Comentario homilético


Juan 2, 13-25

La espiritualidad de los mandamientos ha tenido un gran peso en la vida y en la moral cristianas. Era el clásico punto de referencia para calibrar la moralidad, un recurso de fácil utilización para que los creyentes hicieran con frecuencia el examen de conciencia. Pero hay que decir que el mensaje de los mandamientos corresponde al Antiguo Testamento. Jesús ha venido a dar plenitud a todo lo antiguo. Por recordar una escena muy significativa de lo que quiero decir, nos fijamos en el dialogo con el joven rico; a él le pide algo más que cumplir los mandamientos. Y un resumen condensado de lo NUEVO que propone Jesús son las Bienaventuranzas. Nosotros, que vivimos el tiempo de la Iglesia, tenemos en Jesús la revelación última de lo que Dios quiere de nosotros. Él mismo es el modelo nuevo y definitivo de comportamiento.

Con qué sencillez y claridad teológica presenta San Pablo esta verdad fundamental y dinámica: Cristo crucificado es la gran señal de los cristianos y cristianas, el gran símbolo, patrimonio de toda la humanidad y de todos los tiempos, que la Iglesia pude presentar con sano orgullo porque en Él reside la mejor sabiduría y la fuerza más eficaz. Pude que también hoy resulte una locura para unos y una necedad para muchos. Sin embrago para los impactados por la fe, este Cristo sigue siendo lo más puro y noble que ha acontecido en la historia.

Uno de los grandes empeños que tuvo Jesús fue abrir los ojos al pueblo, para que la gente viviera con libertad y dignidad. No toleraba que se engañara al pueblo y que se manipulara la religión. Por eso se enciende cuando ve que se comercializa con la fe y el culto. El templo solo debe ser lugar de oración y de fraternidad, de religiosidad crítica y de alianza. Este pasaje evangélico tiene, sobre todo, un significado profético: por una parte, muestra el desacuerdo de Jesús con el negocio que llevan a cabo los jefes religiosos de su tiempo y, por otra, anuncia que toda persona es templo vivo de Dios.

El nuevo culto que propone Jesús es la oblación de uno mismo en servicio y solidaridad fraterna. Él es el nuevo y definitivo templo. Cada creyente es templo si acoge el querer de Dios. En cambio, en nuestro mundo el ídolo del dinero todo lo convierte en mercado y prácticamente lo corrompe todo y a todos, desde reyes a sindicalistas… Y en sus altares se inmolan: desempleados, marginados, excluidos, ancianos, enfermos… y una vez más, la dignidad del “templo” queda destruida por el negocio. También hoy hay que revisar ciertas formas de religiosidad. Lo que vale cristianamente es el culto de la vida: la entrega de uno mismo al estilo de Cristo crucificado, sabiduría y fuerza de Dios; solamente después de hacer esto, podremos celebrarlo en una liturgia plenamente cristiana