Décima quinta parte
AGUARDIENTE, PAN, QUESO Y CAJETAS
Por su parte, días atrás (concretamente el 19 de octubre), habiéndose enterado en Colima de la entrada triunfal que El Amo Torres había hecho a Guadalajara el 11, y habiendo ya nombrado a un gobierno insurgente y a un “Tesorero y Depositario de todos los caudales de los europeos presentes y ausentes de esta villa”, Torres, hijo; el capitán Arteaga y el padre José Antonio Díaz, se dispusieron a dejar Colima asegurada e irse a dicha ciudad, pero no sin solicitarle muy formalmente a don Martin de Anguiano, el tesorero, que les entregara la bonita suma de “dos mil cuatrocientos pesos, dándole el correspondiente recibo para su constancia y resguardo”. (Rodríguez Castellanos, p. 60).
Anguiano se los entregó a regañadientes en la mañana del 20, y aprovechó el momento para insistir en que le aceptaran su renuncia al cargo porque varias personas, conocidas suyas, entre las que estaban las esposas de los veinte españoles que ellos llevaban presos, estaban mostrando indisposición en su contra, dando a entender que haría mal uso de los bienes que se le habían depositado.
Los cabecillas insurgentes, sin embargo, tal vez por la prisa de iniciar su marcha, no le aceptaron su renuncia, argumentaron que tenían en él puesta su confianza, y le dijeron que los reclamantes debían de entender que todos “los efectos recogidos” y todo el dinero incautado, era para garantizar “los gastos de las guerras actuales originadas por ellos”. (Ibidem, p. 62).
Sobre ese tema hubo además un curioso intercambio de mensajes que quedó inserto en la colección de documentos de Rodríguez Castellanos, en el que se dice que, estando ya en “la hacienda de San José de Buenavista”, popularmente conocida como El Trapiche, de camino hacia Guadalajara, a los insurgentes se les antojó que, conforme fueran avanzando en su marcha, sería bueno poder echarse unos tragos y comerse como quien dice una botana, por lo que comisionaron a unos individuos para que regresaran a Colima, se presentaran con don Martin Anguiano y le transmitieran la orden de que les enviara “con los portadores”, hasta el punto en donde ellos se hallaren en el camino, en los tres caballos que para eso llevaban, “una carga de aguardiente [así como] también un poco de pan, de lo que vamos escasos (…,] un queso grande y cajetas”. (Ibid., p. 63).
Todo ello aparte de insistirle en que debería poner especial cuidado para administrar los bienes que quedaron bajo su resguardo, y para buscar el modo de que se recogieran adecuadamente las cosechas, sin descuidar la manutención de las mujeres de los europeos.

Noviembre ha sido siempre el mes en que en la zona de los volcanes inician las cosechas del maíz de temporal.
UNA LARGA FILA DE CAMINANTES Y CABALGANTES
Aunque nos sea imposible saber qué cara pondría don Martín Anguiano al recibir todos esos requerimientos, documentalmente queda claro que cumplió la orden y anotó los costos en su libro de cuentas.
De lo demás que ocurrió en el trayecto hacia la capital de la Intendencia sólo queda imaginar los campamentos y los vivaques que se tuvieron que improvisar al final de cada una de las cinco etapas que requería el traslado entre la Villa de Colima y Guadalajara, tomando como particular circunstancia el hecho de que la mayor parte de toda aquella gente (y más los indígenas que siguieron el llamado del padre José Antonio Díaz) nunca habían salido de sus pueblos.
En ese sentido, tomando en cuenta algunas antiguas descripciones que nos ha tocado leer respecto a las veredas del Camino Real, y el conocimiento directo que tenemos sobre algunos de los tramos que aún hoy se pueden observar, “vemos”, como si fuera en una película, la larguísima fila de guerrilleros que como ondulante serpiente se tuvo que formar para poder atravesar los peligrosos riscos de las barrancas de Beltrán, Pialla y Atenquique.
Noviembre, además, es el mes en que en la zonas circundantes a los Volcanes de Colima se suele todavía empezar a cosechar el maíz de temporal, y es la época también en la que en todos los ranchos y las haciendas de aquellas hermosas tierras están los ganados gordos por tanta pastura que hay. Así que nada nos impide creer que toda esa gente dispuso de las mazorcas necesarias para proveerse de nixtamal y del ganado suficiente para satisfacer el hambre rezagada.

Todavía quedan en el actual suburbio de Santa Anita algunas reminiscencias de lo que fue un tramo del Camino Real.
GUADALAJARA ENTRE LA SORPRESA Y LA DESESPERACIÓN
Según los números de los padrones parroquiales que don Luis Pérez Verdía pudo cotejar, Guadalajara tenía, en 1810, alrededor de “35 mil habitantes, entre españoles, criollos, mestizos, indios, negros y castas”. Lo que equivale a decir que era una ciudad muy pequeña en comparación a lo que ahora es, pero ya desde entonces la segunda con mayor población, importancia y riqueza de toda la Nueva España, superando en esos sentidos incluso a Puebla de los Ángeles.
Siendo asimismo una ciudad que contaba con algunas de las más grandes industrias de aquella época, y se había convertido en la población que dominaba el comercio de todo el occidente y gran parte del norte y del noroeste del territorio novohispano. Sin haber dicho aún que, contando con el puerto de San Blas como suyo, se abría al mercado marítimo internacional; dándole un mayor atractivo aún.
Pero ese año, sin embargo, los orgullosos habitantes de la que alguien habría de bautizar como “Perla Tapatía”, empezaron a temer que su poderío, su riqueza y su tranquilidad pudieran irse por el cauce del arroyo de San Juan de Dios como se iban las aguas bravas tras el paso de una tormenta: y sus temores comenzaron a convertirse en una realidad, cuando en la mañana del 11 de noviembre, los habitantes del vecino pueblo de Santa Anita empezaron a ver pasar por la calle principal (que no era otra cosa más que una prolongación del Camino Real de Colima), varios miles de hombres, mujeres, niños y bestias de monta y de carga que iban en la abigarrada comitiva del triunfador de la batalla de Zacoalco. Interesante asunto del que tendremos que ocuparnos en la próxima entrega.