Hermanos, estamos situados en el Evangelio de san Mateo, en la sección de las parábolas del Reino. El domingo anterior meditabamos la parabola de los dos hijos invitados a trabajar en la viña, lo cual reflejaba la disposicion de hacer o no la voluntad del Padre. Hoy, el texo del Evangelio presenta la parábola de los viñadores asesinos, que se apropian de la viña y de los frutos, y no son capaces de reconocer que solo son administradores y no dueños. Este pasaje nos ayudará a comprender que el Reino de Dios produce frutos que deben entregarse a Dios en el momento oportuno.
Jesús utiliza una imagen muy significativa para el pueblo de Israel, la imagen de la viña, donde el mismo Dios representa el dueño de la viña y la viña, representa al pueblo de Dios. Dios ha hecho todo para que su viña produjera frutos buenos, pero la vid dio frutos amargos. Asi lo leemos en el profeta Isaías: “¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diera uvas. ¿Por qué ha dado agreces?” (Is 5,4). Dando a entender que “la viña de Yahvé Sebaot es la Casa de Israel (v. 7), así lo reafirma también el salmo 79, (cfr. Os 10,1; Jer 2,21). Evidentemente, hay una grande desproporción entre lo que Dios ha realizado y cómo el pueblo le ha respondido.
En el texto del Evangelio de san Mateo, Jesús identifica el pueblo de Israel no a la viña, sino a los viñadores. La viña que es imagen del Reino implica como hemos visto anteriormente, esfuerzo, trabajo, colaboración etc. Sin duda podemos afirmar también que la viña es Cristo, cuyos frutos buenos y abundantes son destinados al pueblo de Israel en primer lugar: “no he sido enviado que a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 15,24). Esto podemos constatarlo además, en la atribución que hace Jesús de sí mismo en el Evangelio de Juan: “Yo soy la vid verdadera, y mi padre es el viñador…” (Jn 15,1), aplicando también a los discípulos la imagen de la viña: “yo soy la vid, ustedes los sarmientos” (v.5).
El Evangelio evidencia en la acción del propietario, la dedicación y el cuidado de Dios por su pueblo: planta, coloca una cerca, cava un lagar, construye una torre
(Mt 21,33). Todos estos elementos nos descubren que quién ha realizado y preparado todo es Dios. A veces pensamos que lo que tenemos ha sido merito nuestro, y nos olvidamos de que, aunque si hemos hecho mucho, todo ha sido porque Dios lo ha querido, y sin él no hubiéramos realizado nada. Es importante el reconocimiento de lo que Dios nos ha permitido tener y realizar, para devolverlo con el agradecimiento. Así lo decía san Pablo a los Filipenses: “en toda ocasión, presenten a Dios sus peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias” (Flp 4,6).
La parábola también da luz sobre la historia de Dios con su Pueblo en el Antiguo Testamento, tiempo en el cual les ofreció todo para ser felices, rectos y justos, pero no atendieron a su voz en la voz de sus siervos los profetas, y actuaron según sus caprichos. El Envío del hijo, refleja evidentemente el tercer y último momento, donde la aceptación o rechazo de su persona marcará el fin o el comienzo de una nueva historia. Dios aparece en este pasaje como un Dios paciente y bondadoso que espera el tiempo de los frutos y envía mensajeros para recordárnoslo.
En la Iglesia, por Cristo somos herederos de la gracia de Dios y nuestra misión es valorar y administrar los dones confiados por Dios para el bien de la humanidad. Yo como parte del nuevo pueblo de Dios ¿Sería capaz de reconocer los enviados de Dios en mi vida? ¿puedo identificar quién me ha invitado a ofrecer a Dios los frutos a lo largo de mi existencia? Y finalmente, ¿estoy preparado para dar a Dios los frutos que en esta vida he ganado?