Carlos Valdez Ramírez



¡Pas!, ¡pas!, ¡cas!, ¡bum! Se escuchó un ruido muy alto del escape de una motocicleta. Mirando por la ventana del edificio de la Imprenta de Gobierno, que da al estacionamiento, una humareda  abundante salía del motor de la motocicleta del joven Carlos Valdez Ramírez, quien no podía apagar su vehículo.

El personal que se encontraba cerca del lugar se asomó. Todos vieron a aquel muchacho vivaracho, alegre, de peinado con copete alzado, que al fin logró poner en paz a la máquina aquella. El joven Carlos se encaminó por las gradas que daban a lo que era el taller linotipo gráfico, saludando, como era su costumbre, de manera personal, diciendo los nombres de todos.

Don Miguel Bonilla Valle, director de la imprenta, le comentó:

—Muchacho, te vas a matar en ese aparato, casi se incendia, o parecía, por el humo que ya estaba despidiendo.

—No, Don Miguel, tengo gran destreza, esos motores los conozco a la perfección, tengo vista una nueva en la Islo de 125 cc, solo me falta completar el enganche de mil pesos, me faltan 200.

Don Miguel, que se veía a todas luces que era de su estima dijo:

—Mira, joven, te los presto, porque no quiero te pase nada, añadió. Qué se te ofrece, que vienes entusiasmado.

—Mire Usted, Don Miguelito Barajas, del negocio de papelería la Palma en el centro de la ciudad, me dijo necesitaba unas libretas para sus empleados, porque ahora desde la bodega surtirá lo que le pidan su personal, para los clientes y me encargó mil. Vengo a ver en qué me ayuda, el pedido es de cien libretas de cincuenta hojas, para pequeñas anotaciones y solo pegadas por el lomo.

—Mira, lo que haremos es que de las resmas en papel en pliego, al recortarlos para el periódico sabatino  “El Regional” quedan unos sobrantes de aproximadamente 18 centímetros, y creo está bien para las libretas que ocupas. Vente el sábado y aquí Paco, que me oye, te las dará, él es el encargado, vienes a pegarlas, aquí hay todo, después las tiras, recortas y refilas a que queden para lo que la ocupas.

Carlos comentó alegremente: “Haré visita a todos los negocios del centro para venderles libretas, haré un gran negocio, Don Miguel. “Calma y trabaja con entusiasmo”, le contestó.

Se fue contento, despidiéndose como era su costumbre y dejando inundado, de humo de su motocicleta, el salón. Al sábado siguiente llegó silenciosamente, traía una moto nueva llamando a Don Miguel para mostrársela, diciendo enfáticamente:

—Los 200 pesos luego se los pago, al recibir un nuevo pedido, ya empecé a recorrer ofreciendo las libretas a todos los comercios de la calle Madero.

—Qué bueno, te felicito. Le dio respuesta.

Como yo era encargado de cortar a la medida los pliegos para el periódico, era el de más contacto con Carlos en la Imprenta, naciendo así una gran amistad, sin que se diera cuenta el director dijo: Vente, vamos a calar la moto, verás qué bonito corre. Y fuimos hasta la Piedra Lisa con Doña Luisa a su estanquillo. Comimos una torta y raspado de leche con guayaba. Esa amistad duró toda la vida, una amistad sincera. Ahí me platicó cómo conoció en el villar de Don Henry a Don Miguel; él jugaba dominó y faltaba una persona para la ronda, le llamaron a él por su simpatía y buen jugador. Les platicó de su intención de convertirse en un gran periodista, ofreciéndole Don Miguel ayuda en lo que fuera de imprenta, éste era el director de la imprenta de Gobierno del Estado de Colima. Con entusiasmo le decía: No le quedaré mal, mil gracias.

Carlos se convirtió en un visitador del taller linotipo gráfico del Gobierno del Estado y también amigo de todos los trabajadores. Siempre con su cara de alegría y en la boca el dicho: “Como estás, hermanito”. Demostrando su gentileza. No pasó mucho tiempo en que me dijo: “Seré un gran periodista y reportero. Me iré a México, el Sr. Héctor Velasco me presentará y ayudará, trabajaré en uno de los prestigiados diarios de la capital”.

No recuerdo si ya se había casado pero sí el entusiasmo que mostraba. Nunca lo olvidaré. Pasó el tiempo y regresó, llamándome e invitándome a la piedra lisa a deleitarnos nuevamente con un raspado de leche y guayaba. Me platicó todos sus esfuerzos y traía en mente formar un diario aquí, en Colima, invitándome a que escribiera temas de cultura y en varias ocasiones lo realicé cuando estaba instalada su empresa en la calle Rey Coliman.

En sus aventuras, me enteré que fue a Brasil y Perú con el amigo Leopoldo Casarrubias y Fidencio Pérez Vega, éstos sólo conocidos míos, pero grandes compañeros de él. Mucho tiempo pasó y en un café céntrico me comentó que estaba realizando un edificio, que su empresa estaría ahí. En ese tiempo yo escribía novela corta y temas de corte tradicional. Me insistió que no dejara de escribir, que él sería mi promotor de cultura y que su diario en ese momento ya “El Noticiero” estaba para que realizáramos cualquier invitación. Después publicaría la reseña de cada uno de mis libros, como así lo cumplió, siendo uno de los que lo leían antes de publicarlos. Por la confianza siempre me comentaba este yo lo presento, este otro yo coordino, me gustaría que este nuevo lo presente mi hijo Carlos.

Así, hasta la fecha he publicado  28 libros propios y seis colectivos, y participé en 952 temas culturales en su “Noticiero”, hace dos años cumplí 50 años de matrimonio, asistió a una comida familiar acompañado de su distinguida esposa Luisita, diciéndome, este regalo es vino especial, solo para ti y tu esposa. Me dio un abrazo y se encaminó unos pasos, regresando de inmediato sonriendo y expresando: Se me olvidó algo muy importante, con su alegría de siempre, me olvidé decirte, repitió:  -“Hermanito, nosotros somos una gran familia y quiero decirte que aun partiendo a la casa del señor, nos seguiremos viendo como verdaderos hermanos”.

Ahora su espíritu ronda a diario en la mente, cariñosamente, lo demás después de dos años de ese día, sabemos lo que sucedió. Le extraño y seguirá siendo mi “Hermanito del alma”. 

Septiembre de 2020.