Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810


Séptima parte

LA “REBELION DE ALMOLOYAN”

Pero la división de la que comento no se manifestó nada más en eso, puesto que cuando sólo había transcurrido una semana de que los milicianos de Colima partieron a Guadalajara, el domingo 8 de octubre se generó (apoyado por algunos presbíteros), en el pueblo vecino de Almoloyan, el primer movimiento local que originalmente se creyó en apoyo a la rebelión iniciada en Dolores. Movimiento, más bien conato, que aun cuando fue sofocado inmediatamente por el subdelegado Juan Linares, vale la pena conocer, por cuanto nos muestra el grado de inquietud que nuestros antiguos paisanos tenían en aquellos días:

De conformidad con el expediente que sobre ese caso publicó don José María Rodríguez Castellanos, el subdelegado actuó rapidísimo, y al iniciar la noche del lunes 9 ordenó a los integrantes de la ronda que se apresuraran a capturar a todos los individuos que, según los informes que recibió, habían participado en el evento del 8, dedicándose él mismo, durante la madrugada del 10 y parte de los días siguientes, a interrogar a todos los que finalmente lograron aprehender.

El documento se conformó a base de las declaraciones particulares de aquellos sujetos, y como son diferentes versiones, se dificulta la comprensión y la relación de los hechos, pero, luego de darme a la tarea de leerlo completo al menos tres veces, estoy en posibilidades de afirmar que la mayoría de los participantes fueron “indios principales de la República de Almoloyan” y que éstos estaban en contacto con cuatro sacerdotes que ahí se nombran, y que citaré en la parte correspondiente.

El asunto fue que, tal y como lo advirtió Rodríguez Castellanos al hacer la primera publicación sobre ese conato de revuelta, todo habría iniciado tras una información equívoca. Pero como quiera que haya sido, del interrogatorio en comento extraigo el resumen siguiente:

La tarde del sábado 7 de octubre de 1810, “un ministro del Juzgado” de la Villa de Colima se presentó en “la casa de la comunidad” del pueblo de Almoloyan para pedir prestado el tambor que solían utilizar para ir por los barrios difundiendo los pregones oficiales. Pero estando la casa vacía, el hombre tocó en la puerta de la casa de al lado, de donde salió una mujer que le preguntó al “ministro” para qué necesitaban dicho tambor, y éste le respondió: “[Porque] en esta villa iban a juntar gente, para que estuvieran en prevención porque ya se acercaba el enemigo”.

Recado que ella pasó esa noche, o al amanecer del domingo 8 a su marido, quien lo habría transmitido a su paisano “Pedro José Guzmán, alcalde de la República de Indios de Almoloyan”, preocupándolo.

El día 7 de octubre se comenzó a generar en Colima un alboroto porque supuestamente “el enemigo ya estaba cerca”.

En la tarde, viendo la gravedad que pudiera tener el asunto, Guzmán mandó llamar a su casa a los principales del pueblo, para comunicárselos de viva voz, y como sabían que desde una semana antes ellos y los habitantes de la villa se hallaban “solos y sin el resguardo de las armas, por haber salido para Guadalajara las Compañías de Milicias que aquí había”, se quedaron, según se lo comentó a Linares en el interrogatorio, “sobresaltados y sin saber qué hacer”. Pero que, al rato, “resolvieron irse al centro [del pueblo] para defender la iglesia en caso de algún [posible] asalto”. Y que, ya estando ellos ahí, por ser domingo y andar otra gente paseando, la noticia cundió en todo el vecindario, de tal manera que comenzaron a llegar más y más gentes, no sólo de la comunidad “de los naturales sino […] una multitud de los demás vecinos españoles y de otras castas, hasta que, viendo que no resultó cosa alguna de lo que se esperaban, se retiraron [ya noche] cada uno a sus casas”.

Por su parte, Juan de los Santos Cruz, “casado, labrador, operario y escribano de la República de su pueblo” añadió que, habiendo estado ese domingo enfermo de calentura, fue requerido dos veces [por mensajero] para reunirse con el alcalde y los demás principales, pero que como se sentía muy mal no quiso ir, hasta que “en nombre del Rey lo hicieron levantar de su cama y se lo llevaron [a fuerzas …]”. Habiendo notado que el asunto de gravedad que oyó decir a los principales era el de la sublevación de “otros pueblos allá arriba (sic) contra los Gachupines porque éstos eran en contra del Rey, y temían que sucediera aquí lo mismo, por haber muchos”.

