La ambición del oro, las rencillas y el menosprecio indígena cobijaron la Conquista Española


(Primera parte de ocho).

“A pesar de la admiración que Humboldt siente por el descubridor genovés, con referencia a la codicia o a la sed de riquezas que literalmente poseían a Cristóbal Colón –incluso se ha hablado, en su favor, de codicia genovesa o italiana– Humboldt se niega a agobiarlo. El vértigo del oro, la sed del oro, se apoderó de todos los descubridores y de todos los conquistadores. Ubicados en igualdad de circunstancias, todos los hombres, quienesquiera que sean, se comportan de la misma manera”.

Estas son algunas palabras vertidas en el libro titulado De Colón a Humboldt. Un texto  compilado por el filósofo Leopoldo Zea y el historiador Mario Magallón. Impreso en 1999 por el Fondo de Cultura Económica, el Instituto Panamericano de Geografía e Historia y el Programa Universitario de Difusión de Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

La antología es interesante y nos obliga a repensar el presente. Contiene veinticuatro temas que nos hacen reflexionar en torno a los textos publicados por diversos historiadores a partir del siglo XVI. Mencionaré solamente algunos de estos tópicos analizados: el Colonialismo europeo contra el verdadero crecimiento de África y América; la representación simbólica de América mucho antes de la conquista y cómo era imaginada; las falsedades históricas que encubrieron las sinceras visiones indígenas acerca de América; repartición de las tierras de civilizaciones indígenas, como botín de guerra,  a manos de los conquistadores; América como propiedad exclusiva de la iglesia en los inicios de su descubrimiento; traiciones entre militares españoles, y en particular destacan, este y otros libros, la ambición desmedida por el oro y demás piedras preciosas del mundo indígena.

En el texto se indica que Hernán Cortés falsificaba sus informes o cartas para no darle su parte correspondiente al rey de todos los tesoros encontrados, es decir, el quinto real. Los administradores de la Nueva España no llevaban justas cuentas de lo que entregaban los indígenas a los encomenderos o caciques locales. Muchos cronistas inventaban cosas que jamás acontecieron verdaderamente en el Nuevo Mundo. Humboldt duda del mismo Américo Vespucio. En la página 15 es citado: “El historiador Muñoz, quien me honraba con su amistad, a menudo me habló en Madrid (en 1799) en ocasión de mi partida hacia la América meridional, sobre su íntimo convencimiento de una falsificación intencional de fechas en los viajes de Vespucio”. (De Colón a Humboldt, p.15).

A partir de los textos escritos por Cristóbal Colón y de los que fueron escritos acerca de su persona –se agrega en la antología– Humboldt emprende un análisis riguroso de las fuentes y un comentario crítico filológico e histórico exhaustivo, y de tal modo pone en evidencia un retrato de Colón, o más bien, un perfil científico y moral, tan coherente como apropiado. El personaje de Colón, creado por Humboldt, no difiere mucho de la imagen que hoy tenemos de él. Sobre todo después de cuanto se ha escrito sobre su persona, por críticos tan eruditos como mal intencionados, entre ellos; Marius André, Henry Harrisse, Henry Vignaud y Alexandre Cioranescu. Éste último dice que las obras escritas contra, o sobre Cristóbal Colón: “son las más rebuscadas, las más útiles y las más lamentables de toda la vasta biblioteca colombina”. (ps. 12 y 13).

Por si fuera poco, Humboldt dice, irónicamente, que los mismos historiadores españoles y del resto de Europa pusieron más de diez datos diferentes para señalar la fecha exacta del nacimiento de Colón. Mencionamos seis; la del Cura de los Palacios Bernáldez y el Caballero Napione (1436), el Padre Charlevoix (1441), la de Bossi (1445), la de Muñoz (1446), la de Robertson y Spotorno (1447), la de Willard (1449).

Haré una última referencia. La antología es burlesca contra Vespucio, quien supuestamente realizó un verdadero viaje entre el 18 de mayo de 1499 hasta junio de 1500. Escribe una carta el 18 de julio de 1550, se la manda a Lorenzo Pierfrancesco de Médici, pero en ella: “la narración de lo real se mezcla con lo maravilloso, los datos empíricos con las fantasías literarias; adonde se dice que se habían descubierto incluso islas habitadas por gigantes…” y más adelante hablan en estilo fabulatorio, pues suponían que había islas relucientes de oro, lo que daría pie para la futura leyenda de El Dorado. Otro chistorete es que dicen haber visto una isla llena de caníbales. (ps.46-48).

¿Y por qué se llamó América nuestro continente? Pues fue otro capítulo de yerros, “hacer caliz” como en el juego infantil de las canicas, equívocos, malos entendidos y “a ver si pega” que el lector encontrará desde la página 57 a la 59. Puede usted reírse o simplemente pensar: “Qué zopencos”.

Recreación plástica del oro saqueado de los templos peruanos.

