En el corazón de Colima, donde el volcán de Fuego parece custodiar los secretos de la tierra, late una tradición que trasciende el tiempo: la Feria de Todos los Santos. No es solo un evento; es el pulso de todos los colimenses, un ritual colectivo que une a familias, amigos y extraños en un torbellino de colores, sonidos y sabores. Como colimense de corazón —o al menos de espíritu, en este caso—, me atrevo a decir que esta feria no es un mero espectáculo efímero, sino el espejo de nuestra identidad: un homenaje a los difuntos que se transforma en celebración de la vida. En un mundo cada vez más acelerado y digital, donde las raíces parecen desvanecerse, la Feria de Todos los Santos nos recuerda que la verdadera riqueza de un pueblo radica en sus costumbres compartidas. Y en 2025, en su edición 86, esta fiesta promete ser más inclusiva y vibrante que nunca, un bálsamo para el alma en tiempos de incertidumbre.
Un Legado que Nace del Recuerdo y la Alegría
Para entender el alma de esta feria, hay que remontarse al siglo XIX, cuando la conmemoración de los santos difuntos —mezcla de rituales cristianos y prehispánicos— se fusionó con el deseo de festejar la vida. El diputado federal Leonardo Bravo, en un acto visionario en 1824, solicitó al Congreso permiso para una feria que honrara el novenario de Todos los Santos y el Día de Muertos, el 1 de noviembre. Dos años después, en 1826, el presidente Guadalupe Victoria la autorizó por 15 días, desde finales de octubre hasta principios de noviembre. Así nació, en 1827, la primera edición en la Plaza de Armas de Colima —hoy Jardín Libertad—, un espacio humilde que pronto se llenó de puestos improvisados, música y risas espontáneas. Desde entonces, ha resistido terremotos (como el de 1941), epidemias (1947-1948), ciclones (1959) y hasta la pandemia de COVID-19 (2020-2021), demostrando que su esencia es inquebrantable.
Hoy, con más de 190 años de historia, la feria se extiende por 17 días, del 31 de octubre al 17 de noviembre, coincidiendo con el Día de Muertos. No es casualidad: en Colima, honrar a los ancestros no es luto sombrío, sino fiesta luminosa, un “Omnium Sanctorum” que traduce el latín en español para recordarnos que los santos —y los nuestros— viven en la memoria alegre. Es una tradición de todos los colimenses porque no distingue clases ni edades; es el hilo que teje nuestra historia colectiva, desde la primera reina coronada en 1934 hasta la actual Embajadora, símbolo de empoderamiento femenino desde 2022.
¿Qué Ofrece? Un Festín para los Sentidos y el Espíritu
La Feria de Todos los Santos no es un mero catálogo de atracciones; es una sinfonía donde cada nota contribuye al todo. Imagínese: el aire perfumado con el humo de los sopitos y las enchiladas dulces, el eco de rancheras en el Palenque y el rugido de las montañas rusas que desafían la gravedad. Para los niños, carruseles y juegos de destreza pintan la noche de luces mágicas; para los valientes, la rueda de la fortuna ofrece vistas panorámicas del volcán, mientras el torbellino de atracciones de alto impacto acelera el corazón. La Expo Artesanal es un tesoro: alfarería con perritos xoloitzcuintles, textiles ancestrales y muebles de parota que capturan el alma colimense, ideales para llevar un pedazo de nosotros a casa.
Y la gastronomía… ¡ah, la gastronomía! Es el alma comestible de Colima: tamales, gorditas rellenas, bate, tejuino refrescante y tuba espumosa, todo maridado en un pabellón donde cocineras tradicionales comparten recetas de abuelas. No faltan los conciertos gratuitos en el Foro Principal —de regional mexicano a pop internacional— ni los pagos en el Palenque, con estrellas como Edén Muñoz o Grupo Firme en 2025. Agregue eventos culturales como desfiles de Catrinas, concursos de altares y torneos deportivos, y tiene un mosaico que celebra la diversidad: desde cabalgatas ecuestres hasta charlas sobre empoderamiento. En resumen, ofrece lo que todo colimense anhela: unión, deleite y un respiro de lo cotidiano.
De Plaza en Plaza: El Peregrinar de una Tradición Nómada
La feria no ha sido estática; ha migrado como un río que busca su cauce, adaptándose a la ciudad que crece. Empezó en el Jardín Libertad en 1827, epicentro cívico de la Villa de San Sebastián. En 1906, se mudó al Jardín Núñez (antes Plaza Nueva), más amplio para las multitudes crecientes. Luego, en 1958, al sitio de la actual Casa de la Cultura, y finalmente, en 1978, a su hogar definitivo: el Instituto de Fomento de Ferias y Exposiciones de Colima (Iffecol), en Avenida Niños Héroes de Chapultepec S/N, Colonia La Estancia. Este recinto de 23 hectáreas, con arcos imponentes y murales como el de Azucena Ibarra en 2025, es ahora el corazón ferial: pabellones amplios, zonas seguras y accesos para discapacitados, un reflejo de cómo la tradición evoluciona sin perder su esencia. Ha estado en plazas humildes y ahora en un espacio moderno, pero siempre en Colima capital, atrayendo a los 10 municipios como un imán cultural.
Un Motor Económico que Impulsa Sueños Locales
Más allá de la diversión, la feria es un catalizador económico que inyecta vida al estado. En 2024, generó una derrama superior a mil millones de pesos, con 938 stands de emprendedores locales —desde artesanos hasta ganaderos— que venden lo hecho en casa. Para Colima, un estado de economía modesta, esto significa empleos temporales, fomento al turismo y oxígeno para pymes. Hoteles, transportes y restaurantes se llenan; el tejuino y los sopitos no solo alimentan cuerpos, sino que sostienen familias. Es un recordatorio de que la cultura no es lujo: es inversión. Sin esta feria, el PIB local sentiría el vacío; con ella, Colima florece, atrayendo visitantes que se van con bolsillos vacíos pero corazones llenos, y regresan por más.
¿Asisten Muchas Personas? Una Multitud que Es Familia
Sí, y no es exageración: miles acuden diariamente, convirtiendo el Iffecol en un mar humano de catrinas y sonrisas. En 2024, la primera semana vio “multitudinaria asistencia” de locales, regionales e internacionales, con llenos absolutos en conciertos. Para 2025, se esperan más de 120 mil personas al día, sumando a 150 mil solo en espectáculos masivos. Familias enteras de Manzanillo o Tecomán viajan horas; extranjeros descubren nuestra calidez. Es una marea de 2 millones en total, pero no una multitud anónima: es “todos los colimenses”, unidos en un abrazo colectivo que disipa soledades.
En fin, la Feria de Todos los Santos no es solo una tradición; es el alma de Colima hecha fiesta. En 2025, con asuetos oficiales y accesibilidad ampliada, nos invita a redescubrirnos. Como opinión personal, en un México fracturado, eventos como este son faros: nos recuerdan que celebrar juntos es resistir. Vayan, colimenses y visitantes: bailen, coman, recuerden. Porque en cada vuelta de la rueda de la fortuna, late el espíritu de los santos… y el nuestro. ¡Que viva la Feria!
