Sala de espera


Metro Balderas

— ¿De qué se habla en una sala de espera?

— De todo. Sólo es cuestión de escuchar

y aguardar el momento.

Todas las ciudades, en vacaciones, tienen siempre un gran encanto. El Distrito Federal de mediados de los 90s tenía esa cualidad secreta, que sólo los foráneos podíamos percibir. Cuando las vacaciones iniciaban, la hoy Ciudad de México se convertía en una capital apacible. Esa era una cualidad poco frecuente en aquella urbe caracterizada en exceso por el ruido de motores de automóvil, el trajinar del metro subterráneo y el ruido del claxon que a cada segundo denotaban la impaciencia de los citadinos.

Cuando la semana santa iniciaba, la enorme ciudad quedaba casi sola; los capitalinos marchaban en desbandada, vía carretera, a disfrutar de las playas de Acapulco, o a Oaxtepec o Tolantongo. En esos días, el frío amainaba un poco y sólo quedábamos aquellos que no teníamos el privilegio de tomar unas vacaciones tan largas. Los médicos en formación éramos de ese grupo, como sigue siendo ahora, pues aquellos grandes hospitales, solían ser atendidos por quienes estaban en entrenamiento para obtener una especialización.

Personalmente disfrutaba mucho de esos días. Hasta en la estación del metro Balderas podía uno darse el lujo de entrar caminando sin perder el estilo, sin empujar al otro. Nada que ver con aquella ocasión en que se llevaron de corbata a algún compañero médico que pretendió entrar, a la fuerza y por primera vez, a un vagón de estos. Cada sábado acudía a desayunar al Vips de la Madero, apenas a cuadra y media del Zócalo. Ingresar ahí era un deleite que aún recuerdo: se inundaba uno con el aroma a café de buena calidad, mientras le daba una ojeada al periódico de la vida nacional. Solo.

De ahí, era encaminarme a la Alameda Central, escuchando en mi walkman a Eros Ramazzotti. Unos pasos más y podía admirarse también el bello monumento de José Luis Cuevas, que se había erigido en la Plaza de la Solidaridad, a la memoria de quienes perdieron la vida en los sismos del 85. Invitaba a la reflexión, mirarle: unas manos gigantes, surgiendo de la tierra, del basamento propio de aquel hito arquitectónico de bronce; manos que, entrelazadas, mantenían con firmeza el origen del mástil de una bandera enorme, que parecía adquirir vida propia por efluvios del viento matinal de la ciudad, como si fuera un homenaje permanente de la patria.

Ya no estaba el Regis ahí, sólo la plaza con su monumento. En los pasillos laterales, las decenas de viejos —unos con sombrero y otros con bastón dejado al lado—, jugaban ajedrez rodeados de innumerable cantidad de transeúntes que, curiosos, miraban las partidas. Más de una vez jugué con alguno de ellos. Sus tableros solían ser mantas de vinilo que traían de sus casas y, las piezas de ajedrez, de un plástico barato, guardadas al principio y al final en bolsas de nylon arrugadas. Nada elegante. Sólo el combate entre dos mentes, liados por lograr el jaque mate. Sólo de cuando en cuando, me obligaban a acabar rápido con las partidas, el olor a tabaco que de siempre me había resultado nauseabundo, y que podía venir impregnado en el atuendo de alguno de mis contrincantes. Nunca me preguntaron qué hacía. Ni nunca dije más. Sólo el jaque mate nos daba el pretexto del habla; y, al final, te extendían la mano como si tuvieran una regla no escrita en el deporte-ciencia callejero de esa plaza. Servido el señor. Hasta la próxima. El que sigue.

De ahí, ya sabía yo que había llegado la hora de la primera función en el Real Cinema. Buenas películas de entonces, en aquel cine que estaba ubicado a modo de cuchilla, en la esquina que formaban Paseo de la Reforma y la calle Balderas. Ahí vi “Epidemia” con Dustin Hoffman, ahí conocí a Brad Pitt. Para llegar a la entrada, había que pasar unos puestos callejeros, donde igual se vendía comida que “fayuca”, y que apenas le daban medio metro de acera al transeúnte, al caminar. Coronaba esa esquina alguna caseta de teléfono público, de esos a los que había que insertar monedas para hablar unos minutos y que lucían protegidos de la lluvia con sus micas plásticas transparentes que remataban en un estrecho panel superior con un letrero inscrito en una especie de fuente Helvetica “mexicanizada”, anunciando la obviedad: Telefono. Así, sin acento; para causarme tal vez un poco de estridencia.

Aquellas películas fueron mi forma de sentirme un poco en familiaridad, de no sentirme fuera de un Colima que ya me lucía lejano, por los años. Además, había también para la anécdota. Hasta adelante, en la fila primera de la sala, se acomodaba siempre un señor de sombrero y barba ya plateada por el paso del tiempo. Solo, también. Siempre, como yo, en la misma función primera. Era un dato curioso que me dejó siempre intrigado. Tal vez ahí le dejaban sus hijos cada fin de semana. O tal vez se trataba de alguien como yo que, solitario, trataba de darse algo de humanidad a su existencia. Y aunque coincidimos siempre, jamás cruzamos palabra alguna. La ciudad de entonces no era ya para andar de preguntón. Así que, me quedaba yo lejos, en mi asiento, en esa intersección central que había entre dos líneas imaginarias, que cruzaban en equis esa sala, para escuchar mejor. El anciano, en cambio, quedaba hasta adelante a su izquierda, tal vez para ver mejor; o para salir a tiempo si un nuevo temblor nos sorprendía, como aquellos de hacía ya diez años.

Decía yo que toda ciudad, en vacaciones, tienen un enorme encanto. Por eso, mientras las playas se llenan de turistas en busca de arena, sol y música; también sigue siendo atractivo disfrutar, en estos días, de esta nuestra ciudad apacible en que nacimos.