Domingo IV de Cuaresma
Juan 3, 14-21
La Palabra nos invita hoy y siempre, a reflexionar sobre la vida humana como viaje de regreso a la casa del Padre, pero un viaje que nunca debemos, ni podemos hacer en solitario, sino como pueblo, como comunidad y, hoy más que nunca, como humanidad, afectada por los mismos dolores e incertidumbres, interrogantes y desafíos. La Iglesia y, cada cristiano y cristiana, debemos sentir la necesidad de acompañar, de dar respuesta, con la luz del Evangelio, a las preguntas de quienes andan perdidos en la niebla de la duda o el desencanto.
El mensaje de hoy es altamente entusiasmante. Nos dice a gritos una vedad, que es también un desafío para nuestro comportamiento como creyentes: Dios es rico en misericordia ama inmensamente al mundo, ama locamente a las personas. Es un amor tan entrañable que se transforma en una obsesión: ¡SALVARNOS! He aquí un resumen impresionante de todo el Evangelio.
Lo que hemos escuchado en el Evangelio, y lo que San Pablo dice a los cristianos de Éfeso, deja muy clara la calidad de Dios y de su proceder con la humanidad. Él, rico en misericordia, no pude ser más que salvador. Los creyentes sabemos por propia experiencia que Dios es Abba=Papá-. Por eso envió a su Hijo sólo para salvar y no para condenar. A Dios sólo le define la misericordia, el amor y la salvación. Si alguien tiene otra vivencia o sensación contraria a éstas, está equivocado. Dios es sólo amor y su proyecto es salvar, nunca condenar. Ante nuestro pecado, su reacción es ser misericordioso y salvador.
Esta calidad tan impresionante de Dios se concreta en la redención, que es un don gratuito. No se debe a nuestros méritos. Es una iniciativa suya y una oferta desinteresada. Lo que San Pablo dice a los efesios, nos lo dice hoy a nosotros cristianos y cristianas del siglo XXI: Estamos salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a nosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir.
Ahora bien, la redención no se efectúa en la persona si no existe colaboración, si no se da un acercamiento libre y consentido a la luz. Es esto lo que quiere decir San Agustín cuando nos dice: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. La salvación es un don, pero también una responsabilidad propia y una tarea diaria.
El pasaje evangélico hace una radiografía perfecta de las personas: O se vive de cara a la luz o se prefieren descaradamente las tinieblas. Las primeras quieren la verdad y, por tanto, no tienen nada que ocultar; las segundas eligen el error, no quieren ver, y ese proceder absurdo los lleva a la oscuridad- ausencia de Dios- pero es siempre una opción personal, nunca el deseo de Dios. Por tanto, se impone el discernimiento. Ante la oferta generosa de Dios, el ser humano ha de definirse: creer o no creer, optar por la verdad o por la mentira, por la luz o por las tinieblas. El plan de Dios es que “nos dediquemos a las buenas obras”, es decir, que actuemos con verdad, como muestra de la fe que decimos tener. Nosotros somos hijos de la luz, vivamos como en pleno día.