Casos históricos de hambrunas y escasez de alimentos que han azotado al país y la región


La historia registra dos casos descollantes en que se tuvieron hambrunas o escasez de alimentos en diversas regiones de nuestro país, incluyendo al Occidente de México, zona en que se encuentra nuestro estado de Colima. En ambas, estos episodios están acompañados de problemas sociales y políticos, así como de la aparición de enfermedades epidémicas, de las conocidas como pestes en aquellos tiempos, en los que no se disponía de herramientas sanitarias eficaces para combatirlas, ni tampoco los medios de comunicación adecuados para la ágil distribución de alimentos.

HAMBRUNA DEL MÉXICO COLONIAL EN 1785

Hacia el final de la época colonial en nuestro país, diversos factores desencadenaron en un desabasto muy dramático de alimentos, que golpeó severamente a la capital del país, el Bajío y el Occidente de México, situación de la que no se tienen registros históricos concienzudos, ya que por entonces no se acostumbraba ser muy escrupuloso en ellos, y además, los datos que se proporcionaban no eran muy confiables, ya que amplias capas de la sociedad no eran atendidas, por considerarse inferiores, en especial los indígenas y campesinos en general. Se sabe sin embargo de numerosas muertes en los estados de Guanajuato y Michoacán, y muy en especial en las ciudades de Guadalajara y la Ciudad de México.

Una de las primeras causas al parecer fue un descenso muy marcado en las temperaturas, por debajo de los índices normales, lo cual se dio en todo el hemisferio occidental, y que es conocido como La Pequeña Edad de Hielo. Problemas entre hacendados y campesinos también generaron que hubiera una baja producción, y todo este cuadro negativo y negro se complementó con la aparición de diversas enfermedades epidémicas y otras relacionadas con la mala nutrición, que abarcaba a grandes porcentajes de la población. Comenzó en el verano de 1785 y continuó hasta el otoño de 1787, asustando a las autoridades coloniales y religiosas, ya que las primeras inicialmente la minimizaron, pero después temieran diera lugar a revueltas; mientras que las segundas lo tomaron como un castigo divino.

El desastre de 1785-86 fue realmente impredecible. Las cosechas de 1780-83 habían sido excelentes, aunque la de 1784 fue relativamente pobre. Sin embargo, había esperanza que aquella de 1785 reemplazaría el acopio de granos y cebaría al ganado. Sin embargo, el abril de 1785 presenció una severa sequía, iniciando en la parte norte. En mayo la imagen de Los Remedios fue llevada a la Ciudad de México para que sus devotos rogasen por precipitaciones prolongadas que permitieran una abundante aunque tardía cosecha; sin embargo, ni en mayo ni en junio se produjeron lluvias; julio y agosto tuvieron no más que dispersos chubascos: una crisis mayor estaba a la mano. Ahora bien, durante la noche del 27 y 28 de agosto de 1785, un frío polar mató a toda planta de maíz en el centro y el oeste mexicano. Los datos climatológicos de aquellos tiempos son escasos e incompletos.

Por octubre de 1785 los hacendados comenzaron a cerrar sus trojes y suspendieron la venta de granos en el mercado. Este hecho significó que los campesinos, para quienes el elemento de su subsistencia había por ahora desaparecido, no pudiesen encontrar un substituto. Consecuentemente, la desaparición del grano comercial forzó rápidamente el incremento de los precios de los artículos básicos. Adicionalmente los hacendados comenzaron a suprimir los pagos en maíz a sus trabajadores, y en su lugar les pagaron sólo en efectivo, reduciendo por lo tanto la ración de maíz diario que los peones rurales y sus familias recibían; asimismo, como los niveles nutricionales decayeron a límites críticos, otro factor se presentó a la escena: una combinación de enfermedades comenzó a atacar a la ya débil y cada vez más vulnerable población.

