Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810


Sexta parte

UNA INSÓLITA CABALGATA

En Colima era bien sabido que cuando algunos barcos piratas llegaban al puerto de Salagua, todos los hombres que estuviesen en condición de cargar un arma (y de caminar veinte leguas en sólo dos días) estaban obligados a participar en la defensa del puerto y tenían que trasladarse desde Colima a Salagua por la vereda selvática a la que muy pomposamente denominaban “el Camino Real”. Pero jamás se había sabido que hubiesen sido más de doscientos hombres los que tuvieran que salir a pelear en contra de esos intrusos. De manera que cuando las gentes de la Villa de Colima, de los pueblos, haciendas y ranchos de la región se enteraron de que aquel primero de octubre salieron 500 hombres armados por el Camino Real hacia Guadalajara, se debieron llenar de temor y extrañeza. Siendo ése el tema de la comidilla y la preocupación de muchas de aquellas personas.

Aquel otro difícil tramo del Camino Real no era, por otra parte, transitable para carretas, y había largos trayectos, sobre todo en las laderas de las barrancas del Volcán, donde se convertía en una estrecha vereda que derivaba sobre /o junto a profundos y peligrosos abismos, y en la que, según reportes escritos por diferentes viajeros, no se podían cruzar dos bestias, ante la eventualidad de que una de las dos cayera hacia “el voladero”. Siendo obligada la previsión de que cuando una recua iba, por ejemplo, a iniciar su descenso por alguna de aquellas numerosas barrancas, su manejador debía de tocar el cuerno de cierta manera para indicar el hecho al encargado de otra posible recua que quisiera hacer lo mismo en sentido contrario. Obligándose la segunda a tener que esperar en algún punto más amplio, a que la primera saliera del sitio para poder ella pasar.

Y así, dadas esas singulares circunstancias, es muy de creer que el paso de aquellos 500 jinetes y las decenas de burros y acémilas cargadas con diferentes enseres que los seguían, haya generado no sólo una larguísima fila de jinetes y semovientes que tardaban más de una hora pasando, sino, también, una gran expectación entre las personas que estaban en esos ratos en los potreros, en los corrales o en los portales de las haciendas, las ordeñas, los ranchos y los mesones situados a la vera del camino, así como en las entonces muy estrechas calles principales de Tonila, Tuxpan, Zapoltitic, Zapotlán, Sayula, Techalutla,  Zacoalco, Santa Ana Acatlán y Santa Anita, antes de hacer su ruidosa entrada por la calle que al igual que en todas esas poblaciones, prolongaba el trazo del Camino Real en Guadalajara.

Existe una tradición popular en el sentido de que la hacienda que administraba Torres en aquel momento era la de Atotonilquillo, que ahora al parecer es un hotel.

EL ENIGMÁTICO DELEGADO DE HIDALGO Y LA DIVISIÓN DEL CLERO COLIMOTE

Pero muy al margen de lo que ocurrió a los milicianos colimotes que en esos trotes andaban, cabe señalar que, mientras ellos iban, tal vez, llegando a Sayula, en la Villa de Colima se recibieron varias misivas civiles y eclesiásticas, junto con una alarmante noticia que, aun cuando a la postre se descubrió que era falsa, provocó interesantes reacciones en el vecino pueblo de Almoloyan y las autoridades locales. Eventos que vale la pena describir, por cuanto nos muestran el estado de ánimo alterado que prevalecía entre los habitantes de aquellos verdes espacios:

De conformidad con el expediente que sobre este caso encontró y copió don José María Rodríguez Castellanos en 1910, y con algunas otras cartas que quedaron guardadas en el actual Archivo de la Arquidiócesis de Guadalajara, todo parece indicar que, cuando la cabalgata de los milicianos no había llegado aún a la mitad de su viaje, varios correos del Intendente Abarca y del Obispo Cabañas llegaron a la Villa de Colima con cartas para el subdelegado Linares, y para cuando menos los padres Rafael Murguía y Felipe González de Islas:

Cartas que evidentemente provocaron otras de respuesta, y que, cuando tuve oportunidad de leerlas digamos que, en conjunto, me dieron pie para entender que, tal y como lo había insinuado el presbítero e historiador, Florentino Vázquez Lara, en su libro “Comala”, el clero local se dividió, puesto que algunos curas y capellanes tomaron partido a favor de la causa insurgente, y otros se manifestaron en contra.

La primera referencia que cronológicamente he podido ubicar es aquella misiva que el 29 de septiembre envió el Obispo Cabañas al padre Rafael Murguía, radicado en la Villa de Colima, en la que le avisó que acababa de saber que “otro presbítero”, sospechoso de ser emisario de Hidalgo, había salido de Guadalajara para dirigirse al pueblo de Almoloyan, con el padre José Antonio Díaz, ya reconocido por él como un individuo proclive a la insurgencia y reacio a la aceptación del rey y su gobierno.

La segunda es una carta que el padre Felipe González de Islas envió el 3 de octubre como respuesta al obispo, en la que, manifestándose bastante informado de lo que estaba ocurriendo, le daba a entender que los ya famosos insurgentes no eran emisarios de Napoleón, sino gente que seguía a Hidalgo, antiguo párroco de Colima. Tal y como tendremos de oportunidad de ver en el próximo capítulo.

Durante los primeros días de octubre de 1810 muchas cartas, proclamas e informes estuvieron llegando a la Villa de Colima, cuya “Plaza Real” fue “retratada” por algún dibujante en 1778.