La palmera de coco de aceite o de cayaco casi ha desaparecido de nuestro municipio. Es necesario impulsar un proyecto de reforestación de este cultivo, que otrora fue muy abundante en Manzanillo, así como en otros municipios de Colima, como Tecomán y Armería.
MUCHOS USOS POR APROVECHARSE
Incluso se aprovechó industrialmente por mucho tiempo, para aprovechar su esencia con diversos fines, más ahora, por lo menos en Manzanillo, casi no hay presencia de ejemplares de este tipo de palma.
Sus usos son muchos, como la saponificación; es decir, convertir su cuerpo graso en jabón. También sirve como base para la elaboración de margarinas y chocolatería y para la elaboración de harinas que sirven para alimentación del ganado. Es el segundo tipo de aceite en cuanto a volumen de producción, solamente por debajo del de soya, con el beneficio de no oxidarse al calentarlo y está compuesto de grasas buenas.
También se utiliza como lubricante industrial y en la fabricación de cosméticos, y es excelente para hidratar el pelo y la piel. De seguro, si se hicieran más estudios sobre sus propiedades, y con la inversión económica necesaria, se podrían encontrar muchas más aplicaciones a este cultivo.
Esta palma es más grande que el cocotero y la del cocoyul, que es de tipo espinosa, que también da aceite en menor cantidad. Ambas sirven de alimento, y, como se mencionó líneas atrás, son susceptibles de ser industrializadas para aprovechar su aceite.
Incluso, durante la segunda guerra mundial y conflictos bélicos posteriores, los estadounidenses utilizaron el aceite de esta palma para la fabricación de lanzallamas y el napalm, por lo que importaron este producto desde nuestro país, lo que elevó su precio, que luego decayó, tras la finalización de la guerra.

La palmera de coquito de aceite o cayaco ha sido parte del paisaje natural de nuestra región, desde antes de la llegada de los españoles, pues es natural de América, a diferencia de la cocotera.
PALMARES AFECTADOS POR EL CICLÓN DEL 59
Según recuerdan las personas de edad avanzada, esta palma era la reina de nuestro paisaje costero hasta antes del embate del ciclón tropical de 1959, pues tras éste, cambió drásticamente la vegetación, y la palmera aceitera nunca volvió a recuperarse. Los fuertes ventarrones, que destruyeron todo a su paso, también se llevaron con ellos los cultivos de esta especie de palmera aceitosa americana, que tiene una prima lejana en el continente africano.
Según los registros, había grandes plantaciones o cayaqueras en lo que hoy es Club Santiago, La Central, El Naranjo, San Buenaventura, La Floreña y Las Juntas, y muchas personas se mantenían de su cultivo. Hoy todo eso es historia, porque su presencia no es significativa. Es necesario que se retome un cultivo tan bondadoso, noble y provechoso, que con el uso de técnicas moderno en su cultivo e industrialización, puede dar todavía mejores dividendos de los que diera en el pasado.
TRAS LA TRAGEDIA, ABANDONADA
Después de este desastre natural, quedaron sólo algunas pocas alrededor y en la cima del cerro de El Toro, a setecientos ochenta y cuatro metros de altura en el palmar de Juluapan, cerca de La Central, y el cerro de La Vaca, elevación de trescientos noventa y ocho metros de altura. En tiempos pasados, crecían en todos los cerros de la región de manera natural, principalmente en las laderas montunas, incluyendo a las del centro de Manzanillo.
Actualmente no hay plantaciones donde se cultive la palma de aceite, y todas las que quedan crecen de manera natural. No ha habido interés por recuperar las grandes extensiones de antaño, porque la gente de nuestro campo ha preferido el pastoreo, y para ello ocupan sembrar grandes espacios de tierra con alimento para el ganado, y hasta se han talado palmeras de cayaco para sembrar hortalizas, porque se creé que estas dejan más ganancia; pero esto es relativo, ya que la palma del cayaco se siembra una vez y sigue produciendo por muchos años.
Cuando visitó esta parte de la costa colimense, el Puerto de Manzanillo, al afamado pintor alemán Johan Moritz Rugendas (1802-1858), las observó y llamaron tanto su atención por su profusión, gracia y belleza, que las plasmó en sus lienzos con hermosos colores y formas, obras que todavía hoy admiramos con asombro por la gran calidad de sus trabajos. Estuvo en nuestro país de 1831 a 1834; es decir, alrededor de tres años, y fue durante este período que hizo varias pinturas sobre nuestra región.
Por años persistieron en las calles de nuestra ciudad puestos donde se vendían coquitos de aceite para el consumo y disfrute de los porteños y visitantes en Manzanillo, aclarando que este producto no se come, sino que, una vez que se cubre con limón, sal y chile en polvo, se echa a la boca y se mastica y se chupa repetidamente, hasta que se le saca toda su esencia, sus jugos y sabores, y después de esto se desecha, ya que solamente quedan para entonces una especie de fibras, que no son comestibles, pues si se intentaran pasar, provocarían ahogamiento o sofocación.
En todo el mundo, estas son sinónimo de playa, de costa, de trópico, de laguna, y forman parte tradicional de nuestro paisaje en el litoral del Pacífico con vocación turístico.