Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810


Vigésima parte

La tarde del 27 de noviembre, como a las 30 horas de que la fracción del Ejército de Hidalgo hiciera su entrada triunfal a Guadalajara, empezaron a llegar a ella las primeras noticias fragmentarias de la terrible derrota que acababa de padecer la tropa de Allende en Guanajuato, donde en sus empinadas calles y callejones se habían vuelto a formar arroyos de sangre.

En tales circunstancias, aunque nos resulte imposible saber cuáles fueron los pensamientos y los sentimientos que Hidalgo tuvo al enterarse, es de creer que debió de sentir alguna zozobra en el caso de que Allende hubiese sobrevivido al ataque, pues no debemos olvidar el contenido de las duras cartas (hasta cierto punto premonitorias) que su antiguo amigo le envió unos pocos días atrás, solicitándole primero su apoyo para defender Guanajuato, y amenazándolo después con matarlo si desoía su demanda y se iba a refugiar a Guadalajara. Miedo y zozobra que, si los tuvo, parece haberlos disimulado muy bien. Aunque hay testimonios escritos que hablan en el sentido de que en “ese tiempo Su Alteza” empezó a recelar de la gente del Capitán General.

Allende, por otra parte, no quiso dejar constancia de su derrota en Guanajuato y evitó que se redactara el parte militar correspondiente, pero un ciudadano guanajuatense al que le tocó estar durante aquellos tristísimos días en la ciudad, tiempo después redactó su propio testimonio. Y fue gracias a él como pudimos enterarnos de que:

El 13 de noviembre, cuando Allende volvió a Guanajuato después de la derrota de Aculco, iban con él “los tenientes generales D. Juan Aldama, D. José Árias y D. Mariano Ximénez y los Mariscales de Campo D. Juan Ocón, D. Mariano Abasolo y el Lic. Ignacio Aldama”, acompañado asimismo por “cosa de 2000 hombres de caballería que tenía en Celaya el Brigadier D. Toribio Huidobro, los más de ellos sin armas; cosa de 30 Dragones de la Reina y 8 cañones”. (Hernández Dávalos, T. II, p. 286). Con lo que se comprueba que el pequeño y selecto grupo de militares con los que Allende había iniciado la insurrección seguía estando a su lado, y no con Hidalgo, a raíz de que éste, como ya se dijo, aprovechó el influjo que indudablemente ejercía sobre los civiles que se les sumaron, para no entrar a México y dar marcha atrás.

Allende no pudo resistir el ataque del ejército realista a Guanajuato, y la tarde del 24 de noviembre tuvo que salir huyendo hacia San Felipe Torres Mochas.

Otros detalles que vale la pena volver a ventilar fueron los de que el Subdelegado de Guanajuato (al que Hidalgo y Allende nombraron en su primera entrada a la ciudad en sustitución de Juan Antonio Riaño) se esforzó por darle a dicho grupo militar el mejor de los recibimientos que pudo, y que, a partir del día siguiente, muchos mineros y otros obreros especializados empezaron a fundir cañones y a fabricar pólvora y balas, mientras que Allende y sus oficiales se dedicaban a recorrer las alturas de los cerros aledaños en busca de los mejores sitios para colocar sus baterías y poder defender la ciudad del inminente ataque que, según sospechaban, Calleja y su ejército no tardarían en organizar.

Pero más allá de los preparativos bélicos, como queriendo demostrar a la gente que ellos no eran los herejes y descreídos que decían los bandos episcopales de excomunión, “el domingo 18 por la tarde se hizo una procesión muy solemne” por las principales calles de la ciudad, encabezada por algunos clérigos que llevaban “el Santísimo Sacramento y [la imagen de] Nuestra Señora de Guanajuato”. Comitiva clerical que iba seguida por los militares mencionados vistiendo trajes de gala, con divisas y hasta con cordeles de oro de casi un dedo de gruesos que les llegaban desde los hombros al pecho. (Ibidem, p. 286).

El lunes 19, sin embargo, “tuvo el Sr. Allende noticia de que D. Félix Calleja se hallaba en Celaya con su ejército y se dirigía a la ciudad”. Por lo que aceleró las acciones para la defensa. Aunque todo resultó infructuoso porque el ejército realista no sólo llegó mejor pertrechado, sino con él ánimo muy alto al saber que la fracción del ejército insurgente que iban a enfrentar ya no era la muchedumbre a la que se enfrentaron en Aculco, sino un grupo comparativamente muy reducido.

Y fue tan así el asunto que habiéndose aproximado el ejército de Calleja a las 8 horas del “sábado 24 de noviembre” hasta la entrada de Marfil, a las 12 recibió Allende la infausta noticia de que el  enemigo ya se había posesionado de una buena parte de los cañones que protegían esa parte de Guanajuato, provocando en los lances la muerte de muchos insurgentes. Todo eso mientras que “la gente decente se mantenía” encerrada en sus casas “llena de miedo”, y “la plebe”, que desde temprano se había ido a subir a los cerros vecinos, presenciaba, como en las plazas de toros, la lidia desde los altos.

Mejor pertrechado que el ejército de Allende, el de Calleja sólo tardó menos de tres horas para volver a apropiarse de Guanajuato.

Así que, viendo la derrota total ya cerca, Allende ordenó al clarín “tocar Generala” y que “la campana mayor de la Parroquia tocara a rebato”, para indicar con ello a sus combatientes que huyeran de sus puestos para tratar de salvar sus vidas.

Pero en el ínterin del desorden que se generó, hacia “las 2 ½ de la tarde, un negro platero llamado Lino […] salió por las calles y plazas juntando a cuanta gente encontró de la plebe”, induciéndola a que, si el ejército de Calleja iba a ganar, no tuviera un triunfo completo, y que para eso se fueran todos a Granaditas para matar a “los enemigos” que tenían allí encerrados. Matando enseguida a más de 200. (Hernández Dávalos, T. II. P. 287).

Y al poco rato, cuando Allende y los demás militares montaron en sus caballos para salir huyendo por la parte opuesta a donde se desarrollaba el combate, Calleja se enteró de la matanza que se acababa de verificar y ordenó a su clarín “tocar a degüello”, por lo que su gente entró también a la ciudad, matando sin averiguaciones a cuanta gente se fue encontrando.

Al cabo de un rato la orden se suspendió y comenzaron entonces a aprehender a los insurgentes que no habían logrado escapar.

Varios cadalsos fueron levantados al día siguiente, y en los sucesivos fueron colgados en ellos más de 300 “alzados” que habían logrado aprehender. (Ibidem, p. 288). (Continuará)