Segunda y última parte
El caso fue que en otro envoltorio aparte Camacho llevó también un montón de discos de acetato de los de 33 revoluciones por minuto, en los que cabían cinco o seis canciones por cada lado. Y con eso completó el negocio. Porque en cuanto instaló su moderno aparato y logró conectarles el micrófono a las bocinas, tocó la primera canción que se oyó en toditito el pueblo, y la gente, azorada, salía para ver de dónde llegaba esa música, suponiendo que los húngaros (gitanos) que llegaban cada año al pueblo a leer la suerte y a pasar unas películas con un proyector accionado con una planta de luz portátil ya habían llegado esa vez. Pero no eran los húngaros, era el tocadiscos de Camacho, con el que, como dije, comenzó a hacer negocio, pues mediante el micrófono dedicaba canciones a quienes tuvieran con que pagarle un tostón. Y así todo el pueblo se enteraba de cuando cierto fulano andaba despechado, o de cuando tal otro estaba haciéndole la ronda a zutanita de tal, porque Camacho, desde detrás de su mostrador, y con el micrófono en mano, anunciaba a todo volumen y “a los cuatro vientos”: “La siguiente melodía está dedicada por el apuesto joven Equis, a la guapa señorita Ye”, y luego salían canciones como “Perfidia”, “Nosotros”, “Farolito”, “Cielo Rojo” y otras por el estilo.
Camacho, pues, tuvo el mérito de haber llevado, como quien dice, la música de moda al pueblo salinero, y fue en ese tocadiscos suyo en donde también escuché cantar al “Piporro”, a Cuco Sánchez, a Lola Beltrán, a Amalia Mendoza y a numerosos tríos de la época. Aunque por más variados que fueran los discos de Camacho, eran realmente pocos, así que en una semana muy bien podría él repetir todo su cancionero diez o más veces. Mientras que uno, hasta sin querer y sin ponerles atención, se las iba aprendiendo. Y fue así como me aprendí, por ejemplo: “Amarga Navidad”, “Ando volando bajo”, “Llegó borracho el borracho”, “Tú”, “Cuatro caminos”, “El Jinete”, “Cerca del mar”, “Vereda tropical”, “Mil noches”, y muchas más.

Aunque no sea ésta la “Máquina 501”, así me la imaginaba yo. Llegando a la estación de Cuyutlán, entre palmares.
La inicial canción que oí del Piporro se titula “El Taconazo”; y la del Charro Avitia fue el Corrido de Jesús García, un corrido cuya historia hizo mella en mi corazón:
Para quienes no hayan tenido la oportunidad de escuchar ese corrido, les comento que inicia diciendo: “Maquina 501/ La que corrió por Sonora/ Por eso los garroteros/ el que no suspira llora. / Era un domingo señores/ Como a las 3 de la tarde / Estaba Jesús García/ acariciando a su madre. / Dentro de pocos momentos/ Madre tengo que partir/ Del tren se escucha el silbato/ Se acerca mi por venir. /Cuando llego a la estación/ El tren ya estaba silbando / Y un carro con dinamita se les estaba quemando…” Etc.
Y si afirmo que ese corrido (que también se conoce como “Máquina 501”) hizo mella en mi corazón fue porque la casa en donde vivíamos en Cuyutlán estaba situada a sólo cuadra y media de otra estación del ferrocarril, en la que paraban los trenes de carga y de pasajeros que viajaban regularmente entre Guadalajara, Colima y Manzanillo. Una estación rodeada por muy verdes y altos palmares de cocoteros a la que, por las tardes, cuando no íbamos a la escuela, o cuando no estábamos en la playa, los niños del barrio la convertíamos en nuestro campo de juegos; entre los que hacíamos, por ejemplo, equilibrios caminando sobre un solo riel, o brincando sin caernos de un riel al otro.

Otra vez el autor de estas líneas, en la misma estación, con unos amigos, en la actualidad.
En ese contexto, como las acciones que se describían en el corrido de Jesús García sucedieron en una estación de ferrocarril, yo, niño ignorante de la geografía, no podía saber que la estación de Nacozari, Sonora, está en un desierto, y me imaginaba que el vagón de dinamita que finalmente explotó, lo habría hecho también junto a un palmar similar a los que yo veía diario, y que los cuerpos carbonizados de él y los garroteros habían quedado como a un kilómetro de allí, yendo para Manzanillo.
Para completar mis creencias infantiles, resulta también que fue en ese cine al aire libre que les digo, en donde vi igual, actuando y cantando al “Charro Avitia”. Aquel cine, rural y rústico, estaba cercado con “venas” de palapa, tenía piso de arena y troncos de palma puestos a lo largo sobre el suelo para sentarse, y en él pasaban casi puras películas tipo “Allá en el Rancho Grande”, “Cartas marcadas”, “Los tres García” o “Hasta que perdió Jalisco”, en las que lo que aparecía eran charros o hacendados a caballo, mariachis tocando en fiestas rancheras, campesinos con sus yuntas y arados, vaqueros lazando o jineteando, corrales de ordeña y paisajes campiranos (muchos de ellos de Jalisco, que son muy parecidos a los de Colima), por lo que yo veía en las películas era casi lo mismo que en la vida real.

El autor de estas líneas junto a la estación del tren en Cuyutlán, 1960.
En esa línea de ideas, los escenarios de la película “Primero soy mexicano”, en la que Pancho Avitia llevó un papel casi estelar, junto don Joaquín Pardavé, Luis Aguilar y Flor Silvestre, entonces muy joven y bella, nos muestra una vieja casona de techos y corredores de teja, noria y patios empedrados muy similares a los ranchos colimotes. Y aunque no recuerdo en cuáles otras películas lo vi actuar, me queda muy claro que en el tocadiscos de Camacho lo escuché muchas veces entonando una muy alegre canción que en su estrofa inicial dice: “Llegaron los camperos con sus guitarras cantando alegres, vienen por los esteros, y entre el zacate verde luego se pierden por los potreros”. Tema y señales locales que me llevaron a creer, igual, que si el Charro Avitia no era paisano nuestro debería ser al menos nativo de Jalisco. Porque en mi tierra era cosa frecuente oír “vamos a campear” y porque las salinas de Cuyutlán están precisamente junto a unos esteros, y muy cerca de grandes palmares, llenos de zacate verde, etc.
Pero mi creencia, pues, se cayó al suelo cuando, como les dije arriba, me tocó leer en el periódico “El Fronterizo”, que el Francisco Avitia Tapia no había nacido donde yo creía, y que se había iniciado como cantante y artista precisamente en Ciudad Juárez.