¿De qué están hechos Virgilio Mendoza y Felipe Delgado?

Cuando los trabajadores del Estado intentaron im pulsar a una figura de su propio gremio hacia una diputación federal, fracasaron rotundamente.

En días pasados, uno de los mejores litigantes del sistema estatal y federal nos hizo una corrección puntual sobre los términos que frecuentemente utilizamos en la política local. Nos señaló que para ostentar la categoría de líder se requiere mucho más de lo que habitualmente se cree; la mayoría de los actores políticos no son líderes, sino simples encargados, secretarios generales o dirigentes de partido. Tienen cuotas de poder heredadas por el dinero y las estructuras, pero están muy lejos del liderazgo real. Para ejemplificarlo, nos sentenció con agudeza: «Mira, aunque me cae mal, Andrés Manuel López Obrador es un líder».

Años atrás, un alto funcionario estatal me advertía con cinismo ante un diputado destacado: «Por favor, Terriquillo, el poder los hace y el poder los destruye. Cuando se bajan de la foto, desaparecen». Y enumeraba nombres que en su momento parecían intocables: el ingeniero Jesús Robles Martínez, Carlos Jongitud Barrios, Elba Esther Gordillo, y en el ámbito local, Agustín Martell, Víctor Cerda y en el futuro Héctor Arturo.

El mismo exfuncionario recordaba cómo en Colima, Carlos Vázquez Oldenburg, siendo alcalde capitalino, logró desplazar a uno de los líderes sindicales más difíciles en tiempos complejos, mientras que su sucesor en el municipio terminó enviando a otro líder a la cárcel por desfalco financiero. Por ello, los gobiernos municipales harían bien en dejar de justificar su inacción culpando sistemáticamente a los dirigentes sindicales: si en verdad existe voluntad política, los marcos legales permiten sancionar o despedir a quienes incumplen sus obligaciones laborales.

Volvamos entonces a la pregunta central: ¿Qué son en realidad figuras como Fernando Moreno, Martín Castañeda, Mario Anguiano o Nacho Peralta? El primero y los extremos de la lista son exgobernadores. En cuanto a Martín Flores, la realidad es inocultable: no ha podido garantizar el triunfo de los candidatos que dicen contar con el respaldo de la burocracia estatal. La prueba más clara es que, cuando los trabajadores del Estado intentaron impulsar a una figura de su propio gremio hacia una diputación federal, fracasaron rotundamente. Ahí está la respuesta: una cosa es el membrete de secretario general y otra muy distinta el liderazgo efectivo. La última palabra, por supuesto, la tienen ustedes, los lectores.

Las próximas semanas pondrán a prueba de qué están hechos Virgilio Mendoza Amezcua, senador de la República, y Felipe Delgado Carrillo, diputado federal. El primero ha vivido bajo el influjo del poder durante años, aunque de la noche a la mañana le arrebataron las riendas de su partido en el estado. Su escaño senatorial se mantiene firme por el periodo constitucional, y su bastión político real sigue concentrándose en el Segundo Distrito Local, particularmente en el puerto de Manzanillo. No obstante, las semanas venideras serán decisivas para que Felipe Delgado demuestre si posee peso político propio o si solo fue un beneficiario circunstancial. En la reciente rueda de prensa donde informó de su renuncia como dirigente del Partido Verde (el Tucán) en Colima, no se percibió una fuerza o estructura significativa respaldándolo ni en el Primer ni en el Segundo Distrito.

 

Nadie discute los aciertos de los gobiernos municipales que encabezó Virgilio en Manzanillo —superando con creces a cualquier otro aspirante a la gubernatura—, pero en la política real, los buenos antecedentes no lo son todo. Si así fuera, él hoy sería el candidato indiscutible, ya sea de la autodenominada Cuarta Transformación o de la oposición. Si decide negociar con el PRIAN, tiene una ventana histórica para hacerlo, pero tendrá que demostrar con qué cartas cuenta realmente al sentarse a la mesa

Por su parte, Felipe Delgado Carrillo es el reflejo más fiel de cómo el sistema político manufactura operadores: sin una trayectoria propia de peso, salta a la diputación federal y asume la dirigencia del partido verde en la entidad. Una posición que heredó de manera tranquila, cortesía de la retirada voluntaria de Virgilio Mendoza y sin que Delgado tuviera que librar una batalla a nivel nacional para lograrlo. Felicitamos a la familia Delgado Carrillo por esa unidad y fortaleza; el apoyo mutuo es fundamental cuando alguien trasciende. Aunque nuestro trato ha sido distante, los breves diálogos sostenidos han sido siempre cordiales y respetuosos con Felipe Delgado.

Sin embargo, el escenario para Felipe Delgado no es sencillo. En una coyuntura donde la marca Morena acapara los apetitos políticos, movilizar simpatías hacia una propuesta ajena o propia es una tarea titánica. Si las cúpulas nacional y local no lo respaldan, el nuevo dirigente estatal corre el riesgo de sucumbir. Para oxigenar su gestión, las señales en redes sociales apuntan a figuras como Guillermo Toscano o Esther Gutiérrez Andrade —según las lecturas de los detractores de esta última—, lo que tendría lógica estratégica si la intención es sumar activos que la oposición hoy desaprovecha por falta de oficio político.

 

Reflexiones. El tablero político comienza a moverse con miras a las elecciones de 2027. Más vale que al interior del Gobierno del Estado se replanteen las estrategias y se respalde a quienes realmente se esfuerzan por fortalecer la imagen de la mandataria estatal y de Rosa María Bayardo Cabrera. Hasta ahora, los asesores importados de la Ciudad de México, sumados al estratega despachado desde Monterrey, lo único que han conseguido es fracturar la relación institucional entre el gobierno y los medios de comunicación locales. Pese a los millonarios recursos invertidos en la prensa, las imágenes de ambas figuras no despegan porque sus operadores ignoran por completo la dinámica del periodismo colimense; el estratega regio, encumbrado en su soberbia y anclado en sus viejos vínculos con Nacho Peralta, es incapaz de leer un escenario distinto.

Se rumora con insistencia que el susodicho operador de Monterrey está por retornar a la entidad para coordinar la campaña de Rosa María Bayardo Cabrera —un personaje que, según los cibernautas, desde los tiempos de Peralta Sánchez cobra honorarios desproporcionados para los pobres resultados que entrega—. Mientras tanto, la oposición se frota las manos: Mely Romero Celis, virtual candidata opositora, hace votos para que esta debacle comunicacional continúe. Saben perfectamente que, si el gobierno insiste en centralizar y malgastar los convenios de comunicación con estos personajes ajenos al estado, el terreno mediático terminará entregado en bandeja de plata a sus adversarios.

 

Para despedirme. Una precisión necesaria sobre nuestra entrega del sábado pasado. Cuando señalamos que algunos priistas se oponen a Mely Romero para respaldar al alcalde de Colima, no nos referíamos a los dinosaurios de siempre, sino a aquellos que desprecian el trabajo de las generaciones que les antecedieron y gracias a los cuales hoy existe infraestructura y gobernabilidad en Colima. Si bien la política nacional dirigida por Alejandro Moreno (Alito) justifica confrontar ciertas estructuras, lo verdaderamente lamentable es que se fomente la polarización y el resentimiento al interior de las entidades federativas. Nos leemos en la próxima entrega.