ANTECEDENTES DE LA EXPLOTACIÓN MINERA EN AMÉRICA

El Doctor Miguel León Portilla, en su libro Toltecayotl. Aspectos de la cultura náhuatl  impreso en 1991 por el Fondo de Cultura Económica, dice que en Sudamérica, así como en algunos centros de las costas del Perú, parece que comenzó a trabajarse el oro desde casi medio milenio a.C. (500 a.C. aproximadamente) y el cobre en la porción norteña de Ecuador desde poco después del siglo I d.C. (100 d.C.). Y que en México tal industria minera se dio hasta el siglo X d.C. (1000 d.C.). Agrega él que la mayoría de los investigadores coinciden en afirmar que la metalurgia sudamericana fue objeto más bien de un proceso lento de difusión. Este hizo posible la manufactura en Centroamérica (Panamá y Costa Rica) de algunas piezas de oro a partir probablemente de los siglos VI y VII d.C. (Toltecayotl. Aspectos de la cultura náhuatl, ps. 352 y ss.)

Citando un libro de Alfonso Caso, titulado Handbook of Middle American Indian, explica Miguel León Portilla que parece muy probable que las técnicas metalúrgicas se introdujeran en Mesoamérica desde Costa Rica y Panamá. De ello son probable indicio las semejanzas que guardan las producciones mesoamericanas más antiguas, tanto en técnica como en estilos, respecto de objetos de muy frecuente aparición en las mencionadas regiones de Centroamérica. Otra hipótesis es la que postula una difusión directa desde Colombia, Ecuador y Perú, vía marítima. Citando a los investigadores Paul Rivet y H. Arsandaux, con su libro: Metalurgia precolombina, indica Miguel León Portilla: “aceptando que fue así como se recibió la metalurgia en Mesoamérica, se comprende entonces mejor porqué se desarrolló ésta primeramente (hacia el ya citado siglo X d.C.) en regiones de la costa del Pacífico; Oaxaca, Guerrero y Michoacán. También porqué hizo su aparición de súbito, dueña ya de técnicas muy lentamente alcanzadas antes en Sudamérica. (Toltecayotl. Aspectos de la cultura náhuatl, ibidem).

Reconoce Miguel León Portilla que Mesoamérica conoció la metalurgia hasta comienzos del Posclásico y como consecuencia de una difusión, probablemente por etapas, desde los centros de alta cultura de América del Sur. Paul Gendroup en la página 167 su libro Diccionario de arquitectura mesoamericana. Dice que El Periodo Posclásico (1050 – 1521 d.C.) es el Periodo que sigue del Clásico y antecede la Conquista Española. Cubre aproximadamente de la segunda mitad del siglo X hasta la consumación de la Conquista (de 1521 en adelante, según la región), y suele subdividirse en; Posclásico Temprano y Posclásico Tardío o Histórico. Este último empieza, según los autores, entre finales del siglo XII e inicios del XIII).

BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO NARRA EL AFÁN POR HALLAR ORO

Bernal Díaz del Castillo, en su libro Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, versión en PDF, basada en el volumen de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española, dice que todos los conquistadores preguntaban acerca del oro, como se aprecia en la escena siguiente: “Y como en aquel tiempo no era descubierto el Pirú ni se descubrió de ahí a veinte años, teníase en mucho. Pues otra cosa preguntaba Diego Velázquez a aquellos indios: que si había minas de oro en su tierra; y por señas a todo le dan a entender que sí. Y les mostraron oro en polvo, y decían que había mucho en su tierra”. (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, p.26).

Agrega Bernal Díaz del Castillo: “Y entonces me mandó Diego Velázquez que viniese con aquellos capitanes por Alférez. Y como había fama de las tierras que eran ricas y había en ellas casas de cal y canto, y el indio Julianillo que llevamos de la Punta de Cotoche decía que había oro, tomaron mucha voluntad y codicia los vecinos y soldados que no tenían indios en la isla de venir a estas tierras, por manera que de presto nos juntamos doscientos y cuarenta compañeros, y pusimos cada uno de la hacienda que teníamos para matalotaje y armas y cosas que convenían…Y en este viaje volví yo con estos capitanes por Alférez, como dicho tengo, y paresció ser que la instrucción que para ello dio el gobernador fue, según entendí, que rescatase todo el oro y plata que pudiese. Y si viese que convenía poblar o se atrevía a ello, poblase; y si no, que se volviese a Cuba”. (ps.31 y 32).

Moctezuma se enteró de la llegada de los conquistadores, así como de sus batallas sostenidas en Tabasco. Bernal Díaz explica: “entendió que nuestra demanda era buscar oro, a trueque del rescate que traíamos; y todo se lo habían llevado pintado en unos paños que hacen de henequén, que es como de lino. Y como supo que íbamos costa a costa hacia sus provincias, mandó a sus gobernadores que si por allí aportásemos con los navíos, que procurasen de trocar oro a nuestras cuentas, especial a las verdes, que parescían algo a sus chalchuvís, que las tienen en mucho como esmeraldas; y también lo mandó para saber e inquirir más por entero de nuestras personas y qué era nuestro intento”. (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, p.44).

(CONTINUARÁ)