Centro de Cultura Escrita Miguel Ángel Cuervo · Colima, Colima.
La lluvia caía con generosidad sobre Colima aquella tarde del jueves 15 de octubre, como si el cielo mismo quisiera sumarse al reconocimiento. No era un aguacero cualquiera: era una bendición que acompañaba el encuentro en el Centro de Cultura Escrita Miguel Ángel Cuervo, donde la Subsecretaría de Cultura del Estado reunió a autoridades, artistas, académicos, exalumnos, vecinos de Nogueras y amigos de décadas para rendir homenaje a una mujer que ha dedicado casi 40 años a sembrar palabras, belleza y esperanza: la maestra Ana Rosa García Mayorga.
El lugar, con sus muros cargados de historia y sus estantes repletos de libros, se transformó esa tarde en algo parecido a un altar vivo de la memoria cultural colimense. Desde la bienvenida quedó claro que aquello no sería un protocolo frío ni un recuento burocrático de méritos. Era, más bien, una celebración del afecto, un reconocimiento que nacía de lo profundo y una gratitud que se respiraba en cada rincón. La maestra —colombiana de nacimiento, colimense por adopción y por vocación desde 1988— fue presentada como vanguardista, visionaria, profundamente comprometida con la educación y la cultura del estado. Su huella, se dijo, es imborrable. Y nadie en la sala dudó de esas palabras.
La primera en tomar la palabra fue la licenciada Carmen Villaseñor Anguiano, amiga de casi cuatro décadas. Con una prosa cálida y poética, fue tejiendo el retrato de una amistad que nació en 1988, cuando ambas llegaron a Colima buscando ese paraíso esquivo que llamamos calidad de vida. Carmen evocó los primeros encuentros: la sabiduría de Ana Rosa sobre herbolaria medicinal compartida en la terraza familiar, aquella casa luminosa de la calle Madero llena de plantas y “puras buenas vibras”, el apoyo solidario a las monjas colombianas del Ex Rosario, el balón de la ciencia colorido en los jardines de la Casa de la Cultura, los viajes a la escuela de Nogueras, las carpetas de cuentos bordados, las exposiciones de obras plásticas en Manzanillo, Colima, Ciudad de México, San Luis Potosí, Xilitla, Nuremberg…
La llamó “Pelerosa”, ave cantora que jamás estuvo en una jaula, canción de continuo movimiento. Recordó las noches de Teatro Urbano en un barrio viejo del centro, donde los relatos de la infancia colombiana —ríos navegables, arepas, tribus gitanas, colegio de monjas— se mezclaban con el calor del aguardiente de Caldas y convencían a todos de que soñar y vivir es cuestión de actitud y sencillez. Cerró con una imagen reciente y mágica: el brindis por la apertura nocturna de las reinas de la noche, docenas de flores temblando al abrirse hasta su plenitud. “Gracias a la Rosa por tu amistad transparente, por tu vida cristalina y cantarina”, dijo. Y el público sintió que esas palabras eran de todos.
Después tomó la palabra la maestra Marina Saravia Saravia, quien ofreció un recorrido riguroso y emocionante por la pedagogía, el arte y la historia de Ana Rosa. Marina, con su larga trayectoria en museos, culturas populares y literatura, situó a la homenajeada en su origen: Guamal, Magdalena, Colombia, hija de un padre dueño de la única tienda del pueblo y de un radio de onda corta, poseedor de una biblioteca abierta al público. Desde los cuatro años, leyendo cajas de mercancías y luego cuentos de los hermanos Grimm, la niña Ana Rosa salía corriendo por la calle tocando una campana para anunciar “la hora del cuento”. Esa intuición temprana de la magia de las palabras se convirtió en vocación de por vida.
Marina detalló la llegada a México en los setenta, el trabajo en el Programa Nacional de Iniciación Creativa del INBA, y luego, en Colima, la gestación de proyectos transformadores: la presencia de Rius, José Agustín, Eugenia Revueltas y, especialmente, Luisa Josefina Hernández, quien escribió una obra para el grupo teatral de Cultura y formó académicamente a sus integrantes. La llegada de Francisco Garzón Céspedes, fundador de la Cátedra Iberoamericana de Narración Oral, permitió formar grupos de narradores que representaron a Colima en eventos internacionales. Ana Rosa no se limitó a los niños: abrió talleres de historias de hilos y colores para adultos mayores, donde narrar, dibujar y bordar se convertían en ejercicios de reflexión y salud cerebral.
Publicó libros fundamentales como Jugando a sanarte (narración oral para niños hospitalizados) y Enseñanza de la música culta a partir del medio familiar y cultural del niño. Creó la Biblioteca de Pequeños Creadores, que editó cien libros con niños de Nogueras, Suchitlán y escuelas de Colima. Trabajó con menores de capacidades diferentes, con niños hipoacúsicos formando una banda de percusión que escuchaba la música “a través de la piel”, y rescató la tradición del muñeco de trapo. Y, en un gesto de coraje y humanidad, se acercó a adolescentes de la banda MS en la colonia TivolÍ, a quienes nadie se atrevía a hablar, y les contó cuentos de hadas. Ellos, que solo habían conocido gritos y golpes, descubrieron por primera vez el poder de la narración. “Todos los seres humanos tienen la posibilidad de mejorar, de salvarse”, afirmó Ana Rosa. Y Marina lo reiteró con convicción.
