
Cerca de la enramada de Don Panchón, mejor dicho, a un costado, había una pequeña ramada de pescadores del poblado, que no era propiedad de nadie, pero a donde acudían todos los que después de aguantar los r
ayos despiadados del sol, al salir del mar y márgenes del río de Coahuayana, pasaban un rato de sombra y descanso.
Algunos ya la hacían suya, en una mesa jugando baraja, cubilete o simplemente tomando una cerveza. Don Panchón que estaba al lado, les vendía y les daba alguna botana de pescado, para que pasaran el tiempo, le llamaban, “el lugar de los niños perdidos”.
Sucede que los cortadores de coco de palma y plataneros también acudían ahí para “hacer las once”, pretexto a ir a tomar sus cervezas a esa hora. Era muy común ver las reuniones de los trabajadores, muchas veces no ajustaban las tres mesas que Don Panchón arrimó, porque ya lo veía como un negocio suyo.
Se dio a la tarea de hacer un
as bancas de dos metros de largo, con vena de palapa y varas, porque la mayoría solo asistía a degustar el agua de coco, refresco y cerveza.
Por la mañana, para hacer las once llegaron Zeferino y Romualdo, era sábado, se salieron del trabajo para tomar y ahí sentados en la arena de respaldo un horcón, con una piedra para devastar sus machetes, daban brillo con un filo fantástico con la limpieza de sus instrumentos de trabajo, ellos cortaban los racimos de plátano de la huerta de Chava Chávez.
El calor y su conversación los hacía estar tan a gusto, que siendo las doce horas permanecían sin ánimo de regresar al trabajo, vieron pasar a Doña Chelito con un grupo numeroso de niños y algunos jóvenes, era la madrina del pueblo, juntos acostumbraban ir a bañarse al río o a la mar, el chapotear de una turba de chamacos era muy notoria por su alegría, en el poblado todos eran conocidos y se reunían para los alimentos del desayuno o la cena, después ella les contaba aventuras y les enseñaba algunos rezos o contaba pasajes de la Biblia.
El río por sus corrientes y choque con las marejadas, al hacer la suba, término para señalar cuando cambia la marea y entra a los ríos por las desembocaduras, había hecho en el centro una pequeña isla a donde los chiquillos nadando llegaban para jugar, en ese preciso momento en que se lanzaron uno de ellos y nadando quisieron cruzar a ese promontorio de arena, todos gritaron, un tiburón, un tiburón, los muchachos al escuchar los gritos desesperados de los demás, con mucho esfuerzo pataleaban y sus brazos daban todo esfuerzo, para no caer en las fauces de aquel animal.
Chelito, desesperada con un pa
lo se acercó al animal, que perseguía a uno de los chamacos, asestando varios golpes a un costado de él, espantándole por un momento, saliendo juntos a las arenas ardientes. Al escuchar esto, Zeferino y Romualdo raudos se levantaron corriendo por las arenas y se lanzaron al río, aunque no muy profundo, nadaron hacia el frente del animal, ondeando sus filosos machetes, el primero sufrió un sayón de la piel del animal en una de sus piernas, dejando a Zeferino con la piel toda rojiza y raspada, pues gran parte de ella en ese lugar había sufrido una considerable fricción del escualo, que parecía ser de lija, lastimándolo en la pantorrilla.
Romualdo enfrentó solo al tiburón que dio media vuelta y se enfiló con gran velocidad sobre él, con el machete a mano alzada le recibió con un tremendo golpe sobre su hocico partiéndoselo en dos.
El animal y Romualdo se perdieron en la corriente del río, una gran mancha de sangre se miró salir a la superficie, borbollones rojos brotaban en la lucha, por fin el pez de como metro y treinta centímetros dejó ver su lomo todo cortado, pues aquel hombre que no trabajaba en la mar, con mucho valor había derrotado a ese feroz animal.
A unos veinte metros sobre la corriente salió jadeante, pidiendo ayuda de su compañero, quien nadó arrojando el machete a la playa, le tomó de su brazo, extenuados los dos se colocaron en la orilla del río, acompañados de la gritería de chiquillos que los trataban como héroes salvadores.
Otros de los pescadores se apiñaron y dijeron, que el animal flotaba muerto todavía en la boca del río, en los bajos creados por las olas del mar.
Se sabe que los tiburones llamados Gatas, son frecuente verlos en los esteros conectados a los ríos que salen a la mar, característica peculiar en que en las dos comisuras laterales tienen unas tres protuberancias largas, su estructura es de plano vientre, otros casi igual son los llamados tigres, más parecidos por lo delgado de sus cuerpos, o las cornudas de igual aspecto, los llamados toros son aquellos que, según los pescadores, solo se atreven a entrar a los ríos cuando son más profundos pero son demasiado peligrosos; puede darse el caso que entren con una suba fuerte, atraídos por el comerío de sardinas o lisas de río.
Corrió la voz en el poblado y en un momento, a los héroes los llevaron con Don Panchón, que de premio les dijo:
–Todo lo que quieran tomar este día es como recompensa y reconocimiento a su valor.
La música se escuchó de un cuarteto, les tocó unas canciones aumentando el gozo y descubriendo su bravura de hombres recios, que de ello se hacía alarde. Todo iba de maravilla hasta que apareció Anita y Felipa, a reclamar a sus maridos, que con lujo de fuerza se los llevaron a aquellos valientes hombres, una llevaba una vara de huizache bien pelada y blanca, la ondeaba amenazante, con gritos de mando ord
enaban se levantaran y se retiraran con ellas, después de dos que tres empujones tirándolos de las sillas, con mansedumbre caminaron juntos aquel par de hombres héroes, abrazados y cantando la canción, “por una mujer ladina”. Así domados estos valientes hombres que enfrentaron a un tiburón, no pudieron con sus mujeres.