El mejor pozole de Colima: “El Pozolazo”, un abrazo de sabor y tradición con mucho caldo


El pozole no es solo un platillo: es un lazo vivo con la historia prehispánica, la familia y la identidad colimense. Su nombre proviene del náhuatl pozolli, que significa “espumoso”, aludiendo al maíz cacahuazintle que, al cocerse con esmero, revienta formando una espuma característica. En Colima, este guiso ceremonial —heredado de las culturas mexica y tlaxcalteca— se ha convertido en emblema de sabor casero y tradición semanal. Los sábados y domingos, su aroma reconfortante reúne a generaciones alrededor de la mesa, nutriendo el cuerpo —con proteínas de la carne de cerdo, carbohidratos del maíz nixtamalizado y nutrientes esenciales— y también el espíritu comunitario.

En Colima, el pozole tradicional se sirve con abundante caldo, jugoso y lleno de sabor, donde el maíz tierno y la carne de cerdo (generalmente maciza o cabeza) se impregnan de un caldo sabroso, y aromático característico. Se acompaña de cebolla picada, rábano en rodajas, limón fresco, crema, lechuga o repollo, y una salsa extra de chile de árbol o guajillo. Esta versión caldosa y reconfortante es la que más se disfruta en familia, sorbiendo el caldo caliente y combinando texturas en cada cucharada. Aunque existe la variante “seca” (donde el caldo se consume por completo durante la cocción para concentrar sabores y servirse sobre tostadas), el pozole colimense por excelencia —el que une a las mesas colimenses— es el normal con mucho caldo, sabroso, humeante y perfecto para compartir.

Y si hablamos del mejor pozole colimense con mucho caldo, un lugar destaca por su autenticidad, historia y devoción: El Pozolazo, regentado por Doña Enriqueta Mojica y su familia en la privada de Leona Vicario (Calle Leona Vicario 369-A, Centro, Colima). Con más de 40 años de experiencia, este negocio familiar encarna la esencia de la cocina casera colimense: sazón heredado de generación en generación, esfuerzo inquebrantable y un apego profundo a la tradición.

Todo comenzó con Doña Consuelo Cruz, madre de Enriqueta, quien, huérfana a los 5 años, aprendió el arte del pozole de sus vecinas y amigas. Aunque vendió solo unos años, le transmitió a su hija ese “sazón especial” que marca la diferencia. Desde niña, Enriqueta ayudaba a su madre: vendía en la calle cuando se acababa el espacio en la mesa, empezando a las 6 de la mañana. El negocio incluía no solo pozole, sino tostadas, enchiladas, sopes, tacos de papa y una variedad de antojitos mexicanos, pero el pozole —con su caldo abundante y reconfortante— siempre fue la estrella indiscutible.

A lo largo de las décadas, El Pozolazo ha enfrentado mudanzas y desafíos —incluido un local frente al hospital, en la esquina de Sandoval y San Fernando, de 1998 a 2003, afectado por el terremoto de ese año—, pero nunca ha perdido su clientela fiel. Doña Enriqueta quedó viuda a los 23 años con tres hijos pequeños, y tuvo que redoblar esfuerzos para complementar una pensión insuficiente. Su hija, Irma Susana Figueroa Mojica, se incorporó al negocio para apoyar a la familia, convirtiéndose en la tercera generación que preserva la receta. “Tuve que trabajar porque la pensión no alcanzaba”, relata con entereza, añadiendo calidez humana a esta historia de resiliencia.

Hoy, por la inseguridad que afecta la región, solo abren sábados y domingos, de 10 de la mañana a 6 o 7 de la tarde. Aun así, su popularidad no ha disminuido. Clientes leales cruzan la ciudad —pasando por otros lugares famosos como los de Doña Juanita o Mercedes, cerca de la Petatera— para llegar hasta aquí solo por ese pozole con mucho caldo que sabe a hogar. Hay anécdotas entrañables: un obrero de Quesería que, tras trabajar toda la noche, se llevaba la olla completa; otro que insistía en abrir una sucursal en Cuauhtémoc porque “allá nadie sabía hacer pozole bueno”; o cazadores que regresaban exhaustos solo por ese sabor casero y caldoso.

El nombre “Pozolazo” nació de forma espontánea y cariñosa: un amigo rotulista, Efraín, al ver la olla con el cochinito asomándose, exclamó “¡Este es un pozolazo!” y diseñó el letrero icónico con esa imagen. No es casual: este pozole se percibe como más casero y menos comercial que otros. Arcelia Ávalos, trabajadora actual, completa el equipo; antes, cuando vendían diario, había más empleados, pero ahora se adaptan con dedicación y cariño a los tiempos difíciles.

Figuras públicas han pasado por allí: durante campañas, Margarita Moreno, Mely Romero, Fernanda Salazar, el maestro Federico y otros han encargado pozole para reuniones o lo han consumido in situ, regresando por más porque “tenía que poner pozole primero”. Doña Enriqueta y su familia nunca han buscado concursos ni reconocimientos oficiales; su mayor premio es la lealtad de quienes regresan sábado tras sábado por ese caldo abundante y sabroso.

En un estado donde el pozole es rey —especialmente en Colima y Villa de Álvarez—, El Pozolazo brilla por su autenticidad: maíz bien reventado, carne tierna, sazón equilibrada y un caldo generoso que ningún lugar masivo puede replicar. Ofrecen el pozole tradicional con mucho caldo, acompañado de antojitos que complementan la experiencia: sopes, tostadas, enchiladas, tacos de papa y más.

Si buscas el alma del pozole colimense —el de siempre, con mucho caldo humeante—, visita *El Pozolazo en Leona Vicario 369-A. Prueba su versión estrella, siente cómo une pasado prehispánico, tradición familiar y el calor de Colima en cada cucharada. Porque, como dice la familia Mojica, el verdadero reconocimiento está en la gente que viene… y regresa. ¡Pozolazo no es solo un nombre: es un abrazo en forma de comida caldosa y deliciosa!

¡Buen provecho y nos vemos en la mesa!