Marcos 1, 29-39
La cuestión que está latente en el Libro de Job es el sentido de la vida, una cuestión de tremenda actualidad que nos asalta por todas partes. El debate es tan fuerte que, nos podemos sentir como Job, en un laberinto sin salida. La vida es una esclavitud penosa, una pasión inútil, un trabajo duro que hay que hay soportar y así no merece la pena vivir.
Si la realidad fuera tan cruda, si no hubiera otras perspectivas, hoy pensaríamos como Job. Pero, gracias a Dios, no es así. La vida tiene un gran sentido si se pone al servicio de un gran y bello ideal. Cuando una persona vive con un ideal no solo le brillan los ojos y le canta el alma, sino que le falta tiempo para desarrollar tantas iniciativas como le surgen dese el interior.
No obstante, hay que reconocer que no es fácil mantener la ilusión, el entusiasmo a lo largo de la vida, seguir un ideal y mantenerlo toda una vida requiere un talante muy especial, creo que humanamente es imposible. Pero nosotros contamos con la ayuda y la compañía de Jesús y su mensaje para hacer camino con su ayuda y su talante de líder respetuoso y a la vez exigente.
Seguramente lo hemos experimentado todos alguna vez: Cuando el Evangelio se convierte en el motor de la vida, es que ha entrado tan dentro de nosotros que no nos queda más remedio que anunciar, pregonar aquello que nos llena de vida y de esperanza. Y de una manera voluntaria y gratuita. Así de intenso es el testimonio personal que nos comenta san Pablo. El deber que siente como creyente, después de haber sido alcanzado por Jesús, es evangelizar. Es una necesidad, una responsabilidad, una urgencia irrenunciable: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio”! Este debe de ser el compromiso de todo apóstol: tú, yo, nosotros…
El pasaje evangélico que hemos proclamado resalta cómo la gente, necesitada de salud y salvación, busaca a Jesús y cómo Él sabe compaginar compromiso y oración. Ambas cosas son importantes, pero hay que saberlas armonizar con equilibrio. Para Jesús la oración es una constate en su vida y el motor de su actividad. Nos hace tomar conciencia de que el activismo no nos debe dominar. Por eso en muchas ocasiones debemos hacer como Él, retirarnos en silencio orante, aunque sepamos que muchos nos buscan, nos necesitan. Todo a su tiempo. La evangelización y todo lo que de ello se deriva, pierde mística y gancho si no se nutre y se sustenta en la oración.
Gran ejemplo el que nos deja Jesús: por un lado, la sensibilidad y cercanía con los que sufren; por otro, profunda condición creyente y orante. Si alguien dice que no tiene tiempo de rezar, porque tiene mucho que hacer, no ha entendido a Jesús. Sinceramente la actividad, por noble que sea, nunca puede justificar la falta de oración.