Segunda parte y última.
Sus brazos estaban amoratados y parecía que había muerto. No se movía, ni se observaba su respiración. De momento me sentí muy mal. Intenté tocarla, pero ese impulso no sé por qué no lo pude hacer. Pensé: “Está lastimada”. Y no creí oportuno sacarla de su descanso. Ese momento era crítico para ella.
La enfermera del pabellón me dijo:
—¡Háblele, necesita saber que hay alguien con ella! ¡Acérquese y dígale su nombre! Tómela de la mano y diga que está aquí. Le hará bien.
Con temor y voz queda le dije, casi con el corazón en la mano:
—Sara, soy quien te quiere más en la vida. Escúchame. Estoy contigo. No temas, te recuperarás pronto.
Su cara la volteó hacia donde mi voz escuchó. Con debilidad balbuceó algo, que interpreté difícilmente:
—Me duele todo mi cuerpo. No te puedo ver. El médico me dice que repose, que le harán estudios a mis ojos. Mi locura me llevó a este accidente. Sabía plenamente de que sería un riesgo el ir con los chicos. Sus ímpetus y falta de experiencia, propició la volcadura. Por favor, háblales a mis padres. Tú sabes cómo hacerlo. No los mortifiques con la noticia. Sólo diles que los necesito, que estoy bien. Solamente me gustaría que estuvieran conmigo.
De una manera que me fue difícil, hice lo que me indicó. Ese mismo día, por la noche, ya estaban juntos. Los padres no me conocían, ni sabían del amor que le profesaba, mas no me vieron mal. Antes, parece que les simpaticé. Me confiaron que ella, sin el permiso correspondiente, se había alejado de casa, con la intención de estudiar fuera de su pueblo. Después de varios meses se enteraron dónde estaba y lo que hacía. La comunicación era muy ríspida en esos meses, pero que ellos estaban allí para brindarle todo su apoyo.
Eran pobres. Al parecer, Sara se avergonzaba de ellos, por lo que pude captar de los comentarios que me hicieron. Pero la amaban y estaban dándole, en ese momento, su amor.
Pasaron varias semanas y los estudios arrojaron que no vería más. El golpe la había invalidado. Fue fatal la noticia. Me destrozaba el alma su sufrimiento. Renegaba cuando yo le hablaba:
—¡Tú qué sabes lo que me pasa, retírate! ¡No me hagas más sufrir con tus comentarios de que estarás a mi lado! ¡No ocupo a nadie, vete, vete!
Fui necio. Seguí visitándola en su casa, localizada en un pueblo que distaba muchos kilómetros de donde estudiaba. Pero los fines de semana me la pasaba cerca de ella. A veces, la llevaba al campo, a un lago y le contaba todo lo que veía. En muchas ocasiones le contaba cosas que a mi imaginación venían. Eran para tenerla contenta. Se calmó y se resignó a esa forma de vida. Mi alma insistía en amarla más cada día. Era para mí, toda la semana, una espera angustiosa, para tenerla cerca.
Siempre me preguntaba que si sus ojos eran iguales. Que aunque no viera, qué les parecían a los demás.
—Hermosos —le hice saber–. Siempre los tendrás hermosos.
Cuando íbamos a un lugar concurrido, tomada de mi brazo caminaba con aquel garbo que muchas quisieran. Disimulaba muy bien su imposibilidad de ver. Mi comentario era que, pasara lo que pasara, estaría acompañándola y queriéndola cada día más. Le calaba muy hondo “el qué dirán”. La mayoría de las veces procuraba estar en lugares apartados. Le describía todo lo que en su entorno sucedía. Le hablaba de todo y hasta en las tertulias, donde no nos conocían, bailábamos. El gozo era mayúsculo para mí, y tenerle contenta, para generar su felicidad, era, asimismo, mi alegría.
En una ocasión, en la universidad, se llevó a cabo una conferencia de medicina. Asistimos a los que nos interesó el programa. Era referente a los avances de trasplantes, en cuanto a los adelantos de la donación de ojos.
Al saber de ese tema, que a mí particularmente me interesó, lo consulté y busqué al especialista, para que me diera una cita. Después de convencer a Sara, de que estudiarían su caso, asistimos y nació la esperanza de encontrar un donador. Se logró tener pronto un donante, sólo que de ojos café. Situación de la cual renegó Sara, pero al fin tenía una firme esperanza de que volviera a ver.
La operación se llevó a cabo en esa Clínica de Especialidades. Vendí todo lo que mis padres me dejaron de herencia. Ella necesitaba ver nuevamente, y así lograría su mayor deseo.
Yo estaba feliz. “¿Creerás amiga, que para mí era un triunfo? Más, cuando me dijo que quería verme primero que nadie, cuando le retiraran las vendas… ¡Me sentí en el cielo!”. Así me dijo Don Miguel, emocionado completamente, quien agregó:
—¡Ah, me postré frente a ella! Su cara reflejaba una inmensa alegría. El médico quitó las grapas del vendaje, poco a poco. Indicó que, de primero, la luz sería molesta, mientras que sus ojos se adaptaban a la luminosidad. Así fue. Los abrió y dijo:
—¡No te veo!
