“Un reino dividido en sí mismo, va a la ruina”


“Un reino dividido en sí mismo, va a la ruina”

Mc 2,20-35

Una de las eternas preguntas del ser humano sobre este mundo es: ¿de dónde procede el mal?, ¿cuál es su origen? En ayuda de nuestra fragilidad, Dios viene en nuestro auxilio y nos permite comprender que la fuerza del mal tiene un origen, no en su voluntad, porque Dios no quiere el mal, ni en la materia, porque ella responde a otro impulso. En la literatura del Antiguo Testamento, específicamente en el Génesis, se nos presenta el origen del mal en la figura del demonio; éste seduce a Adán y Eva para desobedecer el mandato de Dios, “Contestó la mujer: «La serpiente me sedujo, y comí” (Gen 3,13).

Evidentemente los estragos del mal, desde el origen, causan en el hombre división, sufrimiento, dolor y muerte. Es la seducción del pecado la que incita a fallar y voltearse contra Dios y contra los demás. Existe una frase: “divide y vencerás”, que entendemos y referimos como la lógica del Mal. Causar división nunca será un camino a seguir, ni el mejor método para poder crecer; así como también las alianzas con el mal, nunca serán buenas.

Los Escribas, hombres cultos y conocedores de la ley de Dios, molestos de ver a Jesús hacer el bien, afirmaban que Jesús expulsa el mal con el poder del mal; Jesús responde: “Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir” (Mc 3,24-25). Esto es evidente porque el mal no podrá jamás extirpar el mismo mal.

Solo con la llegada del más fuerte, Cristo, podemos tener al seguro nuestra vida, nuestros bienes espirituales y podemos conservar de la mejor manera los bienes que, a manos llenas, Dios nos ofrece. La invitación de este domingo es a aceptar en a Jesús como el enviado de Dios para nuestra liberación, para poder vivir de verdad la comunión, la unidad y todas las acciones que suman sobre este mundo. De hecho, quién está del lado de Dios, de Jesús y del bien, estará de lado del más débil, para ayudarle, para acompañarlo y para que pueda tener vida.

Que el reconocimiento de la acción de Dios entre nosotros nos haga capaces de favorecer siempre la unidad y trabajar por bien, porque como decía san Pablo: “nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso” (2Cor 4,17). Sintamos una verdadera alegría, porque estamos del lado del más Fuerte, del lado de Cristo.