Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810


Corroborando lo escrito por Vizcarra, en la Compilación de Documentos “Colima y la Guerra de la Independencia en Colima”, se observa este mensaje:

“Al final de la última página del Libro-borrador de Comunicaciones Oficiales de la Subdelegacion de Colima, correspondiente al año de 1810, consta la siguiente nota: “Hasta aquí el tiempo y gobierno del Sr. Subdelegado D. Juan Linares, depuesto por el nuevo Gobierno Americano, esto es, por los Comisionados D. Rafael Arteaga y D. José Antonio de Torres. — Colima, ocho de noviembre de mil ochocientos diez, a las dos de la tarde”. (Rodríguez Castellanos, 1911, p. 56).

Adicionalmente Vizcarra maneja del dato de que, si bien los insurgentes no encontraron “mayor oposición” al hacer su “primera entrada a Colima”, sí percibieron “un gran desorden, que se aumentó” en la medida de que, indiscriminadamente, como ya tenían por costumbre hacerlo, sacaron a todos los reos que había en la cárcel real. Varios de los que, malacostumbrados como estaban a delinquir, aprovecharon las circunstancias, y se unieron a otros malos insurgentes para dedicarse durante algunas horas al pillaje, y a secuestrar a ciertos criollos y españoles de los que se sospechaba que podrían sacar buenos rescates.

Todos esos actos tuvieron una percepción, digamos ambivalente, por parte de los residentes locales, en la medida de que unos eran realistas de corazón, y otros entusiastas simpatizantes del movimiento independentista. Pero como quiera que fuese, parece ser que hasta los propios José Antonio Torres y Rafael Arteaga se percataron de que si sus subordinados se siguieran comportando abusivamente, el desorden y los abusos se volverían en su contra y, en vez de ganar adeptos para la causa, lo único que lograrían sería provocar la animadversión de los colimotes. Así que buscaron el modo de convocar a los principales que quedaban visibles; lograron reunir a 72, y el 12 de noviembre realizaron una asamblea se propuso y tomó el acuerdo de elegir a un ciudadano que, reconocido por su capacidad administrativa y su probidad, fungiera a partir de ese momento, como “Tesorero y Depositario de todos los caudales de los europeos presentes y ausentes de esta villa”. (Rodríguez Castellanos, p. 58). Nombramiento que recayó en la persona de “Don Martin de Anguiano, vecino republicano de esta Villa de Colima”. Un individuo bastante singular al que, Torres hijo y Arteaga, en su papel de “Comandantes Comisionados de Guerra” y miembros de la “Armada del Excmo. Señor Doctor Don Miguel Hidalgo y Costilla, Virrey, Cobernador y Capitán General de esta América” reconocieron como virtudes propias su “fidelidad, religiosidad, patriotismo y [su] asiento de conducta” (sic), así como “los servicios que había hecho” (y les constaba) “a nuestro Rey y a esta República”. (Ibidem, p. 57).

Por otra parte, creo que es importante señalar que, pese a ser un reconocido enemigo personal del padre Hidalgo, y haber realizado públicos y notorios esfuerzos para evitar que sus feligreses simpatizaran con la causa independentista, el párroco González de Islas no huyó de Colima (como sí lo hizo en Guadalajara el Obispo Cabañas), sino que permaneció visible en su templo y en su casa. Del mismo modo como lo hicieron también los dos frailes dirigentes de Los Juaninos y de Los Mercedarios. Mismos que, respetados en su valer, fueron convocados también por Torres y Arteaga, para la elección del “Depositario de los Bienes de los Ultramarinos”, como igualmente se les llamaba a los españoles peninsulares. Y, segundo, para elegir a las nuevas autoridades del único ayuntamiento insurgente de que se tiene registro en la Villa de Colima, el cual quedó integrado por:

“Su actual Subdelegado Presidente, D. José Sebastián Sánchez; el Alcalde de primera elección, D. José Vicente Dávalos; el de segunda D. Tiburcio Brizuela; Los Diputados D. José Mariano Díaz, Teniente de una de las Compañías de esta División de Milicias del Sur; D. Felipe Ánzar y D. Antonio Moreno; y el Síndico Procurador D. Marcos Silva” (Ibid., p. 66).

EL AMO RECIBE UNA INVITACIÓN PARA TOMAR PACÍFICAMENTE GUADALAJARA

Pero mientras todo eso estaba sucediendo en Colima, en Guadalajara se había generado un inicial descontrol, ya que, como hicieron patente algunos cronistas e historiadores locales: los primeros individuos que huyeron al enterarse de las derrotas de La Barca y Zacoalco, fueron el obispo Cabañas, los oidores Recacho y Alva y algunos de los españoles más acaudalados, propiciando con eso que el ridículo regimiento de “La Cruzada” se disolviera, y que los integrantes de la Junta Auxiliar de Defensa Interior demostraran su falta de valor y su incapacidad para pelear por la “Santa causa” que habían jurado defender.

Viéndose en tales circunstancias, y habiéndosele desertado la inmensa mayoría de los individuos que se alistaron en las milicias tapatías, el subdelegado Abarca se salió también de Guadalajara y se fue a guarecer en San Pedro Tlaquepaque, con una pequeña guardia de soldados fieles que no llegaba ni a los 120.

Así que, los criollos que no pudieron (o no quisieron) huir, y se quedaron al frente del Ayuntamiento Tapatío, se reunieron también en su sede para deliberar qué podrían ellos hacer para evitar un derramamiento de sangre similar al que había ocurrido en Guanajuato y, habiendo tomado nota que a Zacoalco estaban llegando miles de paisanos más que iban a sumarse a la fuerza independentista, concluyeron con que lo único y mejor que podrían ellos hacer, era nombrar una comisión que saliera de la ciudad y viajara hacia el sur con el propósito de negociar con el brigadier Torres Mendoza, la entrada pacífica de sus huestes a la hermosa ciudad. Comisión que, como lo podremos constatar en la próxima entrega, cumplieron a cabalidad.