A fines del siglo XIX, el domicilio estaba en márgenes de la laguna de Cuyutlán; hoy está a más de 10 cuadras del vaso
Desde el siglo XIX hasta entrado el XXI, la edificación que pasó a la historia de Manzanillo con el nombre de “Petrita”, permaneció orgullosa y bella, como toda una dama en el domicilio hoy marcado como Allende 24, y que antes era la calle Colima 18.
LA CASONA DE MADERA ORIGINAL SE REFLEJABA EN LAS AGUAS DE LA LAGUNA
Ahí era la casona o hacienda, donde vivía Don Cayetano Ceballos con su esposa Nabora Rubio, los cuales formaban una de las familias más acaudaladas del puerto. Ella era ni más ni menos que la viuda de uno de los hombres más ricos del estado, Don Ponciano Ruiz, cuando se casó con Don Cayetano y así parte de la fortuna de los Ruiz pasó a manos de los Ceballos.
En 1909, esta sección de la hacienda fue convertida en un mesón. Es decir, un lugar donde la gente se hospedaba y comía, a la par que a un lado dejaban a sus caballos descansando, mientras se les daba forraje en las caballerizas. Se hizo con madera que se trajo en lancha de lugares arbolados en la parte alta cercana a Manzanillo, entre esta, cedro, pino y nogal, todo de primera calidad. Hay que decir que la laguna de Cuyutlán llegaba hasta el pie de la construcción.
LA IMAGEN ICÓNICA DE DOÑA PETRITA
Posteriormente, los descendientes de Don Cayetano le dejaron la administración del lugar, ya como casa de huéspedes, a Doña Petra, una señora muy obesa que siempre recibía a todos en la puerta del establecimiento con una sonrisa, sentada en un equipal. Su imagen, pues, se hizo icónica.
Debido a la vecindad con el vaso lacustre, dentro había mucha humedad. Las maderas en mal estado se iban reemplazando periódicamente, pero algo que es interesante resaltar es que las vigas que sostenían la segunda planta, que eran las originales, jamás se pudrieron o dañaron en ningún modo. El piso todo era de duela artísticamente tratada, alisada, y sólo en algunas partes se le añadieron algunos mosaicos. Íntegramente, en sus dos plantas, era de madera.
Doña Petrita administró la casa desde 1929 a 1947, pero de ahí en adelante, hasta su último día, llevó su nombre. Aquella señora pasó su vejez en la ciudad de Colima, en un asilo. Hubo otras personas que administraron el negocio, pero los dueños continuaron siendo la familia Ceballos.
PRINCIPAL ALOJAMIENTO DE LA CIUDAD CON DON SABÁS MURGUÍA
Hasta 1942, la Casa de Huéspedes Petrita fue el principal lugar de alojamiento en nuestra ciudad y puerto, hasta que se inauguró el Hotel Colonial, con una hermosa fiesta amenizada por las famosas Hermanas Águila.
En 1947, Sabas Murguía compra a los descendientes de Cayetano Ceballos el edificio, y lo continúa administrando con el nombre de “Petrita”, ya reconocido ampliamente, hasta 1954. Desde finales de los años 30 la laguna había sido rellenada, con lo que la casa era todavía más confortable.
Era un lugar muy exitoso, pues a media cuadra estaba el Mercado Reforma, y los ricos productores agropecuarios que venían a surtir a los locatarios, ahí se hospedaban. Por ese tiempo fueron clausurados los viejos y grandes sótanos de aquel sitio de hospedaje, sin sacar muchos objetos que ahí quedaron guardados por décadas.
LOS GALINDO, ÚLTIMOS PROPIETARIOS DE LA ANTIGUA CASONA DE MADERA
En 1951 llegaron a Manzanillo procedentes de la capital del estado, los que serían a la postre los últimos dueños de la Casa. Don Julio Galindo Guerrero y Doña María Serrano Barajas se habían casado en 1940 y al iniciar la década del cincuenta él se vino a nuestro puerto a trabajar como distribuidor de la empresa refresquera Coca Cola.
Don Julio había nacido el 12 de junio de 1920 y Doña María Serrano el 15 de noviembre de 1922. Tuvieron doce hijos.
EN EL CORAZÓN DEL PUERTO AÑEJO, AL LADO DE ADACHI Y FRENTE A DON ALFREDO CRUZ
En la acera de enfrente vivía Don Alfredo Cruz Torres, ferrocarrilero, vendiendo sus botes de leche bronca, con quien hicieron gran amistad. Doña María recuerda que Don Alfredo le dijo que debajo de la casa había dinero enterrado, entre éste, piezas de oro, guardado en arcones.
