Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810


Décimo séptima parte

Hecho que menciono sin tener un documento que lo pruebe, sino porque sabiendo (por otros escritos y testimonios) que se hacían cinco días de trayecto normal entre una población y otra, lo saco por conclusión al tener conocimiento de que ellos salieron de Colima el día 20 por la mañana. Eventualidad que, de haber sido cierta en cuanto al tiempo, los debió de haber puesto ante la posibilidad de observar también la “apoteósica” entrada que, según varias referencias, hicieron Hidalgo y su ejército a dicha ciudad. Y de las que ahorita mismo resumiré para los lectores una de las más antiguas, rescatada por don Evaristo Hernández y Dávalos de algunos “Impresos de Guadalajara”:

“Reunidos todos los cuerpos en [las afueras de la magnífica y cómoda casa que en San Pedro hospedaron a Hidalgo], comenzaron a desfilar todos los cuerpos de caballería, las parcialidades de los pueblos circunvecinos y por su orden los tribunales en magníficos coches”, seguidos por la oficialidad del ejército. “Y en medio de esta Comitiva, el coche de su Serenísima Alteza”, acompañado por los más altos dignatarios de la intendencia y de la ciudad; al que seguía “otro golpe de música [y…] la caballería del Regimiento de Dragones que cubría la retaguardia […] siendo innumerable la gente que acompañaba o veía pasar esta comitiva, aclamando a Su Alteza. (Hernández, T. I., p. 123).

Toda la ruta de San Pedro hasta la Catedral estuvo, según eso engalanada con arcos verdes, papeles picados, cortinas de colores y diversos otros aditamentos.

Y abundando en hasta empalagosos detalles, otro de aquellos impresos refiere que, habiéndose casi vaciado la ciudad por el gentío que se dirigió al camino de Tlaquepaque para ver pasar al caudillo y a su gente, en la tarde se volvió a llenar tanto que era imposible “atravesar ninguna de las calles [por donde hacía su] tránsito el Generalísimo”. Y que “estaban apiñadas [aquellas gentes] como en Jerusalén el día de la entrada de Jesús” […]

“Hidalgo es de una fisonomía severa: su cabeza está ya cana; se conoce por su color y la configuración de su cara, que pertenece a la raza del país; y aunque ha dejado para siempre sus oscuros hábitos de clérigo, su vestido es negro y [roja] su banda de general […]

“El Cabildo manda una comisión a recibirlo a la puerta de la Catedral. Hidalgo se acerca a tomar agua bendita de mano del canónigo [principal y]: ‘Aquí tienen al hereje’ – les dice con una sonrisa de sarcasmo, con esa sonrisa que revela en las arrugas del rostro, las arrugas del alma”.

Luego se celebró otro de los consabidos Te Deum y, al salir, “el pueblo no lo deja andar un paso, y penetra por la multitud como una cuña que va abriendo una masa”; etc. (Hernández, T. II, p. 242).

Las crónicas del momento dicen que miles de paisanos le hicieron valla por todo el camino desde la Garita de San Pedro (en la foto) hasta la Catedral de Guadalajara.

LA EXPANSIÓN DE LA GUERRA HASTA LAS COSTAS OCCIDENTALES

Mientras que todo eso sucedía ya vimos que el grupos de los insurgentes colimotes encabezado por el Capitán Calixto Martínez, “Cadenas”, se disponía a tomar el pueblo de Autlán, en tanto que el contingente del padre José María Mercado ya había dejado atrás Tepic y se aproximaba al puerto de San Blas.

Lo que sorprende en ambos contextos no es que los dos cabecillas hayan cumplido sus comisiones, sino que lo hayan hecho llevando como subordinados a sus respectivos amigos, familiares, y conocidos, evidentemente tan mal armados como inició el mismo grupo de Hidalgo.

No conozco ningún documento que nos indique cómo fue que, después de haber recibido de Torres y Arteaga su nombramiento como “Capitán Comandante de la División del Poniente de las Tropas Americanas para el establecimiento del Nuevo Gobierno”, Calixto Martínez haya podido organizar el grupo al que le tocó encabezar. Pero por los testimonios que cité dos capítulos atrás, y por otros hechos referidos en cuanto a las conjuras de Valladolid y Querétaro, o a la participación del Amo Torres y los Gómez Portugal, por poner un par de ejemplos, se infiere que él y otros jóvenes y señores de Colima no estaban del todo ajenos al movimiento insurgente, y que desde que les comenzaron a llegar noticias de cuanto acontecía en ese mismo sentido en Guanajuato, en Guadalajara y Valladolid, empezaron a simpatizar con tales ideas. Siendo por eso que cuando Regalado le escribió a su suegro la carta del 29 de septiembre, se advertía en ella el coraje, al decir “[voy] a esta guerra a la que [forzadamente] nos llevan”.

En ese tenor, pues, y porque acciones como ésas no se deciden sin tener convicciones, bien puede uno suponer que en cuanto el referido “Cadenas” recibió el nombramiento se comunicó con Ramón Brizuela y éste con Pedro Regalado, para integrar entre todos un grupo de amigos, vecinos y conocidos, simpatizantes con la causa. Y que, siendo criollos en su mayoría, debieron de buscar a otros que pensaran como ellos, y a los demás que hubieran escapado de Zacoalco, o desertado de las Milicias en que los forzaron a participar.

Por otra parte, siendo todos ellos habitantes de una zona rural, y siendo algunos propietarios de ranchos, huertas y salinas, es de suponer también que tenían mulas o caballos para transportarse, y al menos machetes, soguillas y algunas viejas escopetas de las que usaban para irse de cacería, para utilizar como armas.

Un dibujo a tinta que inmortalizó el momento.

Pero yéndonos más allá de las inferencias descritas, los datos verificados que cita y menciona el secretario de la Asociación de Cronistas de Jalisco, nos indican que dicho grupo “tomó el pueblo de Autlán a finales de noviembre”; que allí incautaron los bienes de algunos europeos acaudalados, y que en vez de que los milicianos que había tanto en Autlán, como “en la Villa de Purificación y en Cuautitlán [combatieran en su contra …] se incorporaron en masa [al bando insurrecto] al igual que la mayoría del pueblo”. (Boyzo, p. 31). Con lo que Martínez logró incrementar grandemente el grupo original.

La otra noticia que nos brinda Boyzo es que el capitán Rafael Ponce de León, comandante de los milicianos de los tres pueblos en comento, se vio, como quien dice, casi totalmente abandonado por su tropa y, viéndose imperiosamente necesitado de velar por su vida, dejó de arengar a sus cortas huestes y se rindió. Siendo enseguida invitado por Martínez para que, en vez de pelear criollo contra criollo, se resolviera a dejar el bando realista, y jurara obediencia a los dictámenes que ya para esos días estaba emitiendo el Generalísimo Hidalgo en Guadalajara.

Viéndose en la antesala de la muerte, Ponce de León aceptó la oferta, recibió el perdón de Cadenas y su gente y, pese a que en su corazón no deseaba hacerlo, juró que sería fiel a ellos. Pero a los pocos meses, volvió a dar “el chaquetazo” y buscó el modo de acogerse al indulto que proclamó Félix Calleja. Continuará.