Tuvo una de las tres cafeteras modernas del país, junto a Sanborns del DF y La Parroquia de Veracruz
Uno de los olores más hermosos que quizá haya en el mundo es el del café. Es muy agradable el aroma que despide una humeante taza de café que se sirve en medio de una plática entre amigos; pero nada como el olor que despide el grano entero al ser molido.
Uno de los puestos más emblemáticos del desaparecido Mercado Reforma -que se encontraba ubicado en la cuadra en donde desde hace muchos años está ubicado el conglomerado de locales y oficinas conocido popularmente como el Centro Comercial- fue el Café Ramos, que marcó toda una historia, y que sobrevivió varios años a la reubicación del centro de abastos a su presente ubicación, ya con el nombre de Mercado 5 de mayo.
A LA PAR DE LA PARROQUIA EN VERACRUZ Y SANBORNS EN CIUDAD DE MÉXICO
En 1949 llegó un barco de Alemania a nuestro puerto. Traía a bordo un enorme aparato que servía para tostar grano de café, el cual era el más moderno de su tiempo para la época, ya que funcionaba de manera eléctrica y con petróleo a la vez. Para esa época, un tostador de su tipo no era común.
En nuestro país, según el testimonio de la familia Ramos, sólo existían dos aparatos como este: Uno en el puerto de Veracruz, en el Café de La Parroquia, y otro en la Ciudad de México, utilizado por Sanborns. El de los Ramos, fue el tercero. El propietario del Café Ramos, Don Marcelino, supo de este aparato por un vendedor que le visitó en su domicilio de la calle Madero, llevando un catálogo con instrumentos que en ese tiempo se exportaban de países europeos.
MUY QUERIDO Y SIN COMPETENCIA
Don Marcelino Ramos Gallardo fue un hombre muy querido del viejo Manzanillo, el cual tenía una industria procesadora de café, llamada Café Ramos, la cual operaba en su casa, sobre la calle que hoy aun ocupan algunos de sus descendientes, la Madero, que en aquella época era un terreno recientemente ganado a la laguna. También tenía un local comercial pequeño en el Mercado Reforma, donde se molía el grano y se vendía en botes.
Era una persona muy trabajadora, muy exitoso en el ramo que trabajó. Era él quien surtía a todos los barcos que llegaban a los muelles de nuestro puerto. Era muy conocido por los capitanes de los buques mercantes y de la Armada de México, quienes en cuanto echaban el ancla, pedían grandes dotaciones del mejor café de la región. Era el único cafetero en Manzanillo, así es que no tenía competencia. Ramos Gallardo compraba por toneladas en Suchitlán y San Antonio pura planchuela seleccionada.

Tostadora de grano del café Ramos.
DESDE ABAJO CON ESFUERZO
Marcelino Ramos nació el 16 de enero de 1913 en el Grullo, Jalisco. Fue hijo de Gregorio Ramos y Santos Gallardo, ambos jaliscienses. A los ocho años vino a Manzanillo con su padrino Gabino Ruelas, a quien consideraba como su padre. Con él aprendió todos los secretos del comercio, ayudándole en su tienda de abarrotes. Ya en los años 30, en su plena juventud, administró la tienda de raya de la Crom por unos años.
Como era muy ahorrativo, en poco tiempo tuvo la suficiente para poder independizarse, y así empezar a volar con sus propias alas. En el año de 1948, en su casa puso unas grandes bodegas, donde instaló tostadoras, molinos, básculas y todo lo necesario para iniciarse en el mercado cafetero en grande. De ahí se llevaba los botes llenos del producto listo para venderse y consumirse.
Vendía varias clases de café: el torrificado, que es el café cubierto por una película de azúcar caramelizada, de primera y de segunda, de tostado claro, exprés y regular, y de sabor fuerte, suave y medio, así como de molido fino, grueso e intermedio.
UN NUEVO COMIENZO EN EL 5 DE MAYO
Se casó por esos años con Doña María Becerra Cosío, originaria de la ciudad de Colima, con quien procreó a cinco hijos: Lilia Imelda, Gregorio Guadalupe, María Yolanda, Midia Alicia y Lourdes Leticia.
Tras ser el rey por años en el Reforma, se trasladó con todos sus colegas comerciantes al nuevo mercado de la ciudad, el 5 de mayo. Para entonces ya también se encontraba vendiendo el afamado café de Comala.
Fue parte de la unión de locatarios, y llegó a ser su secretario general. También hizo una intensa labor altruista que nunca quiso que trascendiera. Destinaba una parte de sus ganancias para donar camas y cortinas para la Cruz Roja y también regalaba bancas a las parroquias.
El 23 de enero de 1986 le sorprendió la muerte rodeado de sus hijos y nietos. Otros comerciante cafeteros han llegado y las nuevas generaciones ya no saben nada del legendario Café Ramos.
Pero los que ahí compraron aquel grano molido de excelente calidad aseguran que no hay otro tan sabroso como aquel, y con un olor tan agradable que se quedó impregnado en sus recuerdos aromáticos del viejo Manzanillo.