La tercera intervención estuvo a cargo de la doctora Ada Aurora Sánchez Peña, un texto de altura literaria y profundidad afectiva titulado “Un manto mineral, un ave planetaria, una flor para Ana Rosa García Mayorga en su homenaje”. La doctora, catedrática, poeta e investigadora, partió de una pregunta esencial: ¿cómo se llega a los noventa años con juventud intacta, con energía en los gestos y espontaneidad en la sonrisa? La respuesta: viviendo de y para lo que se ama —el arte, la narración oral, la docencia y el cultivo de las amistades—.
Recuperó la semblanza que ella misma había leído en 2023 cuando la Universidad de Colima nombró a Ana Rosa Maestra Universitaria Distinguida, y amplió el foco sobre el proyecto más trascendente: la Unidad Lúdica Margarita Septién, fundada en 1996 en Nogueras, Comala. Allí, niños de seis a doce años recibían, dentro del horario escolar y por elección propia, talleres de artes visuales, literatura, música, teatro, narración oral o acrobacia. Con un equipo de profesores extraordinarios, la maestra movilizó un espacio de juego, invención y alegría que impactó no solo a los infantes, sino a toda la comunidad. El alumnado realizó exposiciones y espectáculos dedicados a Alejandro Rangel Hidalgo, Silvestre Revueltas y Federico García Lorca; incluso recibieron una carta de felicitación de Isabel García Lorca, hermana del poeta. El proyecto obtuvo premios internacionales y llevó a los niños a exposiciones en Holanda, Japón, Estados Unidos, Alemania, Canadá, Serbia y Sudáfrica. Una segunda etapa (2017-2020) con el apoyo de la Fundación Manos en tu Ayuda se vio interrumpida por la pandemia, pero la huella permanece.
La doctora cerró citando a Pablo Neruda: a quienes verdaderamente vivos florecieron, no acerquemos la medida del tiempo. Mejor démosles un manto mineral, un ave planetaria, una flor.
Cuando por fin tomó la palabra la propia maestra Ana Rosa, el silencio fue reverente. Con voz clara y emoción contenida, agradeció el privilegio de tener a todos presentes y reconoció a quienes impulsaron su trabajo: el maestro Maximiano Ernesto Terríquez Sámano, quien la recibió con mucho entusiasmo en la Casa de la Cultura y le dio espacio y apoyo desde el primer día; la licenciada Ana Cecilia García Luna, quien la nombró Coordinadora Estatal de Desarrollo Cultural Infantil; el arquitecto Juan José Arias Orozco, subsecretario de Cultura y amigo de décadas; su familia —Pablo, Maya, Mónica, Noelia—; las madres y alumnos de Nogueras; las compañeras de SODETAM; y de manera especial al director del Centro, Gabriel Martínez Campos, “el hombre que ha vencido tempestades” para defender ese espacio de cultura escrita. También nombró a Rogelio Camarillo, compañero de la Secretaría de Cultura, culto e incansable.
Las intervenciones del público completaron el círculo de afecto. El maestro Terríquez agradeció el trabajo conjunto en beneficio de los niños. La licenciada Ana Cecilia García Luna, primera secretaria de Cultura, recordó el viaje a Washington para recibir un premio de la Unidad Lúdica en la Casa Blanca y la preparación amorosa que Ana Rosa dio a los niños para representar al país. Anahí Álvarez, exalumna, confesó que parte de su infancia fue “realismo mágico” gracias a la maestra. Una representante de Nogueras habló de las “alas largas y raíces profundas” que la Unidad Lúdica dio a los niños. Otras voces —excolaboradoras, la poeta Grace Licea, anuncio por parte de la directora de la Universidad Intercultural de Colima—que un aula de esa institución llevará el nombre de Ana Rosa.
El arquitecto Juan José Arias Orozco entregó el reconocimiento oficial. Con humor y cariño, recordó anécdotas personales y compartió la buena noticia de que la gobernadora Indira Vizcaíno había aceptado los ocho proyectos culturales que le presentó, entre ellos la habilitación del Palacio de Gobierno como museo y la creación de un parque cultural en la zona militar. “Las cualidades que tienes y el gran talento que compartes”, le dijo, “hacen que la gente siempre te siga”.
Cerró el director Gabriel Martínez Campos, quien definió el Centro de Cultura Escrita como un espacio de resistencia: para mantener viva la lectura, la escritura y la oralidad. “No esperamos a que alguien se muera para festejarlo. Lo hacemos en vida”. Invitó a una foto histórica y a un brindis bajo la lluvia, que seguía cayendo como una ofrenda.
El homenaje del 15 de octubre de 2026 no fue solo un acto de justicia cultural. Fue un acto de amor colectivo hacia una mujer que, nacida en un pequeño pueblo colombiano, llegó a Colima y sembró semillas que todavía florecen en miles de vidas. Ana Rosa García Mayorga no solo contó cuentos: enseñó a contar, a crear, a soñar y a creer que incluso en los lugares más rotos es posible la belleza. Esa tarde, bajo la lluvia de Colima, su legado quedó más vivo que nunca: un manto mineral, un ave planetaria, una flor abierta en la noche.
