulaba una nave espacial o cohete, que una vez que entrabas apagaban las luces y te pasaban al frente una película sobre el espacio, en pantalla gigante, de manera que simulaba que los que estaban dentro estaban viajando al espacio como astronautas; mientras tanto, el juego se movía para todos lados, se sacudía, giraba, se ladeaba. Para hacer más completo el efecto, había la voz de un narrador, que iba diciendo por qué partes del espacio o del sistema solar se estaba pasando y cuáles eran las estrellas o planetas que se veían en la pantalla.
Al final, todo acababa con una gran explosión, cuando supuestamente el cohete intentaba aterrizar en tierra. Entonces el aparato se sacudía horriblemente, y por las bocinas salía el fuerte estruendo de una gran explosión. Inmediatamente se prendían las luces, y el juego había terminado. Todos los que entraban salían mareados, pero un poco molestos, porque los efectos no eran muy buenos que digamos.
DULCES Y ANTOJITOS
Y, ¿qué decir de lo que había para comer? Ah, los sabrosos hotcakes de feria, deliciosos. Esos cakes eran tan deliciosos, que muchos en casa tratábamos de imitarlos, pero ni cuando les llegáramos ni al sabor ni a la textura de los que vendían entre los jueguitos. Por cierto, en Manzanillo a los hotcakes la gente les llamábamos quequis, porque a los niños se les facilitaba más la pronunciación.
También estaban los infaltables algodones de azúcar, que ahí mismo los hacían con su maquinitas. Estas bolotas de azúcar se consideraban muy románticas, y no faltaban las parejitas que compraban su algodón para estar comiendo del mismo los dos. Palomitas de maquinita, hotdogs, con muchos ingredientes. También se vendían los huaraches y los platanitos con leche condensada. En suma, pura comida de esa que le da terror a los nutriólogos de hoy, pero que a los porteños de antaño nos hacía feliz y, casualmente, fuimos una generación que no salimos enfermizos; digo, a diferencia de ahora.
Después que nos dábamos una mareadota en los jueguitos y de haber comido de esos sabrosos manjares antes mencionados, íbamos a los stands de juegos de destreza, ya sea a las canicas, donde siempre te sacabas aunque sea una alcancía o un monito de cerámica, que, por cierto, muchas señoras tenían en sus casas repisas, con sus debidas carpetitas tenidas por ellas, donde acomodaban todas las figuritas de feria, pues la mayoría sí estaban muy bonitas. Además, eran los trofeos de sus niños, ya sea hijos o nietos.
También estaba el tiro al blanco con un rifle de copitas y los dardos con los que se les tiraba a los globos para reventarlos y sacarse un premio, que generalmente eran monos de peluche, para regalárselos a la novia. Algunas ferias más sofisticadas traían un juego para encestar una canasta chiquita de baloncesto, o estaba el de las botellas, que les tirabas un pequeño aro. Aunque todos esos eran juegos de azar, no había mucha prohibición a los niños sobre jugarlos, porque casi en todos ellos siempre se nos daba un premio de consolación, e íbamos acompañados de nuestros padres, tíos o abuelos. Había unos cuantos que no te daban nada, pero la mayoría, algo otorgaban.
Estos eran los atractivos que los manzanillenses teníamos de cuando en cuando, y que disfrutábamos mucho.
Aunque ahora siguen viniendo circos, estos ya no son ni la sombra de lo que antes eran. Por cuestiones políticas se ha prohibido que traigan animales, y en cuanto a lo de las ferias creo que la generación de mi tiempo fuimos privilegiados, porque asistíamos a ellas en compañía de todita la familia, que por supuesto, incluía a nuestros papás.
Hoy tristemente a estos lugares se va con amigos, novios, compañeros de escuela, etc.: pero raramente se va con la familia.
¡Ah, qué tiempos aquellos!