Comentario homilético


Mateo 25, 14-30

El canto tomado del libro de la Sabiduría y dedicado a la mujer, contrasta con cantos de la vida moderna y posmoderna. Los valores que se resaltan en ella son los que en verdad embellecen y hacen dignas a las personas, sean mujeres u hombres. Tanto esta lectura primera como el Evangelio resaltan singularmente la laboriosidad, la habilidad, la responsabilidad con los dones recibidos; en definitiva, poner la vida al servicio de Dios y del prójimo.

La parábola del Evangelio apunta a dos actitudes: la de quienes hacen rendir sus cualidades y carismas al servicio del bien común, y la de quienes entierran y hacen estéril lo que el Señor les dio. Siempre me ha gustado el testamento que el fundador del movimiento Scout, Banden-Powell, dejó a sus seguidores: “Creo que Dios nos ha puesto en este mundo para ser felices y que gocemos de la vida. Pero la felicidad no provine de las riquezas, ni del tener éxito, ni dándose gusto a sí mismo. La manera de conseguir la felicidad es haciendo felices a los demás. Traten de dejar el mundo en mejores condiciones que tenía cuando entraste en él. De esta manera cuando llegue el momento de marchar, podrás hacerlo felices, porque por lo menos no perdiste el tiempo e hiciste todo el bien que fue posible”.

Verdaderamente, la vida es el mayor de los dones y el mayor de los riesgos. Es el talento inicial con capacidad para generar otros muchos talentos. Desarrollarla, hacerla fecunda es la gran misión y la primera responsabilidad de toda persona y mucho más de un bautizado. La propia vida nos pide laboriosidad mientras aguardamos el Día del Señor, como nos indica la segunda lectura. Por experiencia y por fe sabemos que la vida gana, crece, y se desarrolla con la entrega. Crece poniendo en juego sus oportunidades, se desarrolla cuando la invertimos en función de los demás. El que la guarda y la cobija tanto que no la hace rendir, la marchita de tal manera que termina arruinándola.

No hay razones de peso que justifiquen el descuido o el abandono de la responsabilidad para con el prójimo; ni siquiera en estos tiempos de aislamiento social, hay mil formas y modos de estar cerca de los otros. No hay excusa para el pecado de omisión, un pecado mucho más pernicioso de lo que parece. Tal vez no le demos importancia. Sin embargo, sus nefastas consecuencias y su gravedad saltan a la vista en el deterioro de muchas personas y en el enrarecimiento de la vida social. El Evangelio descalifica contundentemente la actitud encogida, cobarde y mezquina de quien no quiso poner en funcionamiento el talento recibido: No fue fiel, no administró solícitamente lo que recibió como un regalo. ¿Quién de nosotros no se ve más o menos reflejado en esta foto?

El plan y la gloria de Dios estriba en que pasemos por la vida dando fruto abundante y de manera permanente. La clave del acierto está en ser fiel a uno mismo, desechando toda cobardía y apocamiento. Por tanto, en la familia de los hijos de Dios -la Iglesia- no debe haber “nadie inválido”, es decir nadie debe decir: no sé, no valgo, no puedo. Es una insensatez enterrar las cualidades y talentos. Todos sabemos, valemos y, podemos hacer algo.

Y esto es también una llamada a los responsables de permitir en la “familia de la Iglesia” el desarrollo de nuevos y valiosos talentos que, lamentablemente, no siempre pueden desarrollarse libremente.

Ojalá nunca sintamos en el fondo de nuestra conciencia el reproche de la parábola, sino la felicitación por haber hecho o, haber permitido a otros, rendir los talentos: “Como has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor”.