Mateo 21, 28-32
Es denso y sugerente el contenido de la segunda lectura. Además de recoger un himno con el que la comunidad cristiana de Filipos invocaba y glorificaba a Jesús; se aporta una rica motivación de valores comunitarios: “Nada hagan por espíritu de rivalidad ni presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del prójimo. Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”. En realidad, es un estupendo programa para cualquier comunidad cristiana, también para la nuestra.
Las otras dos lecturas nos aportan también una fuerte motivación a proceder siempre con elegancia y responsabilidad. ¿Quién no ha quebrantado alguna vez sus promesas y compromisos? ¿Quién no ha fallado nunca a la palabra dada? Los dos hijos de la parábola evangélica protagonizan una conducta que no se debe tener, aunque uno es más creíble que el otro. El segundo es un hipócrita, mientras que el primero protesta, es de reacciones primarias, pero después reflexiona y va a trabajar. En realidad, este cumple la voluntad del padre; no así el segundo. El ideal, sin embargo, es proceder con elegancia tanto en el fondo como en la forma.
Debemos obedecer a Dios de manera sincera. ¿Y qué es “obedecer a Dios”? Es, sobre todo, amar, servir y hacer felices a los que están a nuestro lado. No nos sorprendamos cuando Jesús nos dice: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas, sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”.
La vida de cada uno es la demostración de si construye el Reino de Dios y cumple su voluntad o, por el contrario, es un hipócrita porque asiste a cultos católicos, dice que reza, pero después no se nota que arrime el hombro en el trabajo de la viña común: el Reino de Dios. Las personas que parece que dicen sí, pero es no, tal vez lo hagan por superficialidad, por falta de discernimiento o por fallas en la formación cristiana, pero ello no elimina su parte de responsabilidad personal.
Jesús nos dice. “No todo el que me dice ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre”. Puede parecer que el arrepentimiento y la conversión son fruto del conocimiento de la ley que nos propone normas de comportamiento, pero en realidad, tiene la raíz en el corazón del hijo que reconoce en el padre, no a alguien que da órdenes, sino al Padre que quiere hacerle feliz. ¿En cuál de los dos hijos nos vemos reflejados?