Aforo completo de ausencias: el arte de presentar libros que nadie lee


Vivimos un ecosistema de cultura ficticia, donde importa no el texto sino la atmósfera de las redes sociales. Si el cartel circula con likes y etiquetas, se afirma que el libro fue un éxito

Tentempié
En busca del tiempo cultural perdido
Colima tuvo un tiempo boyante de ánimo cultural creativo, pionero. Hace 45 años todo fue exploratorio, y esa búsqueda, apoyada por tiempos políticos universitarios y gubernamentales sucesivos.
Tal atmósfera no existe más por un deterioro progresivo, que experimentó escarceos válidos en varias disciplinas sensibles. La traducción, también con aliento propagandístico: boletines de prensa laudatorios, revistas próximas a las gacetillas y muchos pasquines impresos. Pero uno podía leer suplementos, páginas culturales en los diarios tradicionales.
En los desgastes sensibles, auspiciados, quedó la simiente actual, desafinada, errabunda y, lo peor, desperdiciada en coyuntura inédita. Lamentable. Más, porque la comunidad artística confió en esa posibilidad de cambio político, hoy deudora por su desprestigio cotidiano.
Las últimas líneas de El conde de Montecristo apuntan a dos verbos esenciales: confiar y esperar, en sus conjugaciones sabias para tiempos mejores, pero la nueva estructura degradó a la subsecretaría del ramo y colocó a personas cuyo desempeño mediano está en la apreciación pública.
La gobernadora Indira Vizcaíno traicionó la confianza de la comunidad artística con un discurso reverso de la innovación y olvido de los avances, para los cuales una inteligencia básica hubiera tenido un reconocimiento básico, pero sus funcionarios embanderaron un discurso obsoleto para echar todas las culpas al pasado (algunas merecidas, sin duda), pero el tiempo pasó y esa perorata se ancló en incapacidades manifiestas por el destrozo, descuido de la infraestructura, ausencia de gestión de recursos para recuperar los espacios urgidos de mantenimiento.
Buena parte de los edificios otrora sitios de convivencia anidan, además de la perspectiva cultural en boga, una cantidad de basura casi imposible de reciclar, estercoleros.
Estas ideas papalotearon cuando leí sobre la presentación de un libro. Aun sin ocurrir, abundan en redes sociales panegíricos sobre un contenido no leído, calificado como esencial para la historia inmediata de un municipio. Esas opiniones radiografían, por desgracia, contenidos laterales, aparentes, de una atmósfera
La presentación de un libro, en Colima u otro microcosmos donde la vida cultural es una misa sin fe, abandonó el ritual literario para convertirse en liturgia simulatoria.
En estos eventos lo único anticipado, garantizado, es el bostezo. Se anuncia en redes: “No te lo pierdas”, dice el flyer con fondo sepia y tipografía pretenciosa. Pero todos sabemos que sí nos lo perderemos. Por salud mental, por respeto al tiempo (más en tiempos lluviosos, justificantes para inasistir) o dignidad lectora.
Los asistentes —los mismos de siempre— tenemos memoria de los discursos: – “Este libro es fundamental…” (aunque nadie lo ha leído). – “Una voz necesaria en estos tiempos…” (¿cuáles tiempos?). – “Una prosa luminosa…” (¿alguien leyó más allá del título?).
El autor de marras sonríe con modestia ensayada. Sabe que la mayoría, con frecuencia, empieza a saborear el agua fresca, el vino tinto, el café, cuando no existe la austeridad republicana. Pero nadie dirá que el libro está mal escrito o reseñará con rigor. Todo, celebración hiperbólica.
Elias Canetti, que sí sabía de multitudes, advirtió: “En las presentaciones de libros, la única verdad es la ausencia del libro como lectura.” O como dijo Julio Ramón Ribeyro en uno de sus diarios: “Publicar un libro y esperar elogios en una presentación es como lanzar una botella al mar y querer que te devuelvan champaña.”
En Colima, este fenómeno se vuelve tragicómico. Vamos los mismos: los del circuito literario parroquial. Uno lee con voz engolada, otro aplaude con entusiasmo mecánico y alguien tuitea “gran noche literaria”. Casi nadie lo compró. Pocos preguntaron. Pero qué bien salen las selfies para el graderío digital…
Vivimos un ecosistema de cultura ficticia, donde importa no el texto sino la atmósfera de las redes sociales. Si el cartel circula con likes y etiquetas, se afirma que el libro fue un éxito. La lógica, simple: si nadie lo critica, debe ser bueno; si nadie lo compra, la culpa es del “poco interés lector”. Jamás por el tedio narrativo, errores morfosintáticos, diseño editorial deficiente o escrito con las bondades de la inteligencia artificial, la cual según Juan José Millás registra, al menos, las frases simples con sujeto, verbo y complemento.
En las presentaciones ocurren siempre connivencias explícitas: en realidad, se trata de un trueque disfrazado. Se elogia un libro sin leerlo y así gira la rueda. Especie de club autocelebratorio, literario, con membresía vitalicia y sin lectores.
Cioran lo resumió: “La literatura es aquello que se escribe para no ser leído. O peor aún, para ser presentado.”
El problema no es la presentación del libro, sino que ésta sustituya a la lectura. Presentamos libros como quien lanza fuegos artificiales biodegradables: mucha luz por segundos, ningún impacto duradero. Y mientras sigamos haciéndolo igual, continuaremos cultivando lo que Pasolini llamaba “el simulacro de la cultura”: aquel donde todos actúan como cultos, pero nadie lee un carajo.
Es hora de cambiar el protocolo. En lugar de la presentación, organicemos una no-presentación: – Nadie asiste, habla ni miente. Y el libro, por fin, podrá descansar en paz… o mejor aún: ser leído.