Octava parte
“EL ENEMIGO SE ACERCA”
Los presos, pues, salieron en libertad y con esto concluyó el embrollo que provocó en Almoloyan la broma del “ministro” que fue a pedir prestado el tambor de los pregones. Pero no crean los lectores que todo el barullo quedó en eso, porque desde cuando la gente de la Villa de Colima recibió el chisme de que los indios de Almoloyan estaban “rebelándose”, se apresuraron a reunirse también para analizar lo que pudiese sobrevenir. Tal y como se puede observar en la parte inicial de un acta del Cabildo que tengo ante mis ojos:
“En la villa de Colima a diez de octubre de mil ochocientos diez.- Los Señores de que se compone este Ilustre Ayuntamiento, hallándose en esta Sala Capitular, dijeron: Que en consideración a las actuales circunstancias del día y a que esta villa no tiene las armas necesarias para su resguardo y defensa, debían mandar [forjar …] aunque fueran lanzas, y que “los individuos de este vecindario” fuesen alistados “por el Señor Subdelegado” para formar un cuerpo de defensa, con el propósito de “impedir [… otros] alborotos, congresos y tal vez [hasta el surgimiento de] partidos revolucionarios entre Ia gente común”. Debiendo ese mismo cuerpo estar cuidando “que todo el vecindario viva en quietud, sin faltar las rondas diarias y nocturnas”.
Complementariamente, y dando al asunto la importancia que el caso requería, decidieron aumentar de uno a dos “los alcaldes de algunos de los barrios de esta villa”. Barrios cuyos nombres enlisto a continuación: “Los Martínez (hoy centro de Villa de Álvarez); Tarímbaro, por los rumbos donde en el siglo pasado estuvo el barrio de El Agua Fría (o “de la perdición”); la Plaza Nueva, hoy Jardín Núñez y sus alrededores; La Soledad, norte del centro actual de la ciudad de Colima; Nombre de Jesús, sur del centro actual; y el de España, que conserva ese mismo nombre.
Dos días después, cuando la manutención de los reos de San Francisco de Almoloyan les estaba resultando molesta y cara, las autoridades locales se volvieron a reunir en “la Sala Capitular”, y en el primer punto se comentó que acababan de recibir “noticia de que el ejército enemigo de la Insurrección” había asaltado ya “varios pueblos de la Nueva España, saqueándolos y desolándolos”, y que, según informes un tanto vagos aún, se venía acercando a “las inmediaciones de Zapotlán el Grande”, por el camino “que pasa por Mazamitla”. Motivo por lo que convenía “ponerse este vecindario en acción de defensa por si acaso a él se inclinaren”.
Una vez analizado ese punto, las autoridades entre las que se mencionan a: “D. Miguel Coronado, Alcalde ordinario de primer voto en turno; el Capitán D. José Valdovinos, que lo es de segundo; D. Alejo de la Madrid, Diputado, y el Síndico Procurador D. Juan Cayetano Anguiano […] dispusieron se convocase a algunos de los vecinos principales da este lugar […] habiendo comparecido D. Tomás Bernardo de Quiroz, Administrador de Correos y de los Diezmos; y del comercio” y varios otros individuos más, la mayoría comerciantes o hacendados.
A ellos se les comunicó lo que acababan de saber y el resolutivo que acababan de tomar, y cuya primera parte trataré de resumir en los renglones siguientes:
Su principal intención fue que, dadas las circunstancias descritas, se fueran dos buenos conocedores de los dos principales ramales del Camino Real, junto con un grupo de mozos bien montados cada uno, para que, posesionándose de los mejores puntos de vigilancia, todos los días estuviesen enviando, con algunos de aquellos mozos, las noticias que fueran sabiendo sobre los avances de los enemigos:
A don Martín Anguiano, allí presente, le tocó ir, saliendo de Colima al oriente, por el camino a México, pasando por “Tecalitlán, Tamazula, Zapotiltic, Tuxpan é inmediaciones”. Mientras que a don Tomás Martínez del Campo, a quien al parecer enviaron a buscar, le tocó tomar hacia el norte la ruta de Guadalajara, saliendo “por el rumbo de las Barrancas hasta Tenquic”. Lo que equivale a decir que pasó por San José El Trapiche, San Joaquín, la hacienda de Los Alcaraces y la hacienda de La Albarrada (después Quesería), así como por los pueblos de Tonila, San Marcos y El Platanar, hasta Atenquique.

Alertado por ésa y otras noticias, el Cabildo colimote tomó la decisión de reforzar la vigilancia por los rumbos de Atenquique y Mazamitla.
Pero el objetivo de ambos era idéntico: “descubrir la situación de aquel ejército, calcular su número de hombres de infantería y caballería, qué jefes los comandan, si viene o no su principal Caudillo, qué armamento traen, cuál es su rumbo o inclinación, y aún sus intentos si fuere posible descubrirlos […] tomando todas las noticias de los pueblos, ranchos y pasajeros, y comunicándolas […] sin pérdida de momento a este Ayuntamiento y Congreso […] para que este Cuerpo pueda dictar con todos los conocimientos y acierto que desea, las providencias oportunas para librar al pueblo de la tiranía y estragos a que está expuesto si no se toman las precauciones necesarias”.
Adicionalmente le indicaron a D. Martin Anguiano pasar por Tecalitlán (que en los hechos y desde antaño dependía de Colima) donde le entregaría al Teniente local una orden, en la que se le daban instrucciones de apoyarlos con más “gente armada” y con los suministros que fueren necesarios.
Un tercer punto de acuerdo consistió en que “al instante se libraran órdenes al Administrador de las haciendas de La Huerta y a los encargado de los puestos de Albarrada y Alcaraces […], previniéndole al primero [que estuviese] pronto con toda la gente de dichas haciendas, para resguardar sus ganados y demás intereses, [así] como para contribuir con los auxilios y ayuda necesarias a esta Cabecera, siempre que se le pida o él vea Ia necesidad de sus socorros”. Y previniéndole asimismo al segundo, “que junte a todos los vecinos de aquellos ranchos, y que armados estén también a prevención para cualquiera ocurrencia, ministrando la ayuda que necesite el comisionado Martínez para la expedición supradicha”.
Pero ni la junta ni las previsiones terminaron con esto, aunque por falta de espacio tendremos que referirnos a lo demás hasta el siguiente capítulo.

Y ordenó a dos comisionados que avisaran y juntaran a todos los vecinos de los ranchos por donde el enemigo podría llegar, para que armados estuviesen prevenidos contra “cualquiera ocurrencia”.