Cristeros en Colima


El movimiento Cristero 1926 a 1929, se extendió a lo largo y ancho del país, pero donde se dejó sentir con mayor fuerza fue en los estados del centro y Querétaro no estuvo exento de los enfrentamientos armados. A la llegada de un grupo de cristeros a la serranía de Quintillé, tomaron por asalto la escuela y sometieron a los maestros porque los consideraban una amenaza comunista que podría desestabilizar su culto religioso.

Susana presenció las más insólitas vejaciones, pero vivió para contarlas. Sin embargo, otra maestra, su compañera del plantel, no corrió con la misma suerte y la asesinaron ante sus ojos de la manera más horrenda. “Para mí este momento representó uno de los más terribles de mi existencia. En medio de la confusión y la incertidumbre replegué a mis alumnos en uno de los rincones del salón y abrí mis brazos de espaldas a los sicarios para darles protección a todos ellos. Enseguida empecé a orar. Le pedí al creador justicia, solo justicia.”

Comentaba Susana, tiempo más tarde. El trauma psicológico que le produjo el suceso, la devastó y empezó a reflexionar en torno a la doctrina que practicó desde su niñez y llegó a la conclusión de que detrás de ese gesto de humildad había un rostro de poder y alineación. Pero también comprendió que, para sacar esos indígenas de la pobreza, ignorancia y marginación social, debía continuar en la transmisión del alfabeto a pesar de la amenaza latente de los segmentos guerrilleros.

(Ballesteros, Mercedes. Con Olor a Nardos. A cien años del nacimiento de Susana Ortiz Silva 1908-2008. 1ª. edic. 2008. Pp. 39 y 40.)

1935 (4 de septiembre). Un grupo de rebeldes residuos de los cristeros, apresó cerca de Platanarillo, municipio de Minatitlán, al -entonces- joven profesor Ricardo Guzmán Nava, quien se dirigía al poblado el Sauz para iniciar su carrera magisterial. Lo torturaron y decidieron fusionarlo “por servir a la escuela socialista”. Cuando lo llevaban custodiado por las estribaciones del Cerro grande, el joven educador decidió fugarse lanzándose cuesta abajo en precipitada carrera perseguido por los forajidos que le dispararon sus armas, logrando salvarse gracias a su decisión y a su juventud, pero sobre todo a los deseos de vivir.

Días después, otra partida de sublevados asesinó al profesor Gregorio Vega Larios en esa misma zona. Durante esos años, entre 1934 y 1940, principalmente en Guanajuato, Michoacán y Jalisco, donde predominaba el fanatismo religioso, fueron asesinados muchos maestros rurales o bien les cortaban las orejas, a las maestras las violaban o les cortaban los senos. (Oseguera Velázquez, Juan. Efemérides de Colima y de México, calendario cívico. Festividades, sucesos diversos y anécdotas 1939-1989. 1ª. Edic. 1989. P. 132.)

Fue al finalizar la rebelión cristera. Cuando el Coyote tomó las armas en serio, para defender la hacienda -de Chiapa-. Esta se hallaba protegida por una pequeña guarnición que el jefe de operaciones le prestaba a mi padre. En decadencia, el idealismo de “los alzados”, estos entraban en convenios con los dueños de haciendas y, por una cantidad de dinero convenida, permitían las faenas agrícolas y ganaderas sin mayores peligros para los peones. Pero mi padre se había cansado de la creciente exacción y negaba las entregas. De ahí las amenazas. Hacía semanas que un rumor iba creciendo: los cristeros querían asaltar el casco. Y un mal día, cuando el desprevenido retén de soldados tomaba su “rancho”, dos o tres centenares de cristeros entraron a saqueo y fuego, dejando su rastro de muerte.

El Coyote -según me contaron- fue el último en caer. Con rifle y canana llegó al trapiche, alcanzó la puertecilla posterior que conducía el tiro del “chacuaco”. Por las entrantes de los ladrillos, dejadas exprofeso al construirlo, trepó ágilmente hasta la boca. El hollín le prestó su negro y el instinto de conservación, su rabia.

Desde la improvisada atalaya contestó el fuego haciendo bajas hasta acabar con los cartuchos. Después, el bagazo cañero seco y apilado, sugirió una diabólica idea a los cristeros. Y prendieron la chimenea. No tardó mucho en asomar al borde, la negra cabeza del Coyote. Después todo el cuerpo. Semi asfixiado, herido medio quemado, tuvo coraje para lanzarles las últimas maldiciones. Se paró en el pretil. Luego se abrió de brazos como abarcando en despedida la tierra que le oyó cantar. Y se dejó caer. (Álvarez, Griselda. La sombra niña. 3ª. Edic. 1981. P. 45.)