Colima y los alrededores de los volcanes en septiembre-diciembre de 1810


Novena parte

Al terminar de leerlo, Linares agradeció al mensajero y le entregó (como era costumbre) unas monedas por haberse apresurado para entregar el exhorto en tan corto tiempo. Pero, luego, tras despedirlo con alguna respuesta quizá verbal para su colega de Zapotlán, ordenó a sus ayudantes ir rápidamente a las casas de los miembros del Cabildo y de los principales de Colima, para convocarlos a una nueva asamblea:

En el acta correspondiente dijeron que, una vez enterados del “beneficio que […] resulta de tomar aquella posición de Mazamitla, para impedir el tránsito a los enemigos”, era necesario que se librara una “orden al teniente de Tecalitlán, instruyéndole del contenido del referido exhorto con el objeto de que esté a prevención con todos los vecinos de la jurisdicción para [que junto con …] los auxilios que pueda prestar el Señor Subdelegado […] resguardar aquel punto”.

Aparte, dando nuevas muestras del lenguaje despectivo que “la gente de razón” solía usar al referirse a las demás castas, uno de los asistentes comentó que todos ellos deberían seguir poniendo “preferente atención para dictar las providencia que basten para contener las revoluciones del pueblo inferior y sus horribles consecuencias”. Comentario con el que todos los demás estuvieron de acuerdo, ordenando a continuación que se liberara otro oficio para el señor comandante, solicitándole que se “sirviera disponer de un piquete de infantería” para que resguardara “continuamente las puertas de la Cárcel Real, como precaución [para evitar] una fuga de presos, favorecida acaso por el populacho”.

Y, no conformes con todo lo que habían decidido desde su asamblea del día 10, ese mismo 14 decidieron organizar un “Cuerpo de Patrullas de Vigilancia” nuevamente “compuesto de los vecinos honrados de esta villa”, de manera que “alternándose diariamente cinco o seis individuos” en cada ronda, vigilaran “las concurrencias de la gente vaga, ociosa, sin destino y ocupación, que de ordinario forman ellos mismos en los trucos y billares, en los tendajones y casas donde venden licores, y aun en las calles, en los barrios y en los lugares a propósito que les franquea la situación”, como los espacios cubiertos de “monte que circundan esta villa, procurando a averiguar, si fuere posible, si hay entre ellos algunos emisarios del partido revolucionario”; a los que, en su caso, deberían “aprehender y poner en la Real Cárcel para el procedimiento que contra ellos corresponda”. Buscando con todo esto que “las tales gentes no tengan lugar a conferencias, convocatorias, ni tratados, ni puedan reunirse, fermentar ni ejecutar una revolución tumultuaria”.

El subdelegado de Zapotlán el Grande sugirió al de Colima la conveniencia de “resguardar el puesto de Mazamitla”, suponiendo que por ahí podrían llegar los insurgentes a la zona.

Con ese mismo tono e intenciones, el día 16 se reunieron los integrantes del “Ayuntamiento y los notables de la villa”, más “el Reverendo Padre Comendador del Convento de Nuestra Señora de las Mercedes, Fray Nicolás Domínguez […] en la casa del Señor Cura de esta feligresía, D. Felipe González de Islas” (donde hoy es el Teatro Hidalgo), para “para tratar y resolver con maduro acuerdo y reflexión todo lo concerniente a la seguridad y defensa de la villa en las actuales circunstancias”.

Y una vez expuesto el temario, dando evidentes muestras de que estaban muy asustados, pero que eran incapaces de admitir que lo estaban, insistieron en que deberían ser “los vecinos más honrados, sin excepción de familias” a quienes se les comisionaría para impedir “la embriaguez, juegos prohibidos, pleitos, escándalos, corrillos, conversaciones de especies sediciosas [de la plebe] y cuanto sea capaz de turbar el orden y la tranquilidad del público”, fijándose muy bien en las frases y las actitudes de la gente, para detectar su posible adhesión a los insurrectos y la circulación de cualquier papel o pasquín que atentara en contra de “la religión, la Patria, o el legítimo Gobierno”.

Y ya para finalizar la asamblea, el subdelegado Linares tomó la palabra y dijo que, “siendo, por las ocurrencias del día, muy grave el peso de las” obligaciones que debía cumplir, cedía voluntariamente, en ese mismo momento, “sus facultades y derechos al Congreso que preside para que haga a su satisfacción el nombramiento de un Teniente General” que lo apoye en tales trabajos. Proponiendo que para el caso fuera electo “uno de los vecinos patricios de esta villa”.

Los integrantes de dicho ‘Congreso’ apoyaron su propuesta, y por “unanimidad de votos recayó el expresado nombramiento en la persona del Sr. D. Francisco Solórzano”, a quien de inmediato se le expidió “el título respectivo”. (Rodríguez Castellanos, varias páginas).

Así, pues, contando con la predicación constante de algunos de los curas seculares y religiosos, así como con una “Fuerza de Defensa Interior” y con la realización de rondas diurnas y nocturnas realizadas por puros criollos y españoles que vigilaban todos los movimientos del “populacho”, pasaron los tapatíos y los colimotes los primeros días de octubre; pero como entre el 8 y el 9, procedentes del Bajío, llegaron a Guadalajara algunos individuos que iban huyendo desde Guanajuato, y llevaron, entre otros, los primeros informes que hablaban de la presencia de grupos insurgentes en el territorio de Nueva Galicia, el Cabildo tapatío realizó el 10 una asamblea extraordinaria, donde, con palabras muy gráficas, se les notificó a los asistentes: “Los insurgentes inundan la provincia de La Barca” y aun cuando se veía que iba muy” mal armados” y no ser muy numerosos, “debe temérseles porque su doctrina es más poderosa que el cañón”. (Hernández Dávalos, T. II, p. 158).

Pero ¿quiénes eran aquellos primeros insurgentes que penetraron al “suelo neogallego” e inundaron La Barca?

Don Luis Pérez Verdía explicó que se trató de “dos invasiones, una acaudillada por Navarro, Portugal y Huidobro, por Jalostotitlán, Arandas, Atotonilco y La Barca; y otra guiada por don José Antonio torres, por Sahuayo, Tizapán, Atoyac y Zacoalco”. Pero yo he llegado a creer que fue una sola realizada a manera de pinza, aunque, como en este momento ya no queda espacio para presentar los argumentos, de ello nos tendremos que ocupar en el próximo capítulo

Entre el 8 y el 9 de octubre llegaron noticias de que los insurgentes habían “inundado la provincia de La Barca”. Pero las autoridades tapatías consideraron que con un solo batallón sería suficiente para terminar con ellos.