A un lado, rumbo a la calle México, estaba la casa de madera sobre pilotes de Don Guillermo Adachi. Petrita estaba tan bien construida, que cuando en 1959 golpeó a Manzanillo el ciclón del Pacífico, la edificación no sufrió ningún daño, a no ser una pequeña inundación de su planta baja, que no avanzó mucho, porque el piso estaba levantado.
El famoso lugar tenía diecinueve cuartos espaciosos. Por ser de madera, era un sitio muy fresco. Todos los cuartos tenían camas matrimoniales. Había seis baños generales, con agua caliente y aseo de primera. El patio central, no techado, estaba lleno de macetas.
Tenía arquería del tipo de las casas viejas de Manzanillo. Había una bodega de cuatro metros de ancho por tres metros de largo, donde se guardaban sábanas, colchas, fundas y una máquina de coser que Doña María usaba para coser en sus ratos libres. Cada cierto tiempo mandaba a hacer reparaciones donde se necesitaba.
SITIO FAVORITO DEL TURISMO DE AVENTURA CON DOÑA MARÍA SERRANO
Desde 1969 hasta el 2006, Doña María Serrano administró sola al Petrita, debido a que Don Julio Galindo murió en 1969. A partir de entonces, la señora entró en una profunda depresión, por la tristeza que le causó la muerte de su marido. Nunca pudo recuperarse, a pesar del esfuerzo de sus hijos por hacerla salir adelante. Entonces se puso la meta de que, una vez que se recibiera el último de sus hijos (todos estudiaron alguna carrera), cerraría para siempre al Petrita.
Entre los años 70 y 71 se hizo la construcción de la planta termoeléctrica “Manuel Álvarez”, cerca de la población de Campos, y un gran porcentaje del personal que trabajó en su levantamiento acudía a hospedarse a la Casa Petrita, de modo que el lugar estaba siempre lleno. No había cupo para turistas. Le pagaban por semana.
Cada Semana Santa se llenaba tanto, que se tenían que poner catres plegables de lona en los corredores y en el patio. No había velador, porque la veladora era la propia dueña. Venían a alojarse muchos extranjeros, provenientes de Estados Unidos, Canadá y Sudamérica. También llegaron a estar ahí hospedados funcionarios del gobierno federal y artistas de poca monta.
El 30 de enero de 1973 hubo un fuerte terremoto en Manzanillo. Se dañó el piso y ya no fue posible repararlo, por lo que el hueco se rellenó con cemento. A pesar que todo se veía bien, a Doña María Serrano le entró mucho miedo que un día el edificio se le fuera a venir encima por lo viejo que era.
Según decían, en la Petrita asustaban. Había varios fantasmas. Fueron muchos los huéspedes que vieron pasearse por los corredores añejos a una mujer transparente que flotaba sobre el piso. Por haber visto espectros, no fueron pocos los clientes que se fueron de ahí, muy asustados. Sin embargo, a la familia Galindo Serrano jamás les tocó ver nada extraordinario, ni tuvieron miedo.
YA NO FUE LO MISMO TRAS LA MUERTE DE DON JULIO GALINDO
Se cobraba barato. En los años 2000 al 2006, por ejemplo, por un cuarto con cuatro camas, donde en cada una de ellas podían dormir dos personas, se cobraba solamente $70, mientras que en los de dos camas, entraban cuatro personas y se cobraba 50. Los cuartos de una sola cama se cobraban a $35.
En el año 2006, al terminar sus estudios todos sus hijos, Doña María ofreció en venta su propiedad. Sus hijos se enojaron porque vendía barato. Dos de ellos querían continuar manejando el hostal, pero María Serrano Barajas ya se había comprometido y dado su palabra a un postor, y estaba dispuesta a mantenerla. Sacaron todas sus propiedades y empezaron a tumbar la casona.
Cuando la derribaron, vieron que la madera, a pesar de lo vieja que era, estaba en perfectas condiciones. El comprador la vendió a muy buen precio. Para él fue un negocio redondo. También sacaron de debajo cazos y arcones con monedas antiguas de diversos metales, así como alhajas.
Don Alfredo Cruz Torres ya sabía que aquello estaba ahí enterrado, y se los había dicho, y no le hicieron caso. No le pagaron a Doña María lo que la casa valía. María Serrano había pensado que el comprador respetaría la histórica construcción en su arquitectura y materiales, y que aprovecharían la fama que había conquistado como casa de huéspedes a lo largo de tantos años, siguiendo con el negocio. Pero cuando demolieron, se puso muy triste.
Con el paso de los años, se dio cuenta de que cometió un gran error, pero ya fue demasiado tarde para lamentarse. Nunca valoró la propiedad que tenía, tanto así que nunca guardó una fotografía de ella. Actualmente la ciudad ha crecido mucho, y aquella casona de madera en las orillas de la laguna está muy lejos del vaso lacustre, y quedó inmerso de una urbe que se ha desarrollado y modernizado.