Mateo 20, 1-16
Dios es diferente. Tiene unos planes y traza unos caminos que pocas veces coinciden con los nuestros. Pero Dios no quisiera ser diferente, no es que tenga esa manía. Precisamente en el intento de ser uno como nosotros se ha rebajado y, en Jesús ha aparecido como uno de tantos. Pero lo que no pude permitir, para igualarse a nosotros, es abandonar sus criterios y obrar según nuestro sentido de la justicia o, dejarse llevar como “un Vicente que va donde va la gente”. Desea que entendamos su espiritualidad; pero por nuestra ceguera y dureza de corazón no coinciden los caminos. Porque mantiene su honradez y sus criterios, resulta distinto, queriendo ser igual.
En efecto, los planes y los caminos de Dios son altos, es decir, son más dignos y humanizadores. Por eso, una vez más, una parábola evangélica nos puede resultar desconcertante: su mensaje desbarata nuestras ideas, rompe nuestros moldes, deja enana la justicia social y a todos nos deja la cara hecha un cuadro. ¿Es raro nuestro Dios? Lo llamativo es que en la parábola no hay ninguna injusticia… “Amigo, yo no te hago ninguna injusticia, ¿O vas a tener rencor porque yo sea bueno?” pregunta Dios.
Nos detenemos un momento a pensar, que Jesús cuenta esta parábola para instruir a sus discípulos a cerca de lo que caracteriza al Reino de Dios. Este Reino que ha comenzado ya en este mundo en la persona de Jesús, siempre será una alternativa. La justicia de Dios tiene otras tablas de medir, otros modos de evaluar, se rige por otra jerarquía de valores: no se paga según la eficacia, según el rendimiento, según los méritos acumulados, ni hay relación entre categorías y sueldos. Para Dios entran en juego otras consideraciones y otras necesidades. Su benignidad está por encima de toda justicia humana. En su proceder no entra la más mínima sombra de privilegio por nadie. Su misericordia es amplia para todas las personas.
Resumiendo; Dios oferta su reino en todas las etapas de la vida. Hay quienes se enteran a primera hora, quienes necesitan más invitaciones, quienes cogen la onda en la vida adulta, otros no se dan cuenta hasta la tercera edad… Esto supone una tristeza para ellos, porque solo han podido disfrutar del trabajo por el Reino un poco de tiempo. Para entender bien todo esto, seguramente necesitamos un cambio de mentalidad= conversión. Sólo así, como dice San Pablo, podremos “llevar una vida digna del Evangelio de Cristo”.