Señaló también que, cuando ya se había dispersado la multitud, los principales se volvieron a reunir discretamente en la casa del alcalde para comentar el asunto y, para consultar con el presbítero, don José Antonio Díaz, a quien, al parecer, por conocerlo de muchos tiempo atrás, le tenían mucha confianza.

Continuó diciendo que como varios de ellos llegaron a considerar que la noticia de que los gachupines estuviesen en contra del rey pudiera ser cierta, decidieron prevenirse “para defenderse de ellos”, y con “este fin” emitieron una “convocatoria a los demás pueblos [indios] para” exponerles la situación, y tratar de organizar, junto “con ellos y con el auxiliar de justicia [correspondiente] la defensa de nuestro Rey”.  Convocatoria que él mismo, cumpliendo con su función de escribano de la república, se vio obligado a redactar en dos tantos. Y de la cual, el lunes en la mañanita, se habían enviado, una directa a [Comala y] Suchitlán, y otra, “por cordillera”, a Juluapan, Zacualpan y Coquimatlán, así como a Tamala, Ixtlahuacán y Caután, aunque no era lo usual que se comunicaran con estos tres últimos tres pueblos.

Agregó también que cuando terminó su tarea y ya estaba por irse a su casa, un tal Ruiz le “encargó que guardara sigilo, de manera que ni a su mujer ni a ninguna otra persona comunicara el asunto, hasta que llegara el caso de hacerse público”. Manifestando que como el padre Díaz les había ampliado la información, en el sentido de que se habían sublevado otros pueblos, era aconsejable mantener la discreción, y que se reunieran todos los pueblos indios del área para estar prevenidos en caso de que hubiese necesidad de tener que pelear para defenderse.

Y señaló, asimismo, que el lunes 9 en la tarde, cuando regresó “de la labor donde estaba trabajando […] se halló con la novedad de que en el Cementerio” de Almoloyan “se habían [nuevamente] juntado el alcalde y todo el común [del pueblo] con bastante gente de razón (designación usual para los criollos) y otras castas”, porque, según habían oído decir, “el enemigo había llegado [incluso] al barrio del Manrique”. Barrio situado en el extremo oriental de la Villa de Colima.

Este es un croquis de 1814, en cuyo centro se ven el templo y los demás espacios de San Francisco de Almoloyan, en donde “los indios de la república” tomaron el acuerdo de defender al rey, a la religión y al “gobierno legítimo”.

Luego, cuando el subdelegado le preguntó quiénes más estaban “entre aquel pelotón de gentes”, Juan de los Santos respondió que todos los principales del pueblo, junto con “los presbíteros D. Francisco Cruz, D, José Antonio Valdovinos y D. José Antonio Díaz”.

Y al interrogarle sobre el papel que desempeñaron esos curas en la reunión, el escribano respondió que eran ellos los que “decían generalmente a todos los demás qué era lo que debían hacer, [para] juntarse y estar prevenidos para la defensa, hasta morir por Dios, por nuestra Santa Fe y por nuestro Rey”, y que esto último “se lo oyó decir [… también] a un hombre que no conoció, y que le dijo al padre Díaz que esa era muy poca gente para la defensa”. Respondiéndole el capellán de Almoloyan, que “ya estaban citados los demás pueblos”.

Otro de los declarante agregó que, en ese mismo momento, de manera coincidente, llegó al cementerio en su mula, el clérigo de mayor jerarquía en la parroquia de Almoloyan: se llamaba Isidoro Reinoso.

Por razones que no explicó, el padre Reinoso había permanecido durante un día o dos en la Villa de Colima, pero se regresó a Almoloyan cuando alguien le informó del alboroto que se había generado en su curato, informándoles a los ahí reunidos que el tambor que solicitó “el ministro del juzgado” no fue, como dijo la mujer, para pregonar la llegada del supuesto enemigo, sin para anunciarle a ciertos “indios y gente de razón” que habían quedado exentos del pago de equis tributo. Por lo que la gente, ya calmada, se volvió a retirar a sus viviendas.

Antes de terminar el interrogatorio a De los Santos, el subdelegado le preguntó quién o quiénes “de los naturales” estaban moviendo a toda esa gente, y aquél terminó diciendo, que era su paisano José Manuel Ruiz. Cuya interesante declaración tendremos oportunidad de conocer en el capítulo siguiente.