Añoranzas del barrio


Hoy quiero plasmar algunos recuerdos que tengo del Manzanillo de mi niñez y adolescencia, que seguramente todos los de mi generación también recordarán con cariño. Quiero aclarar que son únicamente mis memorias y vivencias, las cuales me dejaron marcada para siempre, pues me formaron y son parte de mi esencia.

Quiero decir que la colonia porteña que me vio nacer fue la Libertad. Esta parte de la ciudad era físicamente muy fea, pues era completamente de tierra y piedrecillas sueltas; nada que ver con la actualidad, en que el pavimento es de concreto hidráulico. Sin embargo, recuerdo perfectamente que era una colonia llena de niños, mis hermanos y yo entre ellos.

Esperábamos con muchas ansias que se hicieran como las 7 de la tarde para salir a jugar los acostumbrados juegos de ronda y brinca soga, y después de mucho girar y saltar, seguían los de correr, como la traes, los encantados y el declaro la guerra. Este último era una ligera versión del beisbol, ya que tenía sus bases y su home. Los porrazos que nos dábamos entre juegos eran duros; sin embargo, teníamos que aguantar las dolencias, porque, dónde nuestras mamás se enteraran, ya no nos dejaban jugar ese día. Y tenían razón, pues nos curaban las heridas.

Esta pequeña glorieta triangular a la entrada hacia la calle Aldama atrás de la Hidalgo por El Tajo, es conocida popularmente como La Isla.

La chiquillera de la Libertad acudíamos en su mayoría a la escuela Marina Nacional. Esta era un plantel  bastante feo, la verdad. Los salones se componían de palapas alargadas, donde en ellas cabían dos o tres salones, sin una división entre salón y salón, a no ser por un pizarrón. En medio de la escuela había una asquerosa alberca con agua verdosa, completamente enlamada y llena de basura. Las únicas partes de concreto que recuerdo eran, obviamente, la dirección, que, por cierto, tenía un pequeño anexo, donde estábamos los del 4º. B, con ocho alumnos a lo más, con el maestro Luis Humberto Osorno y a un lado de la dirección estaba otro salón donde daba clases la maestra Efigenia.

Al llegar al quinto año, en 1982, mi mamá se topó con que ya no recibiríamos clases dentro de las instalaciones de la escuela; sino que estas serían ahora al aire libre, en la calle Mariano Matamoros, de la misma colonia Libertad. Esto, porque la escuela en esa año sería derribada, para hacer una completamente nuevecita, más digna. Esta situación no le pareció a muchos padres, que optaron por sacar a sus hijos de la Marina Nacional. Afortunadamente, mis papás no hicieron eso, por lo que a mis hermanos y a mí nos dieron el permiso de tomar nuestras clases en la calle.

Como un dato curioso, nunca voy a olvidar el vals que bailó mi hermano en sexto. Debido a que los cables de la bocina del sonido estaban a la intemperie, estos eran pisados por la gente que fue al festival de fin de año, cortando el sonido en varios intervalos. Cada vez que eso sucedía, las parejas se quedaban congeladas por algunos minutos, causando la risa y la admiración de los padres que presenciaban el evento.

La calle Aldama nació tan de forma irregular que ni siquiera tiene un trazado recto, como se puede apreciar en esta foto.

La construcción de la escuela Marina Nacional duró exactamente un ciclo escolar, pues para el 2 de septiembre de 1983 la escuela ya estaba completamente nuevecita de paquete; y no solo los muros, sino todos los pupitres, escritorios, pizarrones, etc. Así que, al llegar al sexto año me tocó estrenar las nuevas instalaciones del plantel mencionado, las cuales son las que existen hasta el día de hoy.

Tuve el privilegio de ser de la primera generación que salió de la nueva escuela, y digo privilegio, porque muchos padres que habían rechazado dejar que sus hijos estudiaran en la calle por un año, ahora fueron rechazados al querer regresarlos, cuando vieron la escuela nuevecita y muy bonita. No fueron admitidos porque no quisieron pagar el precio, pasar los sacrificios y penurias que todos pasamos por igual a la intemperie, tanto alumnos como maestros.

Y, ¿qué decir del paso del tren por la colonia Libertad? Los chiquillos de ese entonces conocimos varios tipos de furgones. Recuerdo muy bien las góndolas peleteras, los carros de carga, que eran completamente cerrados con una puertita en medio y, sobre todo, las ferro-pipas; esos furgones redondeados que llevaban combustible. En mi niñez no vi contenedores, ya que eso es muy moderno. A los niños nos gustaba mucho juntar las bolitas de pellet que se le tiraban al tren debido a que iban muy llenos los carros que las transportaban. Las juntábamos porque se nos hacían, según nosotros, unas piedras muy curiosas. Se las llevábamos a nuestros papás, quienes nos decían que no eran piedras, sino bolitas de metal, que extraían de la minera Peña Colorada.

Una de las cosas que nos emocionaban mucho eran los constantes apagones, pues en los ochentas la luz se iba a cada rato y a veces por más de una hora. Nos emocionábamos porque no podíamos correr, debido a la oscuridad, pero nos sentábamos en las banquetas a inventar cuentos de vampiros y hombres lobos, que generalmente eran vencidos por el Santo y Blue Demon, pues en esa época esas películas estaban de moda.

La central camionera de Manzanillo fue el centro de la vida de la colonia Libertad hasta el terremoto de 1995.

En cuanto a la insalubridad, en aquellos tiempos abundaban los mosquitos, los jejenes y las ratas; no ratones, sino ratotas de cuatro patas (para que no haya confusión). Sin embargo, debido a la proliferación del mosquito trasmisor del paludismo, a cada rato iban los de salubridad a pincharnos un dedo para extraer sangre y cuidar así que no contrajéramos el virus. Nuestras casas eran marcadas con las letras CNEP, que quería decir: Campaña Nacional para la Erradicación del Paludismo, con un número distinto de casa en casa, que por nada del mundo debía de ser borrado.

Otra actividad propia de la colonia Libertad era la que se generaba por la Central Camionera, pues esta se encontraba donde actualmente está una tienda departamental. Esta le daba vida a la colonia. Recuerdo que a muchos nos gustaba ir al andén donde llegaban los autobuses, solamente por la curiosidad de saber de dónde venía tanta gente, y se nos hacía muy grande saber que llegaban o salían autobuses para algunas ciudades lejanas del norte del país y otras del centro de la nación. Pero lo que más nos asombraban eran los camiones 3 estrellas de oro, ya que eran los de lujo y tenían una forma muy peculiar, pues eran escalonados, y esto se notaba desde fuera.

Dentro de la central había una cenaduría y muchos otros locales de tiendas de regalos y revisterías. Daba tanta vida, que los miércoles se ponía un pequeño tianguis, donde nuestras mamás compraban ropa y los chiquillos tomábamos aquella deliciosa agua de horchata que vendían a la entrada. Su sabor era tan singular, que nunca he vuelto a probar otra igual, ¿será que esa sí era verdaderamente de semillas de melón, y no de arroz, como ahora le dicen a la de horchata?

Por los años 80, mi barrio era muy feo, como dije al principio de la columna; pero los colonos éramos muy felices, sobre todo, los chiquillos. Las amistades entre vecinos eran genuinas y duraderas. Todo el mundo nos conocíamos, pues mientras los chiquillos jugábamos, muchos papás sacaban sus sillas a las banquetas para platicar.

¡Ah, qué tiempos aquellos!

La colonia Libertad es la parte baja del Sector 6 que se ganó rellenando la laguna de Cuyutlán a partir de 1950.