Un viejo adagio afirma que la primera baja en cualquier guerra es la verdad. Y de acuerdo con un creciente número de reportes en la prensa estadounidense, el primer infractor o más bien el primer responsable de obnubilar la situación es el presidente Donald Trump.
Hoy los estadounidenses y el mundo se preguntan si al enviar tropas a la región del golfo Pérsico, el mandatario estadounidense estaría anunciando la posibilidad de una intervención militar, una ocupación en las islas que de alguna manera forman la zona defensiva del Estrecho de Ormuz, o si es un amago más para presionar a los iraníes.
La alternativa agrega presión a una crisis geopolítica que ya comenzó a desestabilizar a la economía mundial. Pero nadie está seguro. Nadie sabe. Trump ha enviado señales contradictorias desde el inicio del conflicto y lo mismo habla de paz que de acabar con la capacidad militar o propiciar-provocar-promover un cambio de gobierno.
No es que sea algo nuevo, ni mucho menos. Todos los Gobiernos en guerra buscan presentar la información de la manera más favorable posible a sus intereses y a sus metas. Es parte de la estrategia bélica. Que lo hagan también en momentos de paz tampoco es extraño: viene con el territorio.
El problema, en el caso estadounidense, es que el presidente Trump, que nunca mencionó un motivo claro para el conflicto, tampoco parece tener una idea respecto a lo que busca y cómo terminarlo. Por un lado, el propio mandatario ha señalado su deseo de paz; después de todo, prometió que sería un presidente pacifista y algunos de sus seguidores comienzan a recriminarle el conflicto iraní, mientras el anunciado envío de tropas parece una amenaza de profundizar y prolongar el conflicto. Y tampoco se sabe si los iraníes quieren terminar la confrontación.
De acuerdo al menos con algunos de sus críticos, el presidente estaría “desesperado” por llegar a un acuerdo con Irán, pero el propio Trump asegura que no tiene prisa.
Pero eso no evita que aliados y adversarios dejen de expresar preocupaciones y dudas por la forma de conducir un conflicto que ha probado ser tan peligroso.
El hecho en todo caso es que el estrecho de Ormuz es el marco para al menos nueve pequeñas islas que una potencia podría usar como base o punto de partida, para efectivamente cerrar el paso marino o para mantenerlo abierto. Eventualmente, si llegara a ocurrir una intervención, la solución sería determinada por la resistencia al dolor de los dos lados.
No es por cierto una situación fácil, porque pone a Estados Unidos y al gobierno Trump en una situación de desventaja, toda vez que la alternativa aparente está entre un fracaso de política exterior o el riesgo de una brutal derrota en política doméstica.
El instinto del señor Trump sería evitar la segunda, sobre todo ante las elecciones legislativas de noviembre, pero un fracaso de política exterior podría llevarlo a endurecer políticas hacia otros países para recuperar el respeto o el miedo perdidos.