Más que una epidemia que azotaba al virreinato, es evidente que muchas enfermedades, que estaban ya presentes en la región, se intensificaron debido a la malnutrición extrema, hacinamiento y malas condiciones de salubridad. En la información de causas de muerte durante ese tiempo, abundan los términos como fiebre o dolor de costados, los cuales no son nada precisos, pero englobaban tifoidea, disentería, neumonía e influenza. Muchas muertes no fueron registradas porque los cadáveres tirados que fueron encontrados en las calles campos, canales de riego y otros, fueron frecuentemente enterrados en fosas comunes, exentas de los registros y fuera de los cementerios de iglesias u hospitales. De la Ciudad de México a Silao, a Zacatecas, y Oaxaca, y en los demás centros urbanos de los cuales hay información, la historia es la misma: el maíz alcanzó los más altos precios jamás experimentados en el periodo colonial. Cuando la hambrienta población comenzó a cazar y comer gatos y perros, las autoridades municipales ordenaron que todos esos animales fueran muertos y bien enterrados, protegiendo así a la población de un brote mayor de enfermedades.

DESABASTO DE ALIMENTOS EN 1915

Ahora pasemos al segundo caso, que se dio ya en el México independiente, en el siglo pasado. Tras haber finalizado la época porfirista, los enfrentamientos entre las diversas facciones revolucionarias, así como de estas contra las llamadas reaccionarias hizo que la mayoría de actividades productivas y generadoras de riqueza en el país se paralizaran, y en Manzanillo esto repercutió con el frenado de las obras del puerto que se realizaban en el puerto, deteniéndose muchas operaciones de carga y descarga de mercancías, al bajar los arribos de embarcaciones. Fue en ese tiempo que la guerra entre diferentes facciones que buscaban el control del país tras la caída de Victoriano Huerta generó una hambruna que mató a un número desconocido de personas, la que, aunque se dejó sentir en varias partes de la nación, principalmente en el centro, se agudizó especialmente en la capital del país.

En 1915 la Ciudad de México enfrentó una severa carencia de alimentos. Hombres que se convirtieron en esqueletos andantes, mujeres que deambulaban con sus hijos hambrientos a cuestas y gente que se desplomaba a mitad de las calles por falta de nutrientes en sus organismos y en algunos casos por estar además enfermos de tifo. El principio de toda esta carencia alimenticia fue la caída del gobierno de Victoriano Huerta. Tras la derrota del enemigo común no solo se disputaban el control del país líderes regionales como Álvaro Obregón, Venustiano Carranza, Francisco Villa y Emiliano Zapata, sino también organizaciones de campesinos, mineros, vaqueros y ferrocarrileros. Guerra de facciones. Algunos cortaban vías del ferrocarril para impedir la llegada de los trenes con provisiones, y otros cerraban caminos de acceso, a esto se sumó el acaparamiento de las pocas provisiones que llegaban por parte de comerciantes, quienes vendían esos pocos productos a precios inalcanzables. La masa de campesinos en lucha había abandonado sus tierras de cultivo para seguir a los líderes de región, y en ocasiones incluso eran llevados a la fuerza.

Los años de Revolución trajeron sus estragos en haciendas generadoras de diversos alimentos y fueron vaciadas y devastadas. Luego vinieron enfermedades gastrointestinales, tifo, viruela, fiebre amarilla y paludismo. Se crearon lazaretos para albergar a los enfermos y mantenerlos aislados. Como generalmente ha sido por diversos factores, los casos de lepra en nuestro estado de Colima fueron de los más altos del país, a pesar de ser una entidad pequeña. A 1915 se le conoce como el año del hambre en virtud de que, por un lado, los comerciantes acaparaban los productos, y por el otro, las mercancías escaseaban hasta el límite. El papel moneda no tenía valor, habida cuenta de que cada facción revolucionaria imponía el suyo y desconocía al anterior. En tal virtud, en el remoto caso de que hubiera alguna mercancía, no había manera de comprarla, pues aunque tuvieran costales de billetes, el dinero no era válido. Aparte, la inestabilidad política, el miedo a los excesos de los ejércitos, la inexistencia de los servicios públicos, como agua, luz y limpieza urbana, amén de la falta de trabajo. Los hospitales echaban fuera a los pacientes por falta de medios no solo para curarlos, sino para mantenerlos, y las haciendas habían sido barridas por la Revolución, mientras que los campesinos habían cambiado los campos de cultivo por los campos de batalla.