Con miles de tropiezos porque mi hijo, era muy inquieto, se logró con muchos esfuerzos realizarlo como médico, no en que fuera torpe de aprendizaje, al revés muy listo pero en lo andariego era mayúsculo, empero, me sentí orgulloso de lo logrado y las penurias que vivimos en el desarrollo de su carrera quedaron atrás.
– Quiero ser médico, – me dijo un día– terminé mi bachillerato y deseo estar en la mejor escuela de medicina. Según él, en la Autónoma de Guadalajara.
–¡Es muy caro! – le comenté.
– Si pudiste pagar aquí en la ciudad lo del Tecnológico de Monterrey, que no puedas lo de la Autónoma.
– Veré mi cálculo económico y te daré respuesta mañana.
Se me hizo nudo en la garganta para responder en ese momento una decisión tan fuerte, como pagar esa colegiatura, me dije, si has podido con otros retos no puedes dudar de tu esfuerzo.
Al siguiente día le propuse:
–Si pasas el examen de admisión, haré un esfuerzo para que puedas estudiar.
Nunca le vi detrás de un libro, ni esforzándose para obtener el ingreso al pasar la prueba de admisión, llego el día señalado para asistir al examen, lo dejamos mi esposa y yo en la puerta del edificio de la escuela, –¿Lo recuerdas mujer? – pasó el día y hasta muy noche logramos contactarlo, se encontraba en un restaurante con otros estudiantes que también concursaron.
–¡Qué haces ahí? Estoy preocupado porque no sé qué pasó y como te fue.
– Ahhh, no te preocupes, estoy con un negrito de Atlanta, otros estudiantes de Monterrey, uno más de Mazatlán y un árabe, pero ya me voy a casa; el amigo árabe pagará todo lo que bebimos y comimos, está contento porque aunque no habla español muy bien, si habla inglés y francés, yo soy su traductor.
–¿Y qué sabes tú de inglés y francés?
–¡No mucho! pero él entiende y está feliz.
Cuando llegó a donde le rentaba un lugar para estar y vivir, se comunicó conmigo diciéndome que estará una semana esperando si aprobó o no y que ya me avisará.
Pasaron los días sin saber de él, una semana después llegó un escrito de la Universidad informando su aceptación e indicando ser uno de los mejores calificados.
Le busqué y en dos días lo logré, informándole el resultado de su examen y sin dar importancia me dijo:
–Jefe ahora a ti te toca pagar la colegiatura, espero me digas cuando vienes para llevarte al lugar donde se cubren las mensualidades.
Ahí en ese preciso momento empezaron mis penalidades, mi sufrimiento y lo peor, mis angustias para ser puntual en esa obligación de cubrir todo.
A los seis meses pensé en que la renta me oprimía, decidí con mis ahorros comprar un departamento en una muy buena zona, lo pensé de tal manera que me ahorraría buena cantidad de dinero, porque sería una sola emisión y me quedaría la propiedad, comprándola de inmediato.
Pasó un año y mi hija me dijo:
–Oye papá yo también quiero estar en esa Universidad, yo terminé mi bachillerato y quiero estudiar Puericultura.
–¡Quéee! ¿qué es eso?
– Mira es el estudio de los niños de preescolar, como maestra de kínder, pero más especializado.
– Ah, ¿y cuánto cuesta eso?
–¡No sé exactamente! pero si a tu hijo le ayudaste, no creo que te niegues a estar feliz viéndome estudiar eso que me gusta.
– Bueno claro, preguntaré cuánto cuesta.
– No te preocupes, yo investigo todo.
Y que se me vienen los pantalones para abajo, que haría con dos pagos tan fuertes, de nuevo retumbó en mi cabeza. ‘Tú puedes, cuando yo quise darte educación no pude pagar, pero tu si puedes’, de nuevo exigiendo la mujer de mis sueños.
Mi sufrir se fue al doble, era un burro en el trabajo para lograr no atrasarme en los pagos y así fue como envejecí muy rápido, pero muy contento.
Ese departamento abrigó a mi hija, hijo y mi esposa que tuvo que ir a atenderlos, quedándome sólo en mi ciudad, pensando en lo que debería de trabajar para cumplir, la verdad que era pesado y me sentía importante por tener unos hijos en aquella cara, pero excelente Universidad.
Ah, pero como todas las mamás son alcahuetas, tuve que comprar auto para que ella los trasportara, y después de cinco años vi mi primer logro.
– Papá, he terminado la carrera de médico, mi graduación es este fin de semana, espero asistas.
En compañía de un amigo y su esposa, con mi familia nos congregamos al festejo de la graduación siendo en un auditorio muy grande, subiendo hasta la última fila y butaca, sentándome cómodamente mi amigo me preguntó:
– ¿Por qué hasta aquí, de verdad estás loco, por qué acá?
– Para estar muy cerca del cielo y de Dios para darle las gracias, no me creerás, pero estoy a punto de desfallecer por la emoción.
– Natural es que te emociones.
– No comprendes, pido que ya no se le ocurra estudiar la especialidad, con eso creo que moriría.
Removí los leños, aticé la fogata, miré sus ojos y le comenté a mi esposa:
– Tú sabes lo que pasó por mi renegadera, recuerda que hablé fuerte y agaché mi cabeza en muestra de sumisión al Creador y…
-Si, sí, Dios escuchó tu protesta…
– ¡Y me castigo! –le atajé–, lo envió aún más lejos, a Ciudad Juárez a hacer la especialidad, y yo tenía que cumplir de nuevo otro encargo, aunque le reclamé, Él parecía estar de acuerdo con mi bella dama, cuando me indicaste: ‘no te arrugues, ya falta poco, solo son tres años más y a lo mejor recoges como premio otra graduación y otro título, que te hará sentirte orgulloso’.
Te acuerdas mujer cuando nos dijo que había participado para ser aceptado en la especialidad, pues de los diez mil concursantes de todo el país logró los cuarenta y cinco lugares y ni modo, también lo apoyamos, lo digo así porque, qué bueno no haya otra ocurrencia de nuevo, con todo y mi enfermedad del corazón por el estrés aquí estoy recordando contigo.
Soplé para revivir las llamas, ya no quería recordar, pero vi a mi esposa disfrutando de lo que realizamos, que se acomodó de nuevo abrazando mi brazo en posición de escuchar.
Hoy gracias a mis hijos que tengo que decir muchas cosas en su odisea de labrarse un porvenir, todo con la ayuda del Creador, estamos aquí con el ánimo de vivir y seguir sacando hojas del Baúl, de la mente como algo que se me vino al recuerdo, mira…