En este día en que las familias mexicanas y una gran parte de quienes radican en muchas naciones de nuestro planeta, se preparan para festejar la Navidad, que simboliza el nacimiento de Cristo Jesús, que transformó no solo las costumbres de muchos pueblos, sino que vino a ser el referente histórico del acontecer internacional, para desde entonces, dividir los hechos históricos en antes de Cristo (a.C) o bien después del nacimiento de Cristo (d.C); por ello dejo de lado los comentarios políticos, para rememorar la bella época de mi niñez, adolescencia y juventud, donde el encanto de las tradiciones se hacía presente en los barrios del romántico Colima de ayer.
Traigo a mi memoria aquellos bonitos hechos o festejos barriales, desarrollados entre 1950 y 1970, que con pequeñas variantes se daban en nuestra entonces tranquila “ciudad de las palmeras”.
Recuerdo con nostalgia la celebración de las posadas barriales, que un grupo de vecinos organizaba, a partir del día 16 previo a la Navidad, para pasar de puerta en puerta, de cada casa, pidiendo posada para aquella pareja de peregrinos, que personificaban en María y José, solicitando los dejaran pasar la fría noche; en contraparte, con la puerta cerrada de la calle, otros vecinos contestaban con melodioso canto, “aquí no es mesón, vayan adelante, no sea que sean tunantes,” (lo que significa truhan o malviviente). Iban los posaderos con un palo alto, que simulaba un cayado, de donde pendían un farol, confeccionado con papel traslúcido plegadizo, donde llevaban una vela adentro encendida. Bonita tradición que se perdió para siempre con la modernidad.
En algunas iglesias, como ocurría en la de la Salud, a cuadra y media de mi casa, las posadas se realizaban con mayor organización, coros y cantos y al final procedían a rezar el Santo Rosario, donde los papás cumplían con sus obligaciones religiosas y los niños o jóvenes jugaban en la calle, haciendo pitar o mejor dicho gorgojar a sus “guijolas”, pequeños artefactos fabricados con hojalata, que con agua adentro producían ese peculiar sonido musical.
En esos años, la nórdica costumbre del árbol o pino de Navidad, no era costumbre colimota; en las modestas viviendas citadinas, en un pequeño espacio de la sala o cuarto de entrada, se elaboraban los nacimientos con una casita o pesebre, donde las figuras de la virgen María y San José, esperaban la llegada de Jesús, para tras su muerte, fundar la religión católica, que actualmente profesan 1,500 millones de habitantes en el mundo, más otros 600 de diversas iglesias que creen en Cristo. Sin embargo, la Navidad representa la época del año más llena de amor, paz y unión familiar, aunque especialmente los jóvenes la celebran como la magia que les otorga alegría y regalos.
Además de los grandes nacimientos que ponían en algunas iglesias, en mi barrio, en la esquina de V. Carranza y Dr. M. Galindo, radicaban un par de viejecitas conocidas como las “chaguas”, que con un amplio jardín casero que tenían junto a la calle, tras las rejas de la vivienda, ofrecían a vecinos y paseantes, la hermosura de enorme nacimiento con grandes figuras y alguna rustica iluminación, ya que las series de vistosos foquitos eléctricos de colores, aun no se conocían en Colima.
La cena navideña, actualmente suceso generalizado en toda casa, en mi niñez y barrio era una cena normal para dormir temprano a quienes esperábamos el regalo que el “niño Dios”; no el Santa Claus, nos traería. Ese regordete, en muchas partes también llamado “Papá Noel”, en esa época no era conocido en nuestra tierra.
Al día siguiente, propiamente el día de Navidad, todo era felicidad y algarabía en las calles y banquetas del barrio, los niños presumiendo los regalos que por la madrugada el “niño Dios”, les había dejado, en el zapato que al lado de la cama dejaban en espera de la visita. Los padres, tranquilos y satisfechos de ver a los hijos jugar y disfrutar con los regalos, sin la desvelada o “cruda”, que en la actualidad padecen la mayoría de los jóvenes-adultos que se amanecen tras la cena navideña.
Aunque en las iglesias, acostumbraban los ruidosos cohetes pueblerinos, durante las posadas barriales no había la perniciosa costumbre infantil y juvenil de detonar los cohetitos, que causan irreparables daños a quien les truenan en los dedos y que lesionan el sensible oído de nuestras mascotas.
Esas bellas tradiciones barriales se perdieron para siempre; la modernidad y la globalización que, a partir de la llegada de la televisión a Colima, a fines de los años 60, cambiaron aquellas bonitas costumbres por el vistoso árbol de Navidad y el Santa Claus, adornando con las series de vistosos foquitos de colores que penden sobre las fachas de las casas.
Recordar es vivir, pero mientras la nostalgia nos invade, deseo a mis lectores y a la familia Valdez-Alcázar, que dirigen la editorial El Noticiero, que nos da espacio en sus páginas, disfruten esta noche y llegue a todos un año con mejores augurios, sin las calamidades que hoy sufrimos.
