Alimento para el alma


Rebeca Mendoza Silis.-

Un día, Paquito entró a su casa dando patadas en el suelo y gritando muy molesto. Su padre, lo llamó. Paquito, le siguió diciendo en forma irritada: Papá, ¡Te juro que tengo mucha rabia! Pedrito no debió hacer lo que hizo conmigo. Por eso, le deseo todo el mal del mundo, ¡Tengo ganas de matarlo! Su padre, un hombre simple, pero lleno de sabiduría, escuchaba con calma al hijo quien continuaba diciendo: Imagínate que el estúpido de Pedrito me humilló frente a mis amigos. ¡No acepto eso! Me gustaría que él se enfermara para que no pudiera ir más a la escuela.El padre siguió escuchando y se dirigió hacia una esquina del garaje de la casa, de donde tomó un saco lleno de carbón el cual llevó hasta el final del jardín y le propuso ¿Ves aquella camisa blanca que está en el tendedero? Hazte la idea de que es Pedrito y cada pedazo de carbón que hay en esta bolsa es un mal pensamiento que va dirigido a él. Tírale todo el carbón que hay en el saco, hasta el último pedazo. Después yo regreso para ver cómo quedó. El niño lo tomó como un juego y comenzó a lanzar los carbones, pero como la tendedera estaba lejos, pocos de ellos acertaron la camisa. Cuando, el padre regresó le preguntó: Hijo ¿Qué tal te sientes? Cansado, pero alegre. Acerté algunos pedazos de carbón a la camisa. El padre tomó al niño de la mano y le dijo: Ven conmigo quiero mostrarte algo. Lo colocó frente a un espejo que le permite ver todo su cuerpo. ¡Qué susto!  Estaba todo negro y sólo se le veían los dientes y los ojos. En ese momento el padre dijo: Hijo, cómo pudiste observar la camisa quedó un poco sucia, pero no es comparable a lo sucio que quedaste tú. El mal que deseamos a otros se nos devuelve y multiplica en nosotros.

Por más que queremos o podamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos y la suciedad siempre queda en nosotros mismos. (Desconozco su autor). Entiendo perfecto que muchos de nosotros hemos pasado por esta situación en algún momento de nuestra vida, sobre todo, las personas rencorosas (de hecho son quienes más sufren por este tipo de situaciones) no entienden de razones y prefieren cargar con ese odio que los va ensuciando como a Paquito, porque se llenan de amargura y odio. El manejar este tipo de emociones puede llevarnos a enfermar,   el perdonar a quien nos ha lastimado, nos libera y nos sana, y no es que le estemos otorgando un premio, ni tampoco que vayamos a olvidar lo que nos hizo, porque el olvidarlo nos llevaría a cometer nuevamente el mismo error hasta aprenderlo, ya sea con la misma persona e incluso con otras.

Recordemos que por ello los seres humanos nos encontramos aquí, para aprender y no dejamos de aprender, siempre hay algo nuevo. El perdonar, un día escuché que es “recordar sin odiar” y creo firmemente en ello, porque soy de las que recuerda muchas cosas que en su momento me dolieron, sin embargo, hoy no lo hago con odio, y cuando me doy cuenta de que algo aún no sana, sigo trabajando en ello. Recordar sin odiar lo que nos sucedió, nos da el aprendizaje de ser precavidos y de exentar la prueba que se nos puso en el camino, si no la estaremos repitiendo una y otra vez hasta aprobarla, así que nosotros decidimos cuánto queremos tardar. Se dice que lo que proyectamos en el exterior es un claro reflejo de nuestro interior, es nuestro ser y alma que se expresan en todo su esplendor… “Es lo que realmente nos embellece” y si lo vamos apagando con el odio, nuestro cuerpo inevitablemente lo refleja con caras amargadas, afligidas, enojadas, frustradas, tristes y cuerpos enfermos. Nuestra reflexión de hoy lo plasma de una manera muy entendible, sino perdonamos quedamos como Paquito y la otra persona como la camisa. Que tengas un excelente inicio de semana lleno de hermosas bendiciones, recuerda que es nuestra responsabilidad cuidar de nosotros, con respeto y con amor. Tus comentarios a [email protected]