Debió haber sido allá por los años 1964-1965, hace aproximadamente 6 décadas que, en un día de tantos, los directivos y un grupo de maestros de la Escuela Secundaria Federal de aquellos tiempos organizaron para todos los estudiantes un viaje a la playa. Recuerdo bien que la algarabía de los compañeros estaba en su apogeo, cuando de pronto uno de nuestros condiscípulos le preguntó a un profesor que tenía dos hijas muy bonitas: ‘¡maestro, nomás faltaron sus hijas!, ¿por qué no las dejó venir?’, entonces la respuesta del mentor fue contundente: ‘¡Cómo voy a permitir que me anden chacaleando a mis hijas’! La palabra ‘chacalear’ tiene múltiples sentidos, por ejemplo en Centro América, en Costa Rica se entiende como intentar algo sensual con una mujer, teniendo como sinónimos ‘lagartear’ y ‘acortejar’; por el contrario, en nuestro país ‘chacalear’ se emplea para referirse a una persona negativa, deshonesta, abusiva y del bajo mundo, con sus sinónimos de ‘agandallar’, ‘robar’ y ‘grullar’. De hecho el Diccionario de la Lengua Española nos remite a la palabra ‘chacualear’ como sinónimo de ‘chapotear’ y ‘chapalear’ con el significado de hacer ruido; no obstante, en su función pragmática aquí la empleo como el arte de atrapar chacales, es decir, referido a los crustáceos decadópodos que pertenecen a la familia ‘cambaridae’, y que en nuestra cultura su nombre parece provenir del náhualt ‘chacalli’, también conocidos como langostinos o camarones de río.
El pasado sábado 19 de julio, después de degustar un café y unos sopitos en la fonda de doña Rosa, procedí como de costumbre a caminar hacia el Río Grande, al filo de las 10:30 horas deambulando por sus márgenes me encontré con un grupo de 4 jóvenes que animosamente saboreaban unos chacales recién cocidos, los saludé y me uní a su convivio invitándome a compartir tan exquisito manjar y entablando interesante conversación acerca de las técnicas para construir los acachales y las destrezas para capturar a tan codiciados langostinos. Nos comentó Enrique González Díaz, originario de La Caja, y de oficio campesino que: “vengo a la pesca casi todos los días, depende como esté el río, porque a veces está muy bajito, entonces hay que tarrayarle, pero no sale mucho, como ahorita que está crecido está bueno, a veces en las orillas sale pescado, pero más que nada chacal”. Por la hora en que me los encontré le pregunté cuál era el tiempo propicio para atraparlos, Enrique contestó: “en la nochecita, porque salen a comer los chacales, salen más de las cuevas y hay manera de agarrar más. O si no, en la mañanita”.
Al pie de los 4 jóvenes se encontraba un acachal y aproveché para preguntarles cómo los elaboraban, entonces intervino Ricardo Herrera Cárdenas quien nos dio una explicación muy detallada: “primero hay que ir a traer el otate de las barrancas de El Remudadero, o de las barrancas de aquí de La Caja, en lo más alto se da el otate, hay que cortarlo, hay que limpiarlo, prepararlo, cortar un aro de granjel, y ahí se pega el otate. El granjel es un vejuco muy espinudo pero muy resistente, entonces hacemos la figura de un volante y se pega al otate con alambre galvanizado delgado y con vejuco corralero, de los que hacían antes canastas y todo eso, entonces se empieza a labrar el otate y se pega al vejuco, se empieza de la parte de abajo hacia el volante, se empieza a tejer: uno tras uno, uno tras uno, hasta darle esta forma de espiral; entonces, ya de ahí se ponen las colas, las sogas, que son las colgaderas”. Respecto a la forma de espiral que adquieren los acachales, el experto, sujetando el artesanal instrumento continuó con su cátedra: “porque si no el chacal se viene, si queda muy liso, derecho, el chacal se viene, se viene y se sale, y en forma de espiral no tiene manera de irse. Si usted lo mira desde aquí el acachal caracolea, y esa forma de caracol hace que el chacal no se salga”.
En una ocasión que acompañado de don Consta y don Agapo recorríamos aquellos parajes, miré una varilla clavada en una piedra, y don Agapo me dijo que era para colgar los acachales, lo cual confirmó Ricardo aclarando que “después de hacer el acachal tenemos que venir a poner ese cable grueso, es de acero, hay que aportillar unas piedras a puro marro y cincel y se les pone unas varillas de a pulgada para que el río no la quite, porque anoche iba muy crecido y no nos pudimos meter, hasta ahorita en la mañana, como a las 5 de la mañana ya pudimos ingresar al río. Como ahorita ya cayeron, cada media, o cada hora vamos a estar registrándolos para limpiarlos de la basura, para estar cosechando. En la orilla hay poca probabilidad de que saques chacales, sacas más al centro, por eso uno busca un buen lugar con el cable. Las personas de Zacualpan tienen aquí para arriba sus acachales, aquí arriba, como a 100 metros está un compañero de La Caja, y como a 20 metros de él está otro de Zacualpan”.
Al ignorar los riesgos que los chacaleros corren en su labor, es frecuente que nos sorprendamos por el costo elevado de los langostinos, pero cuando miramos los trances que tienen que enfrentar a contra corriente entonces comprendemos la razón de su precio, nos dice Ricardo: “Me ha tocado que uno anda adentro y se despega el cable y pues le batalla uno para salir para acá; a veces arrastra palos largos que te pueden golpear el pie, o golpes en las piernas porque hay piedras y pues como no se ve nada puedes chocar con otra piedra” El más novato de los chacaleros Vicente Guzmán Cárdenas, confirma lo anterior, pues “como dice este vale, hace rato se nos reventó el cable allá abajo y tenemos que pelearle al agua, se reventó pero quedó atorado en el amarre que está acá en el árbol”.
Pero en el arte de la chacaleada no todo es cuestión de fabricar acachales, meterse al río y fijarlos a un cable de acero, sino que los aspectos burocráticos también están presentes, cuenta Ricardo: “estamos es una cooperativa de Zacualpan, quien no está en la cooperativa y pesca clandestinamente, vienen de CONAPESCA a revisar, yo tengo ahí mi nombre y mi número en esa piedra, soy el número 2 en la lista; entonces ellos vienen y checan: ‘Ah, Ricardo el número 2, aquí está’. No avisan, pero cada temporada puede ser una o dos veces que vienen. Yo tengo derecho a 12 acachales como miembro de la cooperativa. Hay que ir a la comunidad de Zacualpan, cuando haya una asamblea y decir que quieres ingresar, mientras tú seas una buena persona y el grupo te acepte, ya te metes y empiezas con el papeleo, y cada año se da una cooperación de 500 pesos porque se paga un permiso, como pescador, está uno registrado en CONAPESCA, ellos vienen y vigilan al presidente, vigila a la cooperativa, ya tengo como seis años”.
Después de la amena conversación no me quise quedar con las ganas de chacalear y meterme al centro de la fuerte corriente del Río Grande, así que acompañado del joven Enrique González, nos sujetamos del cable, sentí la fuerza del agua y revisamos dos acachales, mientras que desde la orilla del afluente Vicente Guzmán grababa con el celular la divertida experiencia de haber chacaleado.