—Calma, calma –expresó el médico–. Es un proceso de readaptación.
Al poco tiempo, ella con entusiasmo gritó:
—¡Veo, ya veo! Empiezo a ver la claridad. Distingo borroso el entorno. Cerraré los ojos para que se acostumbren.
Y al fin me miró fijamente, descubriendo que yo no tenía ojos:
—¡Estás ciego! ¡Eso no! ¿Qué te pasó? No puedo amar a alguien que no vea. Sería la burla de los demás. Una carga insoportable. ¡Vete, vete, vete!
Ella gritaba encolerizada. Me levanté desconcertado. Tumbé, en mi torpe huida, varias sillas. Hasta que el médico me tomó del brazo y me guio a la puerta. Tomé mi bastón y hui. En el umbral de la sala, le expresé:
—A nadie en la vida he querido más que a ti. Es un sacrilegio anteponerte a Dios. Solamente te pido, de favor: cuida mis ojos, que ellos te darán de vuelta la felicidad. Cuídalos.
El médico, sabiendo que yo era el donador, y la complicada historia de cómo sacrifiqué mi vista, para darle felicidad a ella, me insistió, días antes de dar mis ojos:
—¿Estás seguro de lo que haces?
—¡Sí, completamente! —contesté, lleno de amor.
Sin titubear, ordenó que me acompañaran a la salida del edificio. Sentía su aflicción.
—¡Qué gran injusticia! —comentó desilusionado—. Esa mujer no te merece, pero sólo tú sabes el por qué le diste tus ojos. Eres admirable, ve con Dios.
Me alejé sin rumbo. No tenía a dónde ir. Me impactó tanto su actitud, que lloré, sin lágrimas, porque no podía verterlas. Ya no tenía. Las había regalado. Me limité a estar sentado en el jardín, cerca de la universidad. Los amigos me ayudaron a encontrar mi casa, o donde vivía. Me hice muchas preguntas acerca de su actitud. En un momento en que estaba hablándome, sentí una mano en mi hombro. Una voz llena de esperanza bajó a mis oídos:
—Ven, yo te ayudaré. Te prometo que no pasarás hambre, ni frío, y pagaré tu renta. Ven, acompáñame.
Era el médico, que me brindó apoyo hasta que murió.
Después de unos años, no me pudieron dar alojamiento. Me fui al jardín donde asistía con frecuencia. Un día aparecí en este hospital. Dicen que estaba a punto de morir. Un infarto me dio. Nunca supe cómo me atendieron y por quién. Me culpé de tantos problemas que provoqué y las molestias ocasionadas para que me dieran de comer y para alojarme aquí.
—Ya ves mi Lupita —recordó con su voz adolorida y el alma envuelta en llanto—, no sé por qué Dios no me ha llamado. Le he propuesto que se haga su voluntad. Que sea pronto mi encuentro… ¿Cómo ves? Aquí estoy esperándolo. Si se enfadan los que me conocen en la clínica… y me corren… ¿Qué voy a hacer?
Así fue como llegó Miguel a esta clínica. Me dijo. Todos lo queríamos. Los gastos de su estancia, la pagábamos entre todos los empleados. Nunca lo supo. De nuestras quincenas nos quitaban, simbólicamente, una cuota mínima.
…Ya ve usted, mi amigo Pepe, esta es la historia de un hombre que llegó a esta clínica y se ganó, con su amor, bondad y sacrificio, el aprecio de todos nosotros. En este tiempo, en que usted lo trató, observó que era enigmático y brillante. Con lo poco que se comunicaba, con su sencillez en lo que transmitía, se ganaba toda la confianza…
¡Ah, mire Pepe! –agregó ella, cambiando el tema–, aquí me dejó su médico las indicaciones que deberá de llevar… por lo de su corazón. Indicó que debe descansar y no hacer actos donde deba esforzarse. En unos seis meses, aquí lo esperamos nuevamente. En esa fecha se verá su evolución. Cuídese mucho. Está dado, parcialmente, de alta.
Mientras recogía mis cosas personales, la enfermera se retiró, perdiéndose en las profundidades de los pasillos blancos y lustrosos. Cuando salí de la clínica, rumbo a mi casa, iba caminando por las calles con lentitud, impresionado todavía por aquella historia que me habían contado. Creía ver, o pensaba que veía, en los rostros de todas las mujeres hermosas que se cruzaban por mi camino, los ojos verdes que el joven Miguel había regalado.
Tonto de mí –pensé melancólico–. Eso no podría ser, pues los hechos pasaron hace tanto tiempo, tanto, como la costilla que Adán le regaló a Eva, por intervención divina, para que las mujeres pudieran existir entre nosotros, para ser más fuertes como pareja. Para resistir los embates duros que